02 abril 2014

Legitimar las tripas de los niños y niñas [Pepa Horno]

"Además de crear esa oportunidad de comunicarse con los niños y niñas sobre el abuso sexual y de hacerlo desde una actitud adecuada, hay un elemento nuclear para afrontar el trabajo de prevención. Dicho elemento es previo a trabajar los mensajes clave de prevención y, en realidad, debería ser un componente estructural de la educación y crianza de los niños y niñas. Dicho elemento no es otro que legitimar su inteligencia somato-sensorial, para lo que en el marco de este programa y para poderlo trabajar bien con niños y niñas de tres a seis años se ha utilizado el referente corporal de las “tripas”.

Una de las claves esenciales del trabajo de prevención del abuso sexual infantil con niños y niñas de cualquier edad es ayudarles a reconocer, conocer y comprender el conocimiento que adquieren de modo vivencial, a través de su propio cuerpo, que, aunque a menudo no puedan razonar, les proporciona elementos fundamentales para favorecer su protección.

Este punto, cuando trabajamos con niños y niñas de tres a seis años, es, si cabe, más importante, dado que en este rango de edad los niños y niñas aún no han desarrollado plenamente su inteligencia analítico-sintética y, por lo tanto, no pueden analizar ni razonar lo que les está ocurriendo: solo lo viven y lo incorporan a su psiquismo a través de su percepción, sus sensaciones físicas y sus afectos.

Los niños y niñas de tres a seis años no se saben agredidos, sino que se sienten agredidos. Por eso muchos niños y niñas en estas edades no pueden comprender ni nombrar como abusivas determinadas conductas, pero sí viven el desagrado, el miedo, el asco y el dolor que les producen y, lógicamente, sufren los efectos en su desarrollo que estas vivencias aversivas les provocan.

Los niños y niñas de tres a seis años víctimas de abuso sexual tienen problemas de sueño, con la comida, alternaciones de ánimo y en su forma de relacionarse, pesadillas reiteradas, etc. Pero, si alguien les pregunta directamente, puede que formulen lo que les sucede como un “juego”, o con las mismas palabras que el agresor o la agresora le ha adjudicado a lo que les está ocurriendo: “una forma especial de querernos”, “un juego entre tú y yo”, “nuestro pequeño secreto”, etc. Los niños viven el terror, el asco y el pánico, pero no pueden hacerlos conscientes de forma racional y, por ello, difícilmente pueden comunicarlo.

Precisamente por eso es esencial que familias y educadores aprendan a identificar y a reconocer este conocimiento vivencial y corporal de los niños y niñas, y que se lo refuercen tanto como sea posible. De este modo, los niños y niñas le darán el valor protector que tiene. Pero, para ello, tanto familias como educadores deben reconocerlo en sí mismos, diferenciarlo y darle el valor que tiene.

A este tipo de conocimiento vivencial es al que nos referimos cuando utilizamos la imagen de las “tripas”. Esta imagen resulta muy útil para trabajar este conocimiento vivencial con las familias y los educadores, explicándoles que el ser humano tiene tres núcleos de conocimiento que, para poder comprenderlos mejor, se plasman en tres referentes corporales:

•  El cerebro, órgano que representa la inteligencia analítico-sintética.

•  El corazón, que en esta imagen representa la inteligencia emocional y social.

•  Las “tripas”, que en esta imagen representan la inteligencia somato-sensorial y la memoria corporal.

Las “tripas” son las grandes olvidadas y representarían la memoria corporal, ese lugar donde se almacena la historia afectiva, las huellas que han quedado en el relato fruto de las experiencias con las figuras vinculares u otras experiencias de gran calado emocional, positivo o negativo. Aquí entrarían las experiencias traumáticas, que quedan ancladas en la memoria corporal y a las que, para lograr acceder a ellas, a menudo solo se logra a través de las sensaciones corporales.

Las familias y los educadores deben incluir las “tripas” en el proceso educativo, adquiriendo el hábito de preguntarles a los niños dónde sienten corporalmente las emociones, por ejemplo. Cuando el niño está triste, o confuso, o enfadado, hemos de pedirle que localice esa emoción en el cuerpo para que luego pueda usarla como referente para conocerse, para diferenciar sus propios estados emocionales, y también como criterio de protección, puesto que si intentan manipularle o engañarle, puede utilizar sus sensaciones corporales para saber identificar lo que no le gusta o le hace sentir mal. Pero este es un hábito que familias y educadores necesitan trabajar antes consigo mismos, porque existe muy poco hábito de validar y legitimar las sensaciones intuitivas o de “tripa” en la toma de decisiones y en las relaciones interpersonales.

El psiquismo se desarrolla desde esa huella afectiva, y esa huella está anclada en el cuerpo. El afecto se vive y se siente, no se conoce racionalmente. Pero también pasa lo mismo con la violencia, que se vive y se siente mucho antes de llegar a conocerla racionalmente o comprenderla como tal. A menudo, ni las familias ni los educadores están acostumbrados a incorporar el cuerpo en la crianza de los niños, o al menos no lo suficiente. Sin embargo, todos los avances científicos llevan a comprender que es la memoria que hay en el cuerpo, en las células y redes neuronales, la que constituye a las personas. Esas memorias se generan mediante las relaciones afectivas. Pero hay que dar un paso más: esas relaciones afectivas se gestan desde el cuerpo. Por lo tanto, el cuerpo debe ser parte primordial de la educación de un niño o niña de tres a seis años: la música, la danza, las caricias, los juegos al aire libre, los masajes, etc., son y deben ser parte de la crianza. Sobre todo en el periodo de tres a seis años, cuando la inteligencia somato-sensorial es la única que han desarrollado los niños y desde la que pueden acercarse al mundo y a las demás personas.

Este aspecto es especialmente relevante en el plano más íntimo de las relaciones en las familias: la presencia, el “estar ahí”. Esa necesidad de presencia física que tienen los niños y niñas (y, en realidad, también los adultos), de caricias, de miradas, de poder encontrarse en los ojos de otra persona para poder existir. El psiquismo se va gestando a través de esas rutinas de amor que acaban constituyendo a la persona, metiéndose en su día a día hasta el punto de parecer obvias y, al mismo tiempo, imprescindibles.

Por todo ello, para lograr una prevención real del maltrato y del abuso sexual infantil en particular, es necesario que familias y educadores incorporen pautas vivenciales y corporales a su forma diaria de relacionarse, además de que legitimen las sensaciones e intuiciones de los niños y niñas, sean positivas o negativas.

Es importante trabajar este aspecto de forma gráfica con las familias y los educadores con ejemplos prácticos. Por ejemplo:

Si un niño dice: “Esto me da miedo”, no se le debe decir: “¡Qué tontería! ¡Si no pasa nada!”. Al contrario, hemos de contestar: “Estoy a tu lado. Todos tenemos miedo a veces, cariño. Lo que importa es qué vas a hacer con el miedo, aprender a manejarlo”.

Si una niña dice: “Esto me da asco”, no se le debe contestar: “¡Te portas como un bebé!”, sino: “Dime por qué, a ver si podemos encontrar juntas una manera de afrontarlo, o lo dejamos estar”.

Si una niña cae al suelo y llora, no debemos decirle: “¡Arriba, no ha pasado nada!”, sino: “¿Necesitas mi ayuda?”, o bien: “Sé que te duele. ¿Te doy un beso y seguimos jugando?”.

Alternativas hay muchas, pero lo importante es no negar sus sensaciones y emociones, que los niños y niñas aprendan a validar lo que viven y sienten, a darle valor y a entender que deben fiarse de ese conocimiento, aunque a veces no sepan muy bien razonar por qué. No hay un sentimiento o una emoción mala o negativa, ni inadecuada. Lo que importa es qué hacemos a partir de esas emociones, aprender a gestionarlas y expresarlas de un modo constructivo.

Porque ese conocimiento somato-sensorial y emocional tiene un valor protector, un valor de supervivencia. Es el mismo que se pone en marcha en el organismo cuando se siente agredido, o en peligro, o cuando se conoce a alguien y suscita desconfianza, o cuando al pasar por una calle o un lugar a oscuras el cuerpo se alerta... Son conocimientos que no siempre se van a poder razonar, pero que protegen.

Y para los niños y niñas de tres a seis años, es aún más importante, porque la inteligencia somato-sensorial es el conocimiento que tienen más desarrollado. Y las familias y los educadores no deben deslegitimar, ni ridiculizar, ni minusvalorar ese conocimiento como “cosas de niños”, sino darle valor para que ellos se sientan capaces de guiarse y actuar desde ahí, incluso cuando los adultos protectores no estén delante."

Libro gratuito en pdf: Escuchando “mis tripas”
Cap. Legitimar las tripas de los niños y niñas (Pág. 59 – 63)
Ed. Boira
fotógraf@ desconocid@

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