14 abril 2014

El Niño Sobreprotegido [Hanna Rosin]


Parques infantiles exactamente iguales en medio mundo, niños con las agendas llenas de actividades extraescolares, ciudades en las que los niños no tienen cabida, padres con las agendas igualmente llenas de actividades para sus hijos, familias reducidas o monoparentales aisladas de la comunidad de vecinos, temor generalizado por la seguridad de los niños…
Las últimas generaciones están viviendo un gran cambio social en las relaciones padres–hijos: la cultura propia de la comunidad infantil está desapareciendo.

Los padres se ven socialmente impelidos a estar constantemente supervisando a sus hijos y preparándoles citas de juego y actividades. Se asocia la incesante vigilancia adulta de los niños  con sinónimo de un buen cuidado. Parece obligación de los progenitores mantener a los hijos constantemente entretenidos, proporcionarles una infancia mágica y llena de ocupaciones seguras y trascendentes que les preparen para un futuro exitoso.
A causa de esto, los niños están perdiendo progresivamente su capacidad para valorar riesgos y asumir responsabilidades, su creatividad, su independencia, su autonomía para explorar en libertad, para jugar fuera de la vigilancia de los adultos, para crear sus propios espacios, juegos, normas…

Es momento de preguntarnos cómo hemos llegado a la situación en la que los niños son tratados más como frágiles “proyectos de adulto” que como niños con derechos y necesidades propias de su etapa vital. ¿A qué se debe el creciente miedo por la seguridad? ¿Está justificado? ¿Por qué los niños ya no pueden jugar en la calle? ¿Por qué se ha perdido el sentido de comunidad? ¿Por qué los padres nos hemos convertido en una mezcla de carceleros y animadores socio-culturales?

Sobre estas, y algunas otras cosas, reflexiona Hanna Rosin en “The OverProtected Kid”, publicado originalmente el 19 de marzo 2014 en el semanal de The Atlantic. Aunque el artículo hace referencia a la sociedad estadounidense y británica me ha parecido que muchas de las causas y consecuencias son válidas también en nuestro país por lo que a continuación reproduzco integramente el artículo traducido.



 "La preocupación por la seguridad ha despojado a la infancia de la independencia, la asunción de riesgos, y del descubrimiento - sin hacerla más segura. Un nuevo tipo de parque infantil apunta a una mejor solución.


Un trío de muchachos vagabundean arriba y abajo de una valla de madera, gritando como pregoneros del carnaval. "¡La Tierra! Abre en media hora." Más abajo, al otro lado de una plaza cubierta de hierba, Dylan de 5 años de edad, puede escucharlos a través de la ventana de la habitación de su niñera. Trata de averiguar qué es media hora y si puede esperar tanto tiempo. Cuando la pesada puerta finalmente se abre Dylan, los chicos, y una docena de otros niños corren directamente a sus sitios favoritos. Es difícil ver cómo navegan con tanta pericia en medio del caos. "¿Esto es un depósito de chatarra?", me pregunta mi hijo Gedeón de 5 años de edad, que ha venido conmigo de visita. "No exactamente," le digo, aunque está inspirado en uno. “La Tierra” es un parque de juegos que ocupa casi media hectárea en el extremo de una urbanización tranquila en el norte de Gales. Tiene tan sólo dos años, pero no tiene parece nueva y podría muy bien haber estado aquí durante décadas. En algunas zonas el suelo es de barro y, en un extremo, desciende abruptamente hacia un arroyo, donde se hunde lentamente un gran bote de plástico que la mayoría de la gente habría tirado. El centro del parque está dominado por una alta pila de neumáticos que va disminuyendo según una chica pelirroja y su amigo los hacen rodar por la colina y el arroyo. "¿Por qué estás arrojando neumáticos al agua?" Le pregunta mi hijo. "Porque sí", responde la chica.

Todavía es temprano, pero alguien ya ha encendido una fogata en el tambor de hojalata de la esquina, tal vez porque es final del otoño y el día está frío y húmedo, o más probablemente porque a los niños aquí les encanta hacer fuego. Tres chicos están sentados en las únicas sillas intactas alrededor. Son los más veteranos aquí, así que nadie se queja. Uno de ellos se enciende la radio -Shaggy está cantando (Honey entró y ella me pilló in fraganti, con la chica de al lado)- mientras los demás se palpan en sus bolsillos para asegurarse de que las chocolatinas y latas de refrescos siguen ahí. Cerca de allí, un par de chicos están haciendo volteretas en una pila de colchones mugrientos, que han convertido un buen trampolín. En el otro extremo del parque, una docena de los niños más pequeños escarban dentro y fuera de las grandes estructuras compuestas de pallets de madera apilados uno encima del otro. De vez en cuando un grupo derriba unos pallets -sólo por el gusto de hacerlo, o para construir un nuevo tipo de fortaleza o estructura inventada. Ven mañana, y “La Tierra” podría tener una nueva topografía entera.

Aparte de algunas paredes decoradas con grafiti, no hay colores brillantes, o cualquier otra cosa que pertenezca al paisaje habitual de un parque infantil: no hay toboganes de metal brillante coronados por barandillas rojas o tableros de tres en raya; no hay balancines amarillos con muelles de seguridad que impidan que nadie se caiga; no hay columpios con el cubo de goma protector para bebés. Hay, sin embargo, un columpio de cuerda deshilachada que cruza sobre el arroyo y te deposita en el otro lado, si eres capaz de llegar tan lejos (de lo contrario te deja en el arroyo). Los juguetes actuales de los niños (un pequeño elefante de peluche, un Winnie the Pooh sucio) son ignorados, uno está tirado en el barro, el otro sentado detrás de una silla de plástico verde. Hoy los niños parecen emocionados con un andador donado por un vecino que es utilizado, en diferentes momentos, como una moto, la celda de la cárcel, y una barra de gimnasia.


Un extracto del documental “La Tierra”, del cineasta de Vermont  Erin Davis

"La Tierra" es un "parque de aventuras", aunque este término tal vez recuerde demasiado a los parques temáticos que intentan capturar el hábitat natural. En el Reino Unido, estos tipos de parques se construyeron y se hicieron populares en la década de 1940, como resultado de los esfuerzos de Lady Marjory Allen de Hurtwood, una arquitecta paisajista y defensora de los niños. Allen estaba decepcionada con lo que describió en un documental como "cuadrados de asfalto" parques con "unas pocos juegos mecánicos." Quería diseñar áreas de juego con las estructuras móviles que los niños pudieran mover y manipular, para crear sus propias estructuras improvisadas. Y lo más importante, quería fomentar una "atmósfera libre y permisiva" con la menor supervisión posible de los adultos. Su idea era que los niños deben enfrentarse a lo que les parecen "riesgos muy peligrosos" y luego conquistarlos solo. Eso, dijo, es lo que construye confianza en sí mismo y el valor.


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Los parques infantiles aparecieron en Londres a partir de la Segunda Guerra Mundial, en sintonía con las expectativas culturales del momento. Los niños que crecían con la posibilidad de tener que luchar en una guerra no eran apartados del peligro; se esperaba que ante el actuaran con asertividad e incluso bravuconería. Hoy en día, estos parques están tan fuera de sintonía con las normas de crianza de las pudientes y de clase media, que cuando me presenté en casa y mostré a otros padres un video con niños agazapados alrededor de una fogata, la frase más común que escuché de ellos fue "Esto es una locura." (Los padres de la clase media tienen básicamente los mismos ideales sobre la crianza, aunque generalmente son menos controladores, y tal vez tengan un mayor respeto por la tenacidad). Esto podría explicar por qué han sobrevivido tan pocas parques de juego libre en todo el mundo, y la crezación de uno, como “La Tierra”, se siente como un acto de desafío.

Si un niño de 10 años, encendiera una fogata en un parque estadounidense, alguien llamaría a la policía y el chico acabaría en  comisaría. En la Tierra, los incendios espontáneos son frecuentes. El parque está compuesto por "playworkers", con formación profesional, que mantienen una estrecha vigilancia sobre los niños, pero que no intervienen tanto. Claire Griffiths, la gerente de la Tierra, describe su trabajo como "merodear con intención". Aunque los educadores casi nunca alejan a los niños de lo que están haciendo, incluso antes de que el parque estuviera abierto ya habían llenado carpetas con "evaluaciones de riesgos y beneficios" para casi todas las actividades. (En los dos años que lleva abierto, nadie ha resultado herido más alla de una rodilla raspada.) Aquí está la lista de beneficios para el fuego: "Puede ser una experiencia social para sentarse por ahí con amigos, hacer amigos, cantar canciones para bailar alrededor, puede ser una experiencia cooperativa donde todos tengan trabajo. Puede ser algo para experimentar, para asumir riesgos, para probar sus propiedades, su calor, su poder, para revivir nuestro pasado evolutivo". ¿Los riesgos? "Las quemaduras por fuego o fogata" y "los niños queman accidentalmente entre ellos con llamas de cartón o de madera." En este caso, los beneficios ganan, porque un educador siempre está cerca, para prevenir posibles accidentes, pero de lo contrario dejan que los niños averigüen las lecciones sobre el fuego por su cuenta.

Los niños se sienten especialmente orgullosos de "saber cómo llegar a los sitios" solos, y en encontrar atajos de los adultos normalmente no usarían.

"Voy a poner esta caja de cartón en el fuego," dice uno de los chicos.
"¿Sabes que hará un montón de humo?", dice Griffiths.
"Donde hay humo, hay fuego", responde, y pone la caja. El humo llena al instante el aire y le quema los ojos. Los otros chicos sentados alrededor del fuego tosen, agachan las cabezas, y le maldicen. En nuestro parque, le llamariamos a esto "consecuencias naturales", aunque rara vez nos atrevemos a permitir escenarios ni la mitad de arriesgados que este. sin embargo, la costumbre en "La Tierra" es que los padres no intervengan. De hecho, es que los padres no están presentes. Las decenas de niños que pasaron por el parque el día de mi visita iban y venían por su cuenta. En siete horas, además de Griffiths y los otros playworkers, vi sólo dos adultos, la nana de Dylan, quien le acercó porque él sólo tiene 5 años, y Steve Hughes, que dirige un local de pesca frente a la tienda y se acercó a prestar algunas herramientas.

Griffiths comenzó a proponer el parque a las familias locales en el 2006. Habló de la salud y beneficios para el desarrollo de juegos al aire libre más libre, y explicó que el parque se vería desordenado, pero que estaría cercado, pero sobre todo hizo un llamamiento arraigado en la nostalgia. Explicó algunas de las cosas que los niños podrían hacer y luego pidió a los padres que recordaran su propia infancia. "Ahh, ¿tú nunca hacías eso?" preguntaba. Así es como se los ganó. Hughes se mudó al barrio después de que “La Tierra” ya estuviera abierta, cuando me lo encontré, le pregunté cómo hubiera respondido a esa pregunta. "Cuando yo era un niño, no teníamos todas las normas sobre salud y seguridad", dijo. "Yo solía ir a nadar en el Dee, que es uno de los ríos más peligrosos de los alrededores. Si mis padres se hubieran enterado, me hubieran encerrado de por vida. Pero en aquel entonces cometíamos todo tipo de travesuras".  

El hijo del autor de 5 años de edad, Gideon, jugando en el parque del terreno en el norte de Gales. (Hanna Rosin)

Como la mayoría de los padres de mi edad, tengo recuerdos de la infancia tan diferentes a la manera en que mis hijos están creciendo, que a veces pienso que me los podría estar inventando, o al menos exagerándolos. Yo me crié en un bloque de edificios de seis pisos de apartamentos casi idénticos en Queens, Nueva York. En mis años de escuela primaria, mis amigos y yo pasamos muchas tardes jugando a policías y ladrones en dos garajes de apartamentos interconectados, después de descubrir que podíamos forzar una puerta entre ellos. Una vez, cuando tenía alrededor de 9 años, mi amiga Kim y yo "encerramos" a un grupo de chicos más jóvenes en una prisión imaginaria detrás de una puerta baja. Entonces Kim y yo nos sentimos hambrientas y nos acercamos a la pizzería de Alba a pocas manzanas de distancia y nos olvidamos de ellos. Cuando volvimos una hora más tarde, todavía estaban de pie en el mismo lugar. No saltaron por encima de la valla, a pesar de que fácilmente podrían haberlo hecho; sus padres no fueron a buscarlos, y nadie esperaba que lo hicieran. Un par de ellos estaban bastante molestos, pero en aquel entonces, el código entre niños gobernaba. Nosotros les habíamos dicho que estaban en la cárcel, por lo que debían quedarse en la cárcel hasta que los dejáramos salir. La opinión de un padre en su período de encarcelamiento hubiera sido irrelevante.

Solía ​​romperme la cabeza con una estadística en particular que aparece habitualmente en artículos sobre el uso del tiempo: a pesar de que las mujeres trabajan mucho más horas ahora de lo que lo hicieron en la década de 1970, madres y padres, de todos los niveles económicos pasan ahora mucho más tiempo con sus hijos que lo hacían antes. Esto me parecía imposible hasta hace poco tiempo, cuando empecé a pensar en mi propia vida. Mi madre no trabajaba tanto cuando yo era joven, pero ella tampoco pasaba tanto tiempo conmigo. Ella no preparaba mis citas de juego o me llevaba a clases de natación o me compartía la música que le gustaba. Los días de entre semana ella sólo esperaba que yo apareciera para la cena; los fines de semana que apenas la veía en absoluto. Yo, por el contrario, puedo pasar fácilmente cada hora del sábado hora con uno, si no los tres de mis hijos, llevando uno a un partido de fútbol, a ​​la segunda a un programa de teatro, a la tercera a la casa de un amigo, o simplemente estando con ellos en casa. Cuando mi hija tenía alrededor de 10 años, mi marido se dio cuenta de que en toda su vida, no había pasado probablemente más de 10 minutos sin la supervisión de un adulto. Ni 10 minutos en 10 años.

Es difícil de absorber la cantidad de normas de la infancia se han cambiado en una sola generación. Las acciones que se hubieran considerado paranoicas en los 70 - acompañar a niños de tercero a la escuela, prohibir a tu hijo a jugar a la pelota en la calle, tirarte por el tobogán con tu hijo en su regazo - ahora se han convertido en rutinas. De hecho, son los marcadores de la paternidad buena y responsable. Un estudio muy completo de "movilidad independiente de los niños", llevado a cabo en los barrios urbanos, suburbanos y rurales en el Reino Unido, muestra que en 1971, el 80 por ciento de los estudiantes de tercero iban solos a la escuela. En 1990, esa cifra se había reducido a un 9 por ciento, y ahora es aún más baja. Cuando se pregunta a los padres por qué son más protectores de lo que eran sus padres, podrían responder que el mundo es más peligroso ahora de lo que era cuando estaban creciendo. Pero esto no es cierto, o al menos no de la manera en que pensamos. Por ejemplo, ahora los padres dicen a sus hijos de manera rutinaria que nunca hablen con extraños, a pesar de toda la evidencia disponible sugiere que los niños tienen las mismas probabilidades de ser secuestrados por un extraño que hace una generación (muy pocas). Tal vez la verdadera pregunta es, ¿cómo estos miedos llegan a tener tal poder sobre nosotros? Y ¿que han perdido -y ganado- nuestros hijos como consecuencia de que hayamos sucumbido a ellos?


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En 1978, un niño llamado Frank Nelson se dirigió a la parte superior de un tobogán de 12 pies en Hamlin Park en Chicago, con su madre, Debra, a unos pasos detrás de él. La estructura, instalada hacía tres años, era conocida como un "tobogán tornado", ya que se torcía en el recorrido, pero el niño nunca llegó tan lejos. Se cayó por el hueco entre el pasamanos y los escalones y aterrizó en la cabeza contra el asfalto. Un año más tarde, sus padres demandaron al Distrito de Parques de Chicago y las dos compañías que habían fabricado e instalado el dispositivo. Frank se había fracturado el cráneo, tenía daño cerebral permanente. Estaba paralizado de su lado izquierdo y tenía problemas con el habla y la visión. Sus abogados señalaron que se vería obligado a usar permanentemente un casco para proteger su frágil cráneo.

El caso de los Nelsons fue uno de una serie de demandas de la época que alimentó una reacción contra los equipamientos de juego potencialmente peligrosos. Theodora Briggs Sweeney, consultora de defensa y seguridad del consumidor de la Universidad John Carroll, de Cleveland, testificó en decenas de juicios y convirtió en una cruzada pública la reforma de los parques infantiles. "El juego en los parques infantiles seguirá siendo una ruleta rusa, con el niño como víctima inocente," escribió Sweeney en un trabajo de 1979 publicado en Pediatrics. Estaba preocupada por muchas cosas: las alturas de los dispositivos, el espacio entre los pasamanos, el peligro de ganchos en forma de S que sujetaban juntos las diferentes partes de los juegos, pero lo que más le preocupaba era de asfalto y tierra. En su artículo, Sweeney declaró que las simulaciones de laboratorio mostraron los niños podrían morir a causa de una caída de tan sólo 30 centímetros cuando su cabeza golpeaba contra el asfalto, o 1 metro cuando su cabeza golpaba contra la tierra.

Un informe del Gobierno Federal publicado en esa época, reveló que decenas de miles de niños acudían cada año a urgencias a causa de accidentes en los parques infantiles. Como resultado de todo esto, la Comisión de Seguridad de Productos del Consumidor de EE.UU. en 1981 publicó el primer "Manual para la Seguridad Pública en Parques infantiles", un breve conjunto de directrices generales - la palabra directrices estaba en negrita, para distinguirla del contenido de los requisitos - que deben regir el equipo. Por ejemplo, ningún componente de la estructura debe formar ángulos o aperturas que puedan atrapar cualquier parte del cuerpo de un niño, especialmente la cabeza.
Al superar los miedos, los niños alcanzan una cierta independencia, que puede prevenir fobias en la adultez. (Hanna Rosin)

Para aumentar la presión, Sweeney y miembro asesor de seguridad de parques infantiles, Joe Frost, comenzaron a catalogar los horrores que asolaron a los niños en parques infantiles. Entre los casi 200 casos se recogían detalles específicos y horripilantes: varios niños que habían acabado con la cabeza atrapada o aplastada en los carruseles; uno se ahorcó con una cuerda al saltar unido a una barandilla de la cubierta; otro fue atropellado por una motocicleta que se estrelló en un campo de juego sin vallas; uno que se cayó mientras jugaba al fútbol en un terreno rocoso. En un artículo que escribieron juntos, Sweeney y Frost hacían un llamamiento a la "inspección inmediata" de todos los equipos que se había instalado antes de 1981, y la retirada de cualquier material defectuoso. También instaron a los parques infantiles en todo el país a incorporar suelo de goma en áreas cruciales.

En enero de 1985, el Distrito de Parques de Chicago resolvió la demanda con los Nelson. Frank Nelson fue indemnizado con un mínimo de $ 9,5 millones. Maurice Thominet, el ingeniero jefe para el Distrito de Parques, dijo al Chicago Tribune que la ciudad tendría que "contemplar dura y fríamente todos los equipamientos" y probablente eliminar todas los dispositivos similares a los toboganes tornados y algunas otras estructuras. En ese momento, un lector escribió para el periódico:

¿Los accidentes ocurren más? ...
¿Puede una madre aceptar el riesgo de subir a su joven hijo hasta la parte superior de un tobogán de tornado, con toda buena intención, y que tenga un accidente?
¿Quién es responsable de un niño en un parque, el parque del distrito o el padre? ... Los columpios golpean a los niños de 1 año de edad en la cabeza, estoy seguro que con graves consecuencias en algunos casos. ¿Eliminamos también los columpios?

Pero éstas resultaron ser las reflexiones de una época agonizante. Alrededor de la época en la que la sentencia Nelson se hizo pública, departamentos de parques de todo el país comenzaron a retirar los equipos recién considerados peligrosos, en parte porque no podían darse el lujo de ser demandados, sobre todo ahora que un manual de gobierno podría ser utilizado por los litigantes como prueba de las normas que los parques no cumplían. En previsión de las demandas, las primas de seguros se dispararon. Como el lector Tribune había intuido, la comprensión cultural de riesgo aceptable comenzó a cambiar, de manera que cualquier riesgo conocido se convirtió casi en sinónimo de peligro.

Con los años, el manual oficial de productos de consumo ha pasado por varias revisiones; ahora se complementa con un conjunto de directrices técnicas para los fabricantes. Cada vez más, las normas son establecidas por los ingenieros y expertos técnicos y abogados, con poca participación significativa por parte de "la gente que sabe algo sobre el juego de los niños", dice William Weisz, un consultor de diseño que se ha sentado en varios comités de la supervisión de los cambios en las pautas. El manual incluye prescripciones específicas para las alturas exactas, pendientes y otros ángulos de casi cada pieza de equipo. Pisos de madera o de goma chips son prácticamente obligados; hierba y tierra "no son considerados superficie protectora porque se desgastan y los factores ambientales pueden reducir su eficacia de absorción de choque."

"Riesgos razonables son esenciales para el desarrollo saludable de los niños", dice Joe Frost, un cruzado seguridad influyente.

Ya no es fácil encontrar un campo de juego que tenga un elemento de sorpresa, no importa lo lejos que viajes. Los niños se encuentran los mismos juguetes a las mismas alturas y ángulos que los que están en su propio barrio, con muchos de los mismos accesorios. Yo vivo en Washington DC, cerca de Rock Creek Park, y durante mi primer año en el barrio, un remoto rincón del parque se convirtió en lo que nuestros vecinos llamaban la "zona de juegos del pasado". El tobogán tenía escalones de madera, y estaba en un ángulo tan pronunciado que los niños tenían que practicar el control de la velocidad para no aterrizar demasiado fuerte en la tierra. Más gloriosa, una casa de árbol a unos 12 metros del suelo, donde los niños del barrio se reunían y establecían entre ellos las jerarquías que recuerdo de mi infancia  - los niños pequeños “cocinado” en la parte baja, mientras que los niños más grandes dominaban lo alto refugio. Pero en 2003, casi un año después de que me mudara, el servicio de parques derribó la casa del árbol y reemplazó todo el equipo antiguo con un parque de juegos prefabricado sobre un el suelo de goma. Ahora el juego puede satisfacer la atención de un solo niño, y no por mucho tiempo. Los niños parecen pasar la mayor parte de su tiempo en la caja de arena; tal vez les guste porque los vecinos lo han convertido en un mini parque de aventuras, al dejar una cuchara de mezcla, un colador o un coche de juguete averiado.


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En los últimos años, Joe Frost, antiguo compañero de Sweeney en la cruzada de seguridad, ha comenzado a preocuparse por que tal vez hayamos ido demasiado lejos. En un documento de 2006, da el ejemplo de dos padres que presentaron una demanda cuando su hijo cayó sobre un tronco en un pequeño bosque de secuoyas que era parte de un parque infantil. Tenían una base para la demanda. Después de todo, el último manual de seguridad aconseja a los diseñadores "mirar hacia fuera para los riesgos de caídas, como zapatas expuestas de hormigón, troncos de árboles y rocas." Pero los adultos han llegado a la conclusión errónea "de que los niños de alguna manera deben ser protegidos de los riesgos de lesiones", escribe Frost. "En el mundo real, la vida está llena de riesgos financieros, físicos, emocionales, sociales y riesgos razonables son esenciales para el desarrollo saludable de los niños."

En el núcleo de la obsesión por la seguridad hay una visión de la infancia que es exactamente la contraria de la de Lady Allen (Marjory Gill), una idea de que los niños son demasiado frágiles o poco inteligentes para evaluar el riesgo de cada situación", sostiene Tim Gill, autor de No Fear, una crítica de la aversión al riesgo de nuestra sociedad. "Ahora, nuestra hipótesis de trabajo es que no se puede confiar en los niños para que encuentren su camino en las de situaciones difíciles físicas o emocionales y sociales."

¿Qué hemos perdido en medio de toda esta protección? A mediados de la década de 1990, Noruega aprobó una ley que requiere que los campos de juego cumplan con ciertas normas de seguridad. Ellen Sandseter, profesora de educación en la primera infancia en el Queen Maud University College en Trondheim, que acababa de tener su primer hijo, vio cómo uno a uno las zonas de juego de su barrio se transformaron en lugares estériles, aburridos. Sandseter había escrito una tesis sobre los adolescentes y su necesidad de la sensación y de riesgo; se había dado cuenta de que si no podían alimentar ese deseo de alguna manera socialmente aceptable, algunos se desarrollarían comportamientos temerarios. Se preguntó si una dinámica similar podría afianzarse entre los niños más pequeños si los parques infantiles comenzaron a ser más seguros y menos interesantes.
Los niños tienen una necesidad sensorial de probar peligro - jugar cerca del fuego, experimentar las alturas de la experiencia, moverse a una velocidad que sienten demasiado rápida. (Hanna Rosin)

Sandseter comenzó a observar y entrevistar a los niños en los parques de Noruega. En 2011, publicó su resultado en un documento llamado "Juegos arriesgados para niños desde una perspectiva evolutiva: los efectos anti-fóbicos de experiencias emocionantes." Los niños, concluyó, tienen una necesidad sensorial de probar el peligro y la emoción; esto no quiere decir que lo que hacen tenga que ser realmente peligrosos, sólo que ellos sienten que están asumiendo un gran riesgo. Eso los asusta, pero luego superan el miedo. En el documento, Sandseter identifica seis tipos de juego arriesgado: (1) Exploración de las alturas, o conseguir la "perspectiva de pájaro", como ella lo llama - estar lo suficientemente alto como para evocar la sensación de temor. (2) Manejar herramientas peligrosas - tijeras afiladas o cuchillos o martillos pesados - ​​que en un principio parecen inmanejables, pero que los niños aprenden a dominar. (3) Estar cerca de elementos peligrosos - jugar cerca de grandes cuerpos de agua, o cerca de un fuego, así los niños son conscientes de que existe un peligro cercano. (4) Juego rudo y caídas - peleas, luchas - para que los niños aprendan a negociar la agresión y la cooperación. (5) Velocidad - bicicleta o esquiar a un ritmo que sientan demasiado rápido. (6) Explorar por su cuenta.

Este último Sandseter describe como "el más importante para los niños." Ella me dijo: "Cuando se les deja solos, y pueden asumir la plena responsabilidad por sus acciones y las consecuencias de sus decisiones, la experiencia es emocionante para ellos."

Para medir los efectos de la pérdida de estas experiencias, Sandseter retoma la Psicología Evolutiva. Los niños nacen con el instinto de correr riesgos en el juego, ya que históricamente, aprender a negociar con el riesgo ha sido crucial para la supervivencia; en otra época, habrían tenido que aprender a huir de algún peligro, a defenderse de los demás, a ser independientes. Incluso hoy en día, crecer es un proceso de gestión de los miedos y de aprender a llegar a decisiones racionales. Al participar en el juego de riesgo, los niños se están sometiendo efectivamente a sí mismos a una forma de terapia de exposición, en el que se obligan a hacer lo que tienen miedo con el fin de superar su miedo. Pero si nunca pasan por ese proceso, el miedo puede convertirse en una fobia. Paradójicamente, Sandseter escribe, "el miedo a que los niños se hagan daño", sobre todo en las formas leves, "puede dar lugar a niños más temerosos e incrementar los niveles de psicopatología." Ella cita un estudio que muestra que los niños que se lesionan al caer de las alturas cuando tenían entre 5 y 9 años, tienen menos probabilidades de tener miedo a las alturas a los 18 años. "Juego de riesgo con grandes alturas proporcionará una desensibilización o experiencia habituación", escribe.


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Podríamos aceptar unas cuantas fobias más en nuestros hijos, a cambio de un menor número de lesiones. Pero la ironía es que nuestra atención a la seguridad de hecho no ha marcado una gran diferencia en el número de accidentes que tienen los niños. Según el Sistema Nacional de Vigilancia Electrónica de Lesiones, que supervisa las visitas al hospital, la frecuencia de las visitas a las salas de emergencia relacionadas con las zonas de juego, incluidos los juguetes de casa, en el año 1980 fue de 156.000, o una visita por 1.452 estadounidenses. En 2012, fue 271.475, o uno por 1.156 estadounidenses. El número de muertes no ha cambiado mucho. Desde 2001 hasta 2008, la Comisión de Seguridad de Productos del Consumidor reportó 100 muertes asociadas con los equipos de un parque una media de 13 al año, tan solo 10 menos de las que se registraron en 1980. Lesiones en la cabeza, motocicletas fuera de control, una caída fatal en una roca - la mayor parte de los horrores descritos hace tantos años por Sweeney y Frost - llegan a ser raras tragedias que ninguna seguridad puede prevenir.

Incluso el revestimiento de goma de los parques no parece haber hecho una gran diferencia en el mundo real. David Ball, profesor de gestión de riesgos en la Universidad de Middlesex, analizó las estadísticas de lesiones del Reino Unido y encontró que, al igual que en los EE.UU., no ha habido una tendencia clara en el tiempo. "La llegada de todas estas superficies especiales para parques infantiles ha contribuido muy poco, o nada en absoluto, a la seguridad de los niños", me dijo. Ball ha encontrado alguna evidencia de que las lesiones de huesos largos, que son mucho más comunes que las lesiones en la cabeza, en realidad han aumentado. La mejor teoría para eso es "compensación del riesgo" - los niños no se preocupan tanto por la caída sobre la goma, así que no son tan cuidadosos, y terminan perjudicandose a sí mismos con más frecuencia. El problema, dice Ball, es que "hemos llegado a pensar en los accidentes como evitables y no como en una parte natural de la vida."

La categoría de  juego arriesgado de la lista de Sandseter que probablemente ponga más nerviosa a la generación actual de padres es la trata de la necesidad de los niños de perderse, o apartarse de supervisión de un adulto. "Los niños aman alejarse solos y salir a explorar lejos de los ojos de los adultos", escribe. Ellos "experimentan la sensación de riesgo y el peligro de perderse" cuando "tienen la oportunidad de explorar las áreas desconocidas; tienen la necesidad de hacerlo." Una vez más Sandseter cita una evidencia que muestra que el número de las experiencias de separación antes de los 9 años se correlaciona negativamente con síntomas de ansiedad de separación - a los 18 años", lo que sugiere un efecto de "inoculación".

En todos mis años como madre, la mayoría los niños que he conocido dan por sentado que siempre están siendo observados.

Pero los padres en estos días tienen poca tolerancia a la deambulación de los niños por su cuenta, por razones que, al igual que el creciente temor de heridas en los parques, tienen sus raíces en la década de 1970. En 1979, nueve meses después de que Frank Nelson se cayera de ese tobogán en Chicago, Etan Patz, de 6 años, salio del apartamento de sus padres en el centro de Nueva York para caminar por sí mismo a la parada del autobús escolar. Etan había estado pidiendo a su madre que le dejara ir por sí mismo; muchos de sus amigos lo hacían, y esa mañana fue la primera vez que ella le dejó. Pero, como casi todo el mundo que se crió en Nueva York en esa época lo sabe, él nunca volvió a casa. (En 2012, un hombre de Nueva Jersey fue arrestado por el asesinato de Etan.) Tenía casi 10 años en aquel momento, y me acuerdo de ver en el telediario de la noche la imagen de la escuela, con una sonrisa casi tan ancha como Mick Jagger. También recuerdo que, en algún momento durante esas semanas de interminable cobertura de la búsqueda de Etan, los padres de mi barrio organizaron por primera vez un recorrido que nos llevaba a la parada de autobús.

El caso de Etan Patz inició la era de la niña desaparecida en todas partes, como Paula Fass narra en Secuestrado: sustracción de menores en Estados Unidos. Los rostros de los niños comenzaron a aparecer en los cartones de leche, y Ronald Reagan eligió la fecha de la desaparición de Etan como el Día Nacional de Niños Desaparecidos. Aunque nadie sabía qué había sido de Etan, se desarrolló una teoría de que había sido objeto de abusos sexuales; pronto The New York Times citó a un psicólogo que dijo que el caso Patz anunciaba una "epidemia del abuso sexual de los niños." En un corto período de tiempo, escribe Fass, los estadounidenses llegaron a pensar que los abusos a los niños eran muy frecuentes. Con el tiempo, el miedo llevó a una nueva sentencia paternal: los niños nunca deben hablar con extraños.

Los casos de secuestro como el de Etan Patz eran increíblemente raros hace una generación, y lo siguen siendo hoy. David Finkelhor es el director de los Delitos Contra Niños del Centro de Investigación, la autoridad más confiable en estadísticas sobre el sexual-abuso y secuestro de niños. En su investigación, Finkelhor señala una categoría de delito llamado "secuestro estereotipado", el tipo de secuestro que tiene más probabilidad de aparecer en las noticias, en la que la víctima desaparece durante la noche, o es encontrado a más de 50 millas de distancia, o es asesinado. Finkelhor afirma que estos casos siguen siendo extremadamente raros y no parecen haber aumentado, al menos desde mediados de los años 80. En general, los delitos contra los niños han ido disminuyendo, en consonancia con la caída de la delincuencia en general desde los años 90. Un niño de una familia feliz e intacta, que camina a la parada del autobús y nunca llega a casa sigue siendo una tragedia singular, no una epidemia nacional.

Un tipo de delito que si se ha incrementado, dice Finkelhor, es el secuestro por parte de familiares (que se agrupan con el secuestro estereotipado en los informes del crimen del FBI, que representan los números aparentemente alarmantes veces reportados en los medios de comunicación). La explosión del divorcio en los años 70 significó muchas más guerras de custodia y muchos más niños son objeto de secuestro por uno u otro de sus padres. Si una madre tiene miedo de que su hijo pueda ser secuestrado, su regla de oro no debe ser No hables con extraños cabe también No hables con tu padre.

La brecha entre lo que la gente teme (secuestro por un extraño) y lo que está sucediendo realmente (problemas familiares y batallas de custodia) es revelador. Lo que ha cambiado desde la década de 1970 es la naturaleza de la familia americana, y el sentido más amplio de la comunidad. Por una variedad de razones del divorcio, más familias monoparentales, más madres trabajadoras - las familias y los barrios han perdido parte de su cohesión. Es quizás natural que la confianza en general se haya erosionado, y que los padres hayan tratado de controlar más de cerca a sus hijos. 
En contraste con muchos parques infantiles estadounidenses, los niños tienden a llegar a “La Tierra” sin la compañía de sus padres. (Hanna Rosin)

Cuando los padres comenzamos a ver los espacios públicos -  patios, calles, campos de juego públicos, la distancia entre la escuela y el hogar - como peligrosos, otras pequeñas decisiones diarias ocuparon su lugar. Pregúntale a cualquiera de los padres que conozco la crónica de una semana típica en la vida de sus hijos y es probable que hablan de escuela, tareas, clases después de la escuela, encuentros organizados, equipos deportivos dirigidos por un compañero de los padres, y muy poco tiempo para juego libre y no supervisado. La falta de supervisión ha convertido, de hecho, en sinónimo de falta de los padres. El resultado es una "disminución continua y en última instancia dramática en las oportunidades de los niños para jugar y explorar sus propios caminos elegidos", escribe Peter Gray, psicólogo de la Universidad de Boston y autor de Free to Learn. Se acabaron los encuentros espontáneos entre niños, las caminatas ociosas de la escuela a casa, o los juegos de policías y ladrones en el garaje durante toda la tarde. La cultura infantil de mis días de Queens, con sus propias tradiciones y códigos, sus placeres y angustias particulares, está prácticamente extinguida.

En 1972, el estudiante de geografía de origen británico, Roger Hart, se embarcó en un proyecto inusual para su tesis. Se mudó a un pueblo rural de Nueva Inglaterra y, durante dos años, hizo un seguimiento de los movimientos de los 86 niños de la escuela primaria local, para crear lo que llamó una "geografía de los niños", incluyendo mapas reales que mostraban por dónde y en qué medida los niños acostumbraban a vagabundear lejos de casa. Por lo general, las investigaciones sobre los niños se llevaban a cabo mediante entrevistas a los padres, pero Hart decidió que en esta ocasión iría directo a las fuentes. El director de la escuela le prestó una habitación, que llegó a ser conocido como "la habitación de Roger", y poco a poco llegó a conocer a los niños. Hart les hizo preguntas acerca de dónde iban cada día y cómo se sentían acerca de esos lugares pero, sobre todo, él paseaba con ellos. Incluso ahora, ya establecido como padre y académico, Hart tiene un aire soñador, travieso. Los niños se sentían cómodos con él y les encantaba compartir sus momentos de orgullo, sus secretos. A menudo lo llevaban a lugares que los adultos nunca habían visto antes - teatros o fortalezas que los niños habían hecho sólo para sí mismos.

La metodología de Hart era novedosa, pero él no creyó que estuviera documentando nada radical. Muchas de sus observaciones debían parecer mundanas en esa época. Por ejemplo: "Me llamó la atención la gran cantidad de tiempo que los niños empleaban modificando el paisaje para adaptarlo a ellos mismos y a sus juegos." Pero la lectura de su tesis hoy se siente como volver a una civilización perdida, a una cultura del niño con sus propias formas de jugar y de pensar y de sentir que parecen totalmente extrañas ahora. Los niños pasaban inmensas cantidades de tiempo por su cuenta, creando paisajes imaginarios de los que sus padres a veces no sabían nada. Los padres no desempeñaban ningún papel en sus amistades con otros niños - "gracias a los paseos en bicicleta los niños de más edad tenían la oportunidad de encontrarse y participar en juegos con los demás", señaló Hart. Las fortalezas que construyeron no fueron alabadas por sus padres, porque sus padres casi nunca las vieron.

"Hay un temor" entre los padres, me dijo Roger Hart, "una exageración de los peligros, la pérdida de confianza", que claramente no es explicable.

A través de sus mapas, Hart descubrió patrones generales: entre el segundo y tercer curso, por ejemplo, en el caso de los niños ”autónomos”, la distancia permitida para alejarse de casa sin avisar  se fue expandiendo considerablemente, ya que tenían permitido ir solos en bicicleta a casa de un amigo o al campo de futbol. En quinto, especialmente los niños ganaron una "nueva libertad dramática", y podían ir más o menos donde quisieran sin consultar en absoluto. (Las chicas estaban más restringidas porque a menudo ayudaban a sus madres en las tareas o recados, o se quedaban en casa a cuidar a sus hermanos menores.) Para los niños, cada pequeño aumento de autonomía, tener libertad para cruzar una carretera o ir al centro de la ciudad, era una señal de crecimiento. Los niños se sentían especialmente orgullosos, señaló Hart, en "saber cómo llegar a diferentes lugares", y en buscar de atajos que los adultos no usarían normalmente.

La investigación de Hart se convirtió en la base para un documental de la BBC, a la que se acaba de presentar en su oficina de la City University de Nueva York. Una larga escena tiene lugar a través de un río donde los niños acudían a construir lo que ellos llamaban "casas de los ríos," estructuras hechas de ramas y retazos de cosas que cogían de casa. En una escena, Joanne y su hermana Sylvia muestran a los cámaras la "casa" que habían hecho, construida mayormente con folios naranjas y marrones que colgaban de las ramas. El mobiliario había sido construido con amor e ingenio - la televisión, por ejemplo, era una caja sobre una roca con una portada de una revista de moda pegada en el frente. El teléfono era una piedra de la que salía un alambre rizado a modo de cable.

Las niñas parecen conscientes de que están siendo filmadas, pero se siente totalmente en casa, cepillándose el cabello, sentadas en las cajas unas cerca de otras, y haciendo planes planes sobre como renovar la casa. Cerca de allí, su hermano de 4 años de edad, está talando un árbol pequeño con un hacha para una nueva construcción. Las niñas y sus hermanos han pasado cientos de horas aquí a lo largo de los años; su madre nunca ha estado aquí, ni una vez, dicen, porque ella no le gusta mojarse los dedos de los pies.

En otra escena, Andrés y Jenny, hermano y hermana de 6 y 4 años respectivamente, exploran una zona de bosque en busca de los mejores helechos para hacer una cama. Jenny se pasea con sus calcetines blancos hasta la rodilla, sus trenzas balanceantes, en busca de los más grandes. Su hermano mayor intenta arreglarlos. El sol brilla a través de los densos árboles y la cámara se queda en los niños durante mucho tiempo. Cuando ellos están satisfechos con su cama, se acuestan uno al lado del otro. "No cojas ninguno de mis helechos", le regaña Jenny, y Andrés saca la lengua. En este punto, pude escuchar en mi cabeza al padre interviniendo: "¡Vamos, chicos, compartir. Hay suficiente para todos". Pero no hay padres ahí; los niños han estado fuera de su vista durante varias horas. Los ojos se me llenaron de lágrimas mientras veía la película, y fue sólo unos días más tarde cuando comprendí el porqué. En todos mis años como madre, nunca he contemplado a niños que estuvieran tan en contacto con su interior, tan en sintonía con los demás, tan completamente absorbidos con el mundo que han creado, y creo que eso se debe a que, en todos mis años como madre, la mayoría los niños que he conocido dan por sentado que siempre están siendo observados.
 
Los niños estudiados por Roger Hart en la década de 1970 pasaron gran parte de su tiempo libre fuera de la vista de los padres, en escondrijos secretos. (Roger Hart)

En 2004, Hart regresó a la misma ciudad para hacer un seguimiento del estudio. Su objetivo era volver a contactar con algún niño de los que había entrevistado que aún viviera a menos 160 kilómetros de la ciudad y ver cómo estaban criando a sus propios hijos. También buscar a algunos de los niños que ahora vivían en la ciudad. Desde el primer día que llegó, supo que nunca podría de hacer la investigación de la misma manera. Hart comenzó en la casa de un chico que había conocido, ahora padre, y le preguntó si podía hablar con su hijo fuera. La madre dijo que podían ir en el patio trasero, pero ella los siguió, manteniéndose siempre a unos 200 metros detrás de ellos. Hart no tuvo la sensación de que los padres sospecharan de él, era más bien que se habían "acostumbrado a la idea de estar siempre cerca de sus hijos, y no les gustaba alejarse". Se dio cuenta de que esta vez, solo podía llegar a los niños a través de los adultos; incluso los niños ya no parecían tan interesados ​​en hablar con él a solas; ya tenían un montón de atención por parte de los adultos. "Estaban acostumbrados a tener sus vidas organizadas por sus padres", me dijo. Mientras tanto, el nuevo director de la escuela dijo que no quería que Hart hiciera ninguna investigación allí, ya que no estaba directamente relacionada con el plan de estudios.

En un momento Hart localizó a Sylvia, una de las chicas que había filmado en la casa del río. "¡Roger Hart! ¡Oh, Dios mío, mi infancia existió!", gritó por teléfono. "¡Yo siempre le cuento a la gente lo que solíamos hacer, y no me creen!" Sylvia era ahora una madre suburbana de dos hijos (de 5 y 4 años), y ella y su marido se habían mudado a una nueva casa 30 kilómetros de distancia.
Cuando Hart fue a visitar a Sylvia, filmó la entrevista. Se quedaron afuera, en su patio trasero, Sylvia le cuenta que ella compró esta casa porque quería darle a sus propios hijos el tipo de experiencias de infancia que había tenido, y que al ver a la pequeña zona boscosa en la parte trasera, su "corazón saltó." Pero "no es posible que estén en el bosque", añade. "Mi ciudad natal es ahora tan diversa, con gente entrando y saliendo y un montón de vagabundos". Hart le recuerda cómo solía pasar la mayor parte de su tiempo jugando cerca del rio. "No hay río aquí," le dice, entonces susurra, "y estoy muy contenta de ello". Pronto habrá una cerca alrededor del patio, menciona ella en varias ocasiones - "por lo que van a estar controlados, y siempre voy a poder verlos desde la ventana de la cocina". A medida que entrevista a Sylvia, su hijo hace algunos intentos poco entusiastas de recortar los setos con un par de tijeras, pero no parece saber cómo hacerlo, y nunca se aleja más de unos pocos centímetros de su padre.

Cuando Hart muestra a Jenny y Andrew la película en la que aparecen jugando en los helechos, se sienten profundamente conmovidos, porque nunca habían visto una película de ellos mismos cuando eran niños, y porque también para ellos, los recuerdos se habían retirado en la irrealidad nebulosa. Ambos son padres de familia y siguen viviendo en esa ciudad de Nueva Inglaterra. De todas las personas con las que Hart se reencontró, parece que ellos sí que han intentado duramente crear algunas de las mismas oportunidades de juego que ellos tuvieron para sus propios hijos. Jenny compró una casa con un jardín, cerca de un bosque; no deja que sus hijos vean la televisión o jueguen con videojuegos mucho tiempo, en cambio los alienta a ir al granero y jugar en el heno, o a jugar en el jardín. Ella dice que no le importa realmente si se desvian hacia el bosque, pero "ellos no quieren salir de la vista". De todos modos, ellos hacen ejercicio en los diversos equipos deportivos en los que participan. Jenny vuelve a su infancia cuando habla de cómo ella y los chicos amontonan piedras en el patio trasero para construir un salto de esquí o utilizan palitroques para hacer un fuerte. Pero es Jenny quien inicia estas actividades; los chicos no suelen explorar por su cuenta.

Dentro de esta nueva generación de niños, los niños autónomos son bastante escasos. No se alejan de casa, y tampoco parecen desearlo. Hart habló con un oficial de policía de la zona, quien dijo que no había tantos vagabundos y que a lo largo de los años, el crimen se había mantenido en unos niveles bastante bajos. "Hay un temor" entre los padres, me dijo Hart, "una exageración sobre los peligros, una pérdida de confianza que no es claramente explicable". Hart aún no ha publicado los hallazgos de su investigación más reciente, y es cauteloso sobre la nostalgia rousseauseriana de su propia niñez. Por ejemplo, dijo que debía ser honesto acerca de las cosas que han mejorado para esta nueva generación. En los viejos tiempos, cuando los niños eran abandonados a su suerte, las jerarquías infantiles se formaban con bastante rapidez, y algunos niños se quedaron desde entonces en la parte inferior, o fueron excluidos por completo. Además, los padres estaban ausentes; Ahora los niños están mucho más cerca de sus padres - mucho más cerca de los dos padres del que estaban en aquel entonces. Yo añadiría que la década de 1970 fue la década del boom del divorcio, y muchos niños sintieron abandonados por sus padres; quizás la estrecha supervisión de hoy es parte de una promesa de no repetir ese error. Y sin embargo, a pesar de todo esto, Hart no puede dejar de preguntarse qué desapareció con "la erosión de la cultura infantil", en la que los niños estaban "inventando sus propias actividades y creando de una especie de comunidad con otros niños que sabían mucho más acerca de ellos de lo que sabían sus padres".
En el parque infantil de “La Tierra”, los trabajadores cuidan de los niños, pero rara vez de intervienen. (Hanna Rosin)

Una preocupación común de los padres en estos días es que los niños crecen demasiado rápido. Pero a veces parece como si los niños no tengan su propio espacio para madurar; y acaban por convertirse en expertos en la imitación de los hábitos de la vida adulta. Como muestra la investigación de Hart, los niños adquirían progresivamente responsabilidades, año tras año. Cruzaron la calle, fueron a la tienda; finalmente, algunos de ellos consiguieron pequeños trabajos en el barrio. Su orgullo estaba envuelto en competencia e independencia, que creció mientras intentaban dominar y actividades que no sabían cómo hacer el año anterior. Pero en estos días, al menos los niños de la clase media, se saltan estos hitos. Pasan mucho tiempo en compañía de los adultos, y puedan hablar y pensar como ellos, pero nunca construyen la confianza necesaria para ser verdaderamente independientes y autosuficientes.

Últimamente los comportamientos de los padres se enmarcan dentro de los estilos de crianza definidos por la socióloga de la Universidad de Pennsylvania, Annette Lareau. Los padres de clase media ven a sus hijos como los proyectos: se involucran en lo que ella llama "el cultivo concertado", una búsqueda activa del enriquecimiento de sus hijos. Los padres de la clase trabajadora y los pobres, por su parte, hablan menos con sus hijos, vigilan menos de cerca sus progresos, y promueven lo que Lareau llama el "logro de un crecimiento natural", tal vez dejando a los niños menos preparados para liderar como adultos de clase media. Muchas personas interpretan sus resultados como prueba de que los estilos de crianza de los hijos de la clase media, en su totalidad, son superiores. Pero esto puede ser una visión demasiado simplista y  una conclusión complaciente; quizá cada forma de crianza de los hijos tiene algo recomendable para la otra.

Cuando Claire Griffiths, directora de “La Tierra”, solicita subvenciones para financiar sus innovadores espacios de juego, enumera las ventajas concretas de atraer a los niños a espacios exteriores: la lucha contra la obesidad, el desarrollo de las habilidades motoras. Ella también habla sobre el mismo tema que la Sra. Allen habló años atrás, animando a los niños a asumir riesgos con los que construir su confianza. Pero los beneficios más nebulosos de una cultura infantil más libres son difíciles de explicar en una solicitud de subvención, a pesar de que los experimentos que se llevan a cabo. Por ejemplo, a partir de 2011, la Escuela Primaria Swanson en Nueva Zelanda se presentó a un experimento de la universidad y estuvo de acuerdo en suspender todas las normas del patio, permitiendo a los niños correr, trepar a los árboles, deslizarse por una colina fangosa, saltar de los columpios, y jugar en un "espacio desestructurado" que era como un mini parque de aventuras. Los profesores temían el caos, pero lo que en realidad consiguieron fue disminuir la agresividad y la intimidación - porque los niños estaban demasiado ocupados y comprometidos para causar problemas, dijo el director.

En un ensayo titulado "El déficit de juego," Peter Gray, psicólogo del Boston College, enumera las consecuencias de la pérdida de la antigua cultura antigua de la infancia y las enfermedades habituales atribuidas a los “Millennials”: la depresión, el narcisismo, y una disminución en la empatía. En la última década, el porcentaje de jovenes en edad universitaria que toman medicación psiquiátrica se ha incrementado, según un estudio de 2012 por la Asociación Americana de Consejería de la universidad. Los psicólogos han escrito (en esta revista y otros) sobre la singular crisis de identidad a la que se enfrenta esta generación - el miedo a crecer y, en palabras de Brooke Donatone, una terapeuta neoyorquina, la incapacidad "para pensar por sí mismos."

En su ensayo, Gray destaca el trabajo de Kyung-Hee Kim, un psicólogo educativo en el Colegio de William y Mary y el autor del artículo 2011 "La crisis de la creatividad". Kim ha analizado los resultados de las pruebas Torrance de Pensamiento Creativo y ha encontrado que las puntuaciones de los niños estadounidenses han disminuido de manera constante a través de la última década. Los datos muestran que los niños se han convertido en:
menos expresivos emocionalmente, menos energéticos, menos locuaces y verbalmente expresivos, menos bien humorados, menos imaginativos, menos convencionales, menos vitales y apasionados, menos perceptivos, menos aptos para conectar las cosas aparentemente irrelevantes, menos capaces de sintetizar, y menos propensos a ver las cosas desde una perspectiva diferente ángulo.

La mayor caída, Kim señaló, ha estado en el parámetro de "elaboración", o la capacidad para coger una idea y ampliarla de una manera novedosa.

Los estereotipos sobre los Millennials han alarmado a algunos investigadores y padres que han empezado a desmarcarse de la cultura de control parental. Muchos libros recientes para padres piden esta distancia, entre ellos Parenting Duct Tape , Baby Knows Best, y el próxima The Kids Will Be Fine . En su nuevo libro excelente, All Joy and No Fun, Jennifer Senior investiga sobre los padres que lo están pasando mal por creer siempre tienen que maximizar la felicidad y el éxito de sus hijos.

En el Reino Unido, la paranoia de seguridad se está moderando. El equivalente británico de la Comisión de Seguridad de Productos para el Consumidor ha lanzado recientemente un comunicado diciendo que "quiere asegurarse de que las preocupaciones de salud y seguridad erróneas no crean ambientes de juego estériles que carezcan de desafío y eviten que los niños amplien su aprendizaje y desarrollen sus capacidades". Mientras estuve en el Reino Unido, Tim Gill, autor de No Fear, me llevó a un recién construido parque de Londres que me recordó a los viejos tiempos, con largos toboganes rápidos por una colina rocosa, altas caídas desde una roca de escalada, y pocas zonas valladas. Mientras tanto, el Gobierno de Gales ha adoptado explícitamente una estrategia para fomentar el juego activo e independiente, en lugar de aprender de los libros, entre los niños pequeños, allanando el camino para un puñado de zonas de juegos como el de “La Tierra” y otras iniciativas de juego.

Si una madre tiene miedo de que su hijo pueda ser secuestrado, su regla de oro no debe ser No hables con extraños debe ser No hables con tu padre.

Es difícil pronosticar si los estadounidenses se añadirán a las iniciativas británicas, aunque están apareciendo algunos signos esperanzadores. Existe un creciente interés de Estados Unidos por las "guarderías forestales" de estilo europeo, donde los niños reciben poca instrucción formal y tienen más libertad para explorar en la naturaleza. Y en Washington DC, no muy lejos de donde vivo, por fin tenemos nuestro primer parque arriesgado desde que la "zona de juegos olvidados" fue desmantada. Situado en una escuela privada llamada Beauvoir, tiene una tirolina y estructuras de escalada que los niños de todas las edades perciben como arriesgadas. Recientemente conocí a alguien que trabajaba en el parque y le pregunté como es que  el consejo escolar no se había dejado intimidar por las preocupaciones de seguridad, sobre todo teniendo en cuenta que el parque se mantiene abierto al público los fines de semana. Él dijo que la junta si estaba preocupada por la seguridad, pero que también quería un parque infantil emocionante; después de todos estos años, las normas de seguridad son, todavía, sólo directrices.

Pero el cambio cultural real tiene que venir de los padres. Hay una gran diferencia entre evitar riesgos mayores y tomar todas las decisiones teniendo como objetivo principal el optimizar la seguridad del niño (o el enriquecimiento o la felicidad). No podemos crear el ambiente perfecto para nuestros hijos, igual que no podemos crear hijos perfectos. Creer lo contrario es un engaño; acuérdate de ello cada vez que sientas pánico.

A medida que el sol se ponía sobre "La Tierra", vi por el rabillo del ojo un cubo gris, del tipo de los que uso para reciclar, a punto de ser empujado por la pendiente que conducía al arroyo. La cabeza de un niño sobresalía de la parte superior, y me di cuenta que era mi hijo. Incluso para mis relativamente relajadas normas de crianza, la situación parecía incierta. La luz se desvanecía, la pendiente era muy pronunciada, y Christian, el chico que estaba haciendo empujando, sólo tenía 7 años. Además, el arroyo estaba frío, y yo no tenía cambio de ropa para Gideon.

Yo no había visto mucho a mi hijo ese día. Los niños, en ausencia de los padres,se cuidan unos a otros, por lo que el más novato estaba a cargo de los niños veteranos de "La Tierra". Me acerqué lo suficientemente cerca como para oír la conversación.
"Puedes caerte en el arroyo", dijo Christian.
"Lo sé" dijo Gideon.

Cristian ya le había enseñado Gideon a subir al dispositivo más alto y dominar el balanceo de la cuerda. En estas alturas ya se había ganado un poco su confianza. "Yo te empujo suavemente, ¿de acuerdo?" "Preparados, listos, ¡ya!", dijo Gideon en respuesta. Rodó colina abajo, y aterrizó en el arroyo. En mi experiencia, a Gideon le fastidia mucho el agua. Odia incluso que le caiga una gota en la manga mientras se cepilla los dientes. No había alquilado un coche para este viaje, y la mujer que nos había llevado se había marchado hacía tiempo. Empecé a maquinar como conseguirle ropa seca. ¿Puedo llamar a la puerta de algún vecinos? ¿Puedo pedirle a Christian que llame a su padre? O, en su defecto, ¿puedo persuadir a Gideon para que se siente un rato con los grandes junto al fuego?

"Estoy mojado", le dijo Gideon a Christian, y salió corrió a buscar unos martillos para construir una nueva fortaleza."
19 de marzo 2014
Publicado originalmente en The Atlantic
Traducido por ika tawa para una de los antiguos niños

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