09 mayo 2014

La educación, lamentablemente, empieza en casa [Carlos Mayhua]

"Lamentablemente los padres, que fueron en su tiempo también aplicadamente zarandeados por la escuela, funcionan como ciegos reproductores del orden social, y son los primeros interesados en aplicar a sus hijos la educación que ellos también padecieron. Los niños, cosificados, etiquetados y mistificados, son educados, parafraseando a David Cooper, “para ser padres como sus padres y como todos los padres que fueron educados no para ser ellos mismos, sino para actuar como padres”."
“Bajo los efectos del régimen jurídico de la Patria Potestad, por ejemplo, los niños son poco menos que cosas de las que se puede disponer, sin derecho a voz ni voto. La sociedad autoritaria, incapaz de ver su propia miseria, desea -y convierte sus deseos en obligaciones- a toda costa que los niños se inserten eficaz y obedientemente en su seno. Y expande su amenaza: es por su propio bien. El rol de los padres, aquí, es crucial. Ellos son los que estarán en la posición de darles entera libertad y procurarles los elementos de juicio necesarios para la conformación de su lucidez o de formarlos a su gusto; de enseñarles cómo sobrevivir a la sociedad o cómo someterse a ella. Una Asociación Antipatriarcal afirmaba que los padres elegían entre dos alternativas irreductibles: ponerse del lado de sus hijos y de su libertad, o ponerse del lado de la violencia y la coerción. Lamentablemente los padres, que fueron en su tiempo también aplicadamente zarandeados por la escuela, funcionan como ciegos reproductores del orden social, y son los primeros interesados en aplicar a sus hijos la educación que ellos también padecieron. Los niños, cosificados, etiquetados y mistificados, son educados, parafraseando a David Cooper, “para ser padres como sus padres y como todos los padres que fueron educados no para ser ellos mismos, sino para actuar como padres”.

El claro preludio del campo de concentración escolar ocurre en el calor del hogar, en medio del intrincado cruce de venas afectivas y emocionales que le dan un velo de ambigüedad a las agresiones y terminan horadando las defensas naturales de los niños. Los padres, deseosos de que el paso de la casa al jardín infantil -la primera institución educativa formal- no sea demasiado traumático, ponen en marcha los mecanismos y técnicas disciplinarias basadas en el miedo a la autoridad y en los premios y castigos en la propia casa, despliegue que luego la escuela se encargará de intensificar y organizar con frialdad administrativa. Así, se desarrollará un nutrido número de chantajes y mentiras (“si no obedeces, Papa Noel no te regalará nada”, “si te portas mal, Dios te va a castigar”...) para motivar acciones buenas, lo que empieza a viciar la voluntad del niño y lo prepara para que pueda adaptarse a las exigencias y a la ética de su posterior vida adulta y escolar. Con un amor tan grande como su firme intención de que sus hijos sean como ellos quieren que sean, con un amor tan obligatorio como votar en las elecciones, los padres se convierten en ingenuos y sonrientes agentes de policía. Recordamos a James Douglas Morrison: “Es una clase sutil de asesinato. Los padres más amorosos lo cometen con una sonrisa en los labios”. La educación, lamentablemente, empieza en casa.”

Carlos Mayhua
Lima, 1999, Cap. Antes del nido
fotógraf@ desconocid@

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