04 abril 2014

las extraescolares en los 70

Puede que cuando yo era cría existieran las extraescolares, aunque yo no las recuerdo. Yo recuerdo salir zumbando de la última clase y encontrarme en el patio con mis amigas y vecinas para volver juntas a casa. Normalmente nos topábamos por el camino a alguna madre que acompañaba a las más pequeñas, pero nosotras, “las mayores” con 8-9 años ya íbamos y volvíamos orgullosamente solas.

Dependiendo de la climatología, subíamos un rato a jugar a casa de alguna o quedábamos para encontrarnos en la calle después de recoger el bocata y dejar la mochila en nuestras casas.
Gomas, cuerda, rayuela, burro, pilla-pilla, balón quemado, carreras de bicis o simplemente deambular por el barrio, explorando los rincones, subiéndonos a los árboles y a las tapias, colándonos en las lonjas vacías, saltando los charcos, jugando en los columpios, inventándonos historias, haciendo guerras de castañas o bolas de nieve con otras cuadrillas…
El plan es que no había plan. El plan era jugar hasta el atardecer. Entonces, alguna madre se asomaba por la ventana y llamaba a la cena o a los deberes, y todas las demás madres, como por arte de magia, aparecían en las ventanas reclamando nuestra vuelta.

Recuerdo gratamente esos ratos de aventura. Esos ratos sólo nuestros, donde inventar, donde intimar, donde explorar.
Sabíamos que si teníamos algún problema solo teníamos que entrar en una de las tiendas o los bares del barrio a pedir ayuda. También sabíamos que si hacíamos alguna trastada íbamos a recibir un rapapolvo por partida doble: de cualquier vecina y de nuestras madres.
Los adultos estaban ahí pero no nos imponían su presencia constante. Los adultos nos cuidaban, y nos dejaban hacer.

Me gustaría que mi hijo pudiera bajar a jugar a la calle, que pudiera vivenciar esa libertad, pero creo que eso no va a ser posible. Y no por el tráfico o por la delincuencia con la que nos asustan en los noticiarios,  simplemente porque ¡ya no hay niños jugando en la calle!
Nop. Confirmado. Acabo de mirar la calle desde mi ventana y está vacía de niños. Están todos en sus extraescolares, aprendiendo inglés, chino o matemáticas, danza, teatro, natación, música, arcilla, pintura, yoga, mindfulness, educación emocional o... cualquiera de las decenas de actividades con las que nos empeñamos en prolongarles su ya completita jornada laboral. Con buenas intenciones, eso sí, aunque dicen las malas lenguas que las extraescolares son una manera fácil de colocar a los niños un par de horitas más. Les buscamos actividades para que se diviertan, para que aprendan, para que se preparen para el incierto futuro.
Y así, pre-ocupándonos por su futuro les estamos robando su presente, su derecho a tiempo y espacios donde jugar libremente, fuera del control de los adultos.


Ojo, no estoy en contra de las actividades extraescolares per se, yo misma practiqué varios deportes a lo largo de los años y lo disfruté enormemente.
Lo que me inquieta es contemplar como poco a poco hemos excluido a los niños de la ciudad, privándoles de establecer vínculos y conocer el entorno inmediato en el que viven. Negándoles un tiempo para jugar con sus pares y desarrollar un aprendizaje autónomo.
Lo que me sorprende es que como sociedad les hemos retirado nuestra confianza en su saber estar en el mundo, en su capacidad para buscar lo que les interesa. Hemos dado por sentado que para aprender los niños tiene que hacer, hacer, hacer… y que tienen que ser otros adultos, expertos en esos temas, los que se lo enseñen. Hemos renunciado, creo que sin ser muy conscientes de ello, al aprendizaje en familia a través de la tranquilidad de la vida cotidiana.
 
Me alarma como hemos llegado a esta situación en la que muchos niños, a partir de los 3 años, tienen la agenda repleta de actividades desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde.
Creo que es necesaria una reflexión sobre el ritmo de vida que llevamos, sobre la desconexión adulta de las necesidades básicas de la infancia, sobre el entreguismo de poder que los padres estamos haciendo a los expertos (para que enseñen a nuestros hijos cosas que nosotros somos perfectamente capaces de enseñarles), sobre la perdida de los espacios públicos para niñ@s, madres y ancian@s (solo los productivos tienen ya derecho al uso del espacio), sobre la soledad y la perdida del grupo humano...
Quizá suene un poco retro pero me encantaría volver a escuchar a una madre (o padre) gritando eso de: ¡¡¡subeeeeee,  que se está enfriando la cenaaaaaa!!!

fotografía: Arthur Leipzig

5 comentarios:

  1. Siii, yo también recuerdo con añoranza esa época, yo también he jugado en la calle y cada día era una aventura.. Y justo por lo que dices, porque "el plan es que no había plan" y ahí cabe todo. Creo que es muy necesaria la reflexión que planteas y pondria la atención primero en el ambiente de miedo y desconfianza que se ha instaurado en nuestros días (al cual no deberíamos de ceder porque es impuesto más que real) y la falta de red de adultos que cuidan de los niños. Gracias por hacerme recordar aquellos tiempos, me has hecho empezar el viernes con un suspiro y una sonrisa. Abrazos hermosa!!

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    Respuestas
    1. Hola Carol!
      Yo también tengo nostalgia de las tardes de juego y cuadrilla. Lo recuerdo con tanto cariño que me apena que Asier pueda perdérselo.

      El que no haya niños jugando en la calle puede parecer un tema sin importancia y sin embargo creo que es síntoma de un gran problema social.

      Creo que los niños sufren ahora en gran medida lo que previamente hemos sufrido las madres durante el embarazo, el parto y el puerperio: la falta de red social, los horarios laborales infernales, la delegación en los expertos… todo eso aderezado con miedo, suspicacia y soledad.

      Para empezar ya no hay sentido de barrio o de vecindad a excepción de en los pueblos. No conocemos a los vecinos, ni al tendero. Muchas veces no conocemos ni siquiera el barrio porque solo lo usamos para dormir.
      Y eso se lo pasamos a los hijos que crecen sin tener sensación de pertenencia ni de comunidad. Crecen sin tribu.

      Por otro lado está ese miedo que mencionas. Es curioso porque con los datos en la mano hay menos delincuencia ahora que en los 80, y sin embargo de alguna manera pensamos que si el peque baja a por el pan a la tienda de la esquina le van a robar o a raptar. Ese miedo al prójimo también se lo estamos pasando. Y de paso les estamos haciendo unos inútiles sobreprotegiéndoles e impidiéndoles que cobren autonomía. Yo iba sola al cole desde los 6 años. Era tan bajita que no llegaba a tocar el timbre por lo que cada día se lo pedía a alguien que pasara por la calle. Y la gente me ayudaba. Y ahora cuando necesito ayuda, pues la pido. Mi sobrino de 12 años jamás ha bajado a comprar el pan el solo porque tenía que cruzar una carretera. Yo cruzaba varias carreteras cada día desde los 6 años. Como esas un montón de vivencias que creo que todas hemos tenido y que estamos negando a los pequeños.
      A ver si tengo tiempo de traducir un artículo muy interesante que explica cómo nos han ido manipulando con noticias de secuestros y delincuencia, hasta que casi todos los padres hemos accedido a retirar a los niños de las calles y a tenerlos perpetuamente tutelados. Porque es claramente una neurosis colectiva. Quizá la pregunta es ¿Qué se gana si los niños (y los ancianos, que esa es otra, todos escondidos en los asilos) no están en la calle? ¿Quién gana? Claramente no los niños ni los padres que tenemos que suplir su necesidad de naturaleza y de socializar con colegas desde al mundo adulto de un apartamento minúsculo. (Ahí empiezan los gritos!)

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    2. ...
      El tercer punto que a mí se me hace muy presente es ¿para qué llevamos a nuestros hijos a actividades extraescolares? Ya me parece terrible escolarizarlos obligatoriamente a los 6 años tal y como está el sistema educativo, antes ni te cuento. Pero que además de su jornada les metamos una o dos horas más al día… ¿para qué? Si necesitan refuerzo escolar es que las clases ordinarias no están funcionando. Si es para que aprendan otras cosas, quizá esas otras cosas deberían incluirse en el curriculum escolar. Si es para tenerlos entretenido hasta que los padres puedan ir a buscarlos, no tengo nada que decir porque me resulta demasiado triste por los niños y por los padres.
      Quizá los llevamos para que jueguen con otros niños, pero seamos sinceros en una actividad dirigida no pueden jugar ni relacionarse espontáneamente porque “molestan” al resto del grupo. Una tarde en la plaza o en casa del vecino sería más divertida y nutridora.
      Creo que cuando son pequeños les apuntamos a actividades para poder estar nosotras con otras madres, porque ya me dirás si un bebé necesita ir a yoga (por poner un ejemplo). Pero hemos de tener claro que ahí estamos cubriendo nuestra necesidad no la suya.
      Y quizá luego cogemos la “dinámica cursillista” y se nos olvida lo bien que lo pasábamos cantando con mama, o haciendo marionetas, o cocinando, o colgando la ropa, o haciendo bricolage… pensamos que esas cosas no son importantes, que nosotras no sabemos lo suficiente y los apuntamos a clases para que otros se lo enseñen y así vamos perdiendo el vínculo con ellos y la confianza en nosotras mismas.
      Y lo dejo aquí, que me he embalado casi me sale más largo el comentario que el post.
      Un abrazo callejero!
      ika

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  2. Esther4/04/2014

    Me ha encantado tu reflexión, que como tú dices es muy necesaria en esta sociedad que hemos creado, donde a los niños no se les da la libertad de pensar, elegir o decidir.

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    Respuestas
    1. gracias por comentar Esther ¡salgamos a las plazas este finde! (si ellos quiern claro) ;-)
      abrazos libertarios!
      ika

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