11 abril 2014

montañeros domingueros

En cuanto llegaba primavera y hasta bien entrado el otoño, la cuadrilla de mis padres sacaba los bártulos de montañeros domingueros. Cuatro matrimonios jóvenes con una docena de críos revoltosos. Sillas y mesas, camping gas, tarteras con filetes empanados, tortillas y todos para el monte.
Había 2 ó 3 sitios a los que solíamos ir, pero el que más frecuentábamos eran unas campas con unas piscinas fluviales; estaban al pie de una montaña, al lado de unas vías abandonadas que podías reseguir hasta encontrar un túnel y una vieja estación.
Según los padres paraban el coche, la chiquillería salíamos de estampida. Imagino que ellos se tomarían tranquilos el vermucito mientras preparaban la comida. Nosotros no mirábamos atrás para comprobarlo. Algunas veces algún adulto venía un rato con nosotros a dar un paseo por la montaña, a recolectar moras para mermelada o endrinas para pacharán, pero la mayoría del tiempo no sabíamos de ellos hasta que hacían sonar los claxon para que volviéramos a comer.
En grupo o en solitario siempre había cosas para hacer: cazar lagartijas, subir a los árboles, vigilar el crecimiento de los renacuajos en las charcas, buscar vagones abandonados, chapotear en la presa, construir cabañas, subir a lo alto de la montaña a hacer eco, explorar las vías, intentar cruzar hasta la isla que había en mitad del río, contar historias de miedo, buscar cuevas con hadas o simplemente correr más rápido que el viento. Los juegos continuaban después de comer, hasta que el atardecer y las bocinas nos llamaban tocando retirada hasta el domingo siguiente.

En su día no fui consciente del regalo que suponía pasar todo un día a la semana en la naturaleza, jugando con otros niños a nuestro aire. Ahora me doy cuenta que ha sido uno de los mayores presentes que mis padres me han hecho. La posibilidad de vivir las estaciones, de observar el crecimiento de los animales y las plantas, de sentir los sonidos, los colores, los olores de la naturaleza. La oportunidad de elegir que hacer, de correr riesgos, de perderme, de encontrarme. Un tiempo y un lugar para experimentar el ser mayor, para responsabilizarme, para aprender a cuidarme. Confianza, libertad, autonomía. Aprendí todo eso sin saber que lo estaba aprendiendo.

Ahora somos tres matrimonios los que contemplamos cada domingo como cuatro chavales salen de estampida a buscar aventura. Los que vemos cómo se van alejando a explorar, como se van preparando para alzar un día el vuelo. Y mientras ellos se dedican a cosas de niños, nosotros desde la distancia seguimos regando las raíces y sonriendo con una cervecita en la mano mientras charlamos e intentamos arreglar un poquito el mundo.

fotografía de Shutterstock

1 comentario:

  1. Por lo que he podido ver a largo de los últimos años, a partir de una cierta edad, cuando los niños disponen de amigos y naturaleza para jugar, los adultos desaparecemos.
    No se quedan rondando alrededor de las faldas de las madres y padres; curiosamente tampoco de pelean o acuden cada tres por dos solicitando ayuda o mediación en los conflictos, como puede suceder en muchos casos cuando están en lugares cerrados.
    Es como si al estar en su propia comunidad y al aire libre florecieran. Se vuelven más cooperativos entre ellos, cambian los roles y ensayan nuevas habilidades, encuentran objetos interesantes, se inventan juegos… Les percibo más felices, satisfechos de sí mismos, vitales, curiosos…
    Creo, y es una creencia totalmente subjetiva y personal, que en las casas, entre adultos y con actividades preparadas, los niños acaban mustiándose como los animales encerrados en jaulas, por muy de oro que sean.
    abrazos de campo y playa!
    ika

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