22 abril 2014

Esencia de la propiedad del niño [Bruno Bettelheim]

"[...] la afirmación de que el niño es responsable del estado de su cuarto, y que debe cuidarlo de un modo que se ajuste al concepto que los padres tengan del orden y la limpieza, contradice la esencia de la propiedad del niño, porque es su cuarto. Decirle a un niño lo que tiene que hacer con su cuarto equivale a negar que el cuarto es realmente suyo, ya que, si de veras lo fuese, podría hacer con él lo que le apeteciera. Aunque cabe que el niño no sepa conscientemente que el argumento de los padres es imperfecto, lo presiente y ello reduce su confianza en el sentido de la justicia de sus padres, y esto, a su vez, reduce las probabilidades de que aprenda responsabilidad."

  “Algunos padres piensan que pedirle al niño que se encargue de ciertas labores domésticas sirve para enseñarle responsabilidad. Por desgracia, no nos convertimos en personas responsables porque nos digan que tenemos responsabilidades. Y esto es así aunque los padres insistan que determinadas tareas son responsabilidad del niño y le obliguen a hacerlas. El niño sólo aprenderá a actuar responsablemente —en contraposición a obedecer órdenes— partiendo de su propia convicción de que el respeto a sí mismo exige que cumpla ciertas obligaciones y que, además, las cumpla como es debido. Si el niño está convencido de esto, apenas hace falta decirle cuáles son sus obligaciones o sus responsabilidades; lo sabe basándose en su propia decisión. Si le dicen que hacer algo es responsabilidad suya, se tiende a despertar en él actitudes negativas; lo que hará es obedecer una orden, mientras que, para adquirir respeto a sí mismo haciendo lo que sea, debería actuar por iniciativa propia. Y si los padres —la máxima autoridad en la vida de un niño— le recuerdan sus responsabilidades, o, peor aún, si le obligan a cumplir lo que ellos declaran que es su responsabilidad, entonces el niño comprende que no confían en que se comportará de acuerdo con sus convicciones o de acuerdo con el respeto a sí mismo.

  Muchos padres, por ejemplo, le dicen al niño que tiene la obligación de poner orden en su cuarto porque es su cuarto, y hasta cierto punto se salen con la suya, porque el niño les obedece, ya sea por vergüenza o a la fuerza. Sin embargo, este argumento no es realmente eficaz, porque no convence al niño de que es válido o justo, aunque la insistencia de los padres le induzca a obedecer. El argumento no es convincente, aun cuando dé resultados, porque los padres tienen poder para imponer su voluntad, toda vez que desde edad muy temprana el niño sabe que uno de los aspectos principales de ser propietario de una cosa es que puedes hacer con ella lo que te plazca, con la única excepción de usarla para hacer daño a los demás. Esta matización se lleva hasta extremos irrazonables si los padres insisten en que el desorden que reina en el cuarto del niño pone en peligro el bienestar de la familia. De esta manera la afirmación de que el niño es responsable del estado de su cuarto, y que debe cuidarlo de un modo que se ajuste al concepto que los padres tengan del orden y la limpieza, contradice la esencia de la propiedad del niño, porque es su cuarto. Decirle a un niño lo que tiene que hacer con su cuarto equivale a negar que el cuarto es realmente suyo, ya que, si de veras lo fuese, podría hacer con él lo que le apeteciera. 
Aunque cabe que el niño no sepa conscientemente que el argumento de los padres es imperfecto, lo presiente y ello reduce su confianza en el sentido de la justicia de sus padres, y esto, a su vez, reduce las probabilidades de que aprenda responsabilidad.

  Si, en cambio, los padres le dicen claramente al niño que todo el hogar es de la familia, incluyendo el cuarto que él usa como propio, entonces los padres, como cabezas de familia, tienen derecho a decir cómo deben usarse y conservarse todas las habitaciones. Sin embargo, cuando todas las habitaciones son de la familia, no hay motivo para que el niño sea responsable de cuidar especialmente de alguna en particular; cuidar de todas las habitaciones es algo que debería hacer toda la familia, en vez de ser el niño el único responsable de una habitación determinada. Si es necesario limpiar y poner orden en ésta, la responsabilidad no es sólo del pequeño, sino también de los padres; y como suelen ser ellos los más convencidos de que hay que poner orden en esa habitación, ellos son los que están obligados a hacer la mayor parte del trabajo necesario. Por supuesto, parece razonable que el niño deba participar en la tarea, ya que probablemente fue él quien la hizo necesaria; así pues, cabe esperar de él que eche una mano. Sé por experiencia que al niño esto le parece bastante razonable cuando sus relaciones con los padres son buenas; y, después de que éstos tomen la iniciativa, generalmente el niño se muestra deseoso de ayudar y a menudo disfruta de verdad con ello, en especial si se le pide su opinión sobre cómo hacer el trabajo. El pequeño acostumbra a darla y le complace ver que se siguen sus ideas. Aunque de esta forma se consigue poner en orden la habitación, no se enseña responsabilidad, pero tampoco permite que el cuidado de la habitación se convierta en foco de disensiones entre los padres y el hijo.”

No hay padres perfectos. El arte de educar a los hijos sin angustias ni complejos.
Ed. Crítica, Barcelona 1988, pág 
ilustración: Sol Linero

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