07 abril 2014

El niño libre [A.S. Neill]

“Hay en el mundo tan pocos niños autónomos, que todo intento de describirlos tiene que ser un ensayo titubeante. Los resultados observados hasta ahora sugieren el comienzo de una civilización nueva, de un carácter más hondamente reformado que toda sociedad nueva prometida por cualquier dase de partido político.
La autonomía o gobierno de sí mismo implica la creencia en la bondad de la naturaleza humana, creencia en que no hay, ni hubo nunca, pecado original.
Nadie ha visto nunca a un niño completamente autónomo. Todos los niños vivientes fueron moldeados por los padres, los maestros y la sociedad. (…)
La autonomía significa el derecho del niño a vivir libremente, sin ninguna autoridad exterior en las cosas psíquicas o somáticas. Significa que el niño se alimenta cuando tiene hambre; que adquiere costumbres de limpieza sólo cuando quiera; que no se le riñe ni se le azota nunca; que siempre es amado y protegido.         .
Si todo esto suena a fácil, natural y bello, es sorprendente, sin embargo, cuántos padres jóvenes, a quienes les gusta la idea, se las arreglan para entenderla mal. Tommy, de cuatro años, golpea las teclas del piano de un vecino con un mazo de madera. Los padres lo miran con una sonrisa triunfal que significa: — ¿No es maravillosa la autonomía?
Otros padres creen que no deben nunca meter a su bebé de ocho meses en la cama, porque eso sería interferir la naturaleza. No, el niño debe estar levantado; cuando se cansa, la madre lo lleva a su cuna. Lo que en realidad sucede es que el niño se cansa y se malhumora cada vez más. Habitualmente, la madre cansada y decepcionada, lo coge y lo lleva gritando a la cama. Otra pareja joven acudió a mí más bien en tono de disculpa a preguntarme si harían mal en poner un biombo en el cuarto del bebé. Todos estos casos revelan que una idea, vieja o nueva, es peligrosa si no se combina con sentido común.
Sólo un encargado de niños pequeños insensato admitiría ventanas sin rejas en el dormitorio o una chimenea sin protección en la habitación. Sin embargo, con excesiva frecuencia, jóvenes entusiastas de la autonomía infantil vienen a mi escuela como visitantes y hacen exclamaciones ante nuestra falta de libertad al encerrar con llave un veneno en una alacena del laboratorio, o nuestra prohibición de jugar en la escalera de salvamento. Todo el movimiento de libertad se frustra y desacredita porque no tienen los pies en la tierra tantos defensores de la libertad.
Uno de ellos protestó contra mí porque le grité severamente a un niño problema que estaba dando patadas a la puerta de mi oficina. Su idea era que yo debía sonreír y tolerar el ruido hasta que el niño renunciase a su deseo de aporrear las puertas. Es verdad que pasé bastantes años de mi vida tolerando pacientemente la conducta destructora de niños problema, pero lo hacía como su médico psicológico y no como conciudadano suyo.    
Si una joven madre cree que hay que dejar a su niño de tres años que pinte la puerta de la casa con tinta roja fundándose en que así se está expresando libremente, es incapaz de comprender lo que significa la autonomía.

(…)
Es esta diferencia entre libertad y licencia lo que no pueden comprender muchos padres. En el hogar disciplinado, los niños no tienen derechos. En el hogar desmoralizado, tienen todos los derechos. El hogar apropiado es aquel en que niños y adultos tienen los mismos derechos. Y esto mismo se aplica a la escuela.
Hay que insistir una y otra vez en que la libertad no implica malcriar al niño. Si un niño de tres años quiere andar por encima de la mesa del comedor, simplemente hay que decirle que no. Debe obedecer, ésa es la verdad. Más por otra parte, vosotros tenéis que obedecerle cuando sea necesario. Me salgo de las habitaciones de los niños pequeños si ellos me dicen que me vaya.
Tiene que haber cierta cantidad de sacrificio por parte del adulto si los niños han de vivir de acuerdo con su naturaleza interior. Los padres sanos llegan a una especie de transacción; los padres insanos o caen en la violencia o estropean a sus hijos permitiéndoles tener todos los derechos sociales.
En la práctica, la divergencia de intereses entre padres e hijos puede mitigarse, si no resolverse, mediante un honrado toma y daca. Zoe respetaba mi escritorio y no sentía impulsos de jugar con mi máquina de escribir y mis papeles. Yo, en cambio, respetaba su habitación y sus juguetes.
Los niños son muy prudentes y no tardan en aceptar las leyes sociales. No debieran ser explotados, como lo son con demasiada frecuencia. ¡Cuántas veces no dice un padre: "Jimmy, tráeme un vaso de agua", cuando el niño está entregado a un juego absorbente!
Una gran proporción de travesuras se deben a la manera errónea de tratar a los niños. Zoe, cuando tenía poco más de un año, pasó una temporada de gran interés por mis gafas, y me las quitaba de la nariz para ver cómo eran. Yo no protestaba, ni mostraba enojo por el gesto ni por el tono de la voz. No tardó en perder el interés por ellas y no volvió a tocarlas. Indudablemente, si yo te hubiera dicho severamente que no —o lo que es peor, si le hubiera dado un golpecito en la mano— su interés por mis gafas habría persistido, mezclado de miedo a mí y de rebeldía contra mí.
Mi mujer la dejaba jugar con cosas de adorno frágiles. La niña las manejaba cuidadosamente y rara vez rompió alguna. Conocía las cosas por sí misma. Naturalmente, hay un límite a la autonomía. No podemos permitir que un niño de seis meses descubra por sí mismo que un cigarrillo encendido produce una quemadura dolorosa. Es erróneo gritar con alarma en semejante caso; lo que hay que hacer es suprimir el peligro sin alboroto.
A menos de que un niño sea mentalmente deficiente, no tardará en descubrir lo que le interesa. Libradlo de gritos excitados y de voces coléricas, y será increíblemente sensato en su trato con toda clase de materiales. La madre atosigada en la cocina de gas, furiosa por lo que están haciendo los niños, es la que nunca ha tenido confianza en las actividades, de sus hijos. "Vete a ver lo que está haciendo el niño y dile que no debe hacerlo" es todavía una frase que se oye hoy en muchos hogares.
(…)
El argumento habitual contra la libertad de los niños es ésta: La vida es dura, y debemos preparar a los niños para que después se adapten a ella. Así pues, debemos disciplinarios. Si les permitimos hacer lo que quieran, ¿cómo van a poder servir nunca a un jefe? ¿Cómo van a poder competir con otros que han conocido la disciplina? ¿Cómo van a ser nunca capaces de disciplinarse a sí mismos? Las personas que se oponen a conceder libertad a los niños y usan este argumento, no advierten que parten de un supuesto infundado, no demostrado: el supuesto de que un niño no crecerá ni se desarrollará a menos que se le obligue. Pero todos los treinta y nueve años de experiencia de Summerhill desaprueban ese supuesto. Tomemos, entre un centenar de casos, el de Mervyn. Asistió a Summerhill durante diez años, desde los siete hasta los diecisiete. Durante esos años, Mervyn no asistió nunca a una sola clase. A los diecisiete años difícilmente sabía leer. Pero cuando salió de la escuela y decidió hacerse constructor de instrumentos, rápidamente aprendió por sí mismo a leer y encorto tiempo absorbió todos los conocimientos técnicos que necesitaba. Por su propio esfuerzo, se preparó para ese aprendizaje. Hoy, ese mismo chico está perfectamente instruido, gana un buen salario y es un líder de su comunidad. En cuanto a autodisciplina, Mervyn construyó una buena parte de su casa con sus propias manos y está criando una linda familia de tres muchachos con el fruto de sus diarias labores.
De un modo análogo, todos los años muchachos y muchachas de Summerhill que hasta entonces rara vez han estudiado, deciden entrar en la Universidad; y por su propio acuerdo empiezan la larga y pesada tarea de prepararse para los exámenes de ingreso. ¿Por qué lo hacen?
La vulgar suposición de que los buenos hábitos que no se nos hayan impuesto durante la primera infancia nunca los adquiriremos después en la vida, es un supuesto según el cual fuimos educados y que aceptamos sin discusión simplemente porque nunca se ha puesto en duda la idea. Yo niego esta premisa.
La libertad es necesaria para el niño porque sólo con la libertad puede crecer a su manera natural, que es la buena manera. Veo los resultados del cautiverio en los alumnos de nuevo ingreso que llegan de escuelas preparatorias y de conventos. Son costales de insinceridad, con una cortesía fingida y maneras falsas.
(…)
Les cuesta por lo menos seis meses perder esa insinceridad. Después, también pierden la deferencia por lo que consideraban autoridad. En unos seis meses aproximadamente se hacen muchachos naturales y sanos que dicen lo que piensan sin aturdimiento ni odio. Cuando un niño llega a la libertad bastante joven, no pasa por esta etapa de insinceridad y de fingimiento. Lo más sorprendente en Summerhill es esta absoluta sinceridad entre los alumnos.
Este asunto de ser sincero en la vida y para la vida es un asunto vital. En realidad, es el más vital del mundo. Si sois sinceros, todas las demás cosas se os darán por añadidura. Todo el mundo comprende el valor de la sinceridad en la actuación, pongamos por caso. Esperamos sinceridad de nuestros políticos (a tanto llega el optimismo de la humanidad), de nuestros jueces y magistrados, de nuestros maestros y nuestros médicos. Pero educamos a nuestros niños de tal manera que no se atreven a ser sinceros.
Posiblemente el mayor descubrimiento que hemos hecho en Summerhill es que el niño cuando nace es una criatura sincera. Nos decidimos a dejar a los niños solos para poder saber cómo eran. Es el único modo posible de tratar a los niños. La escuela iniciadora del futuro tiene que seguir ese camino si ha de contribuir al conocimiento del niño y, cosa aún más importante, a la felicidad del niño.
El fin de la vida es la felicidad. Lo malo de la vida es todo lo que limita o destruye la felicidad. Felicidad siempre significa bondad; la infelicidad en sus límites extremos significa atormentar a los judíos, torturar a la minoría, o la guerra.
Pero concedo que la sinceridad tiene sus momentos de torpeza. Como cuando recientemente una niña de tres años miraba a un visitante barbado y dijo: —No creo que me guste su cara. El visitante estuvo a la altura de las circunstancias. —Pero a mí me gusta la tuya —dijo, y Mary sonrió.
No, no quiero argumentar a favor de la libertad para los niños. Media hora pasada con un niño libre es más convincente que un libro de argumentos. Ver es creer.
No es fácil darle libertad a un niño. Ello significa que nos negamos a enseñarle religión, o política, o conciencia de dase. Un niño no puede tener verdadera libertad cuando oye a su padre tronar contra algún grupo político, o escucha a su madre bramar contra la clase de las sirvientas. Es poco menos que imposible impedir que los niños adopten nuestra actitud ante la vida. El hijo de un carnicero probablemente no predicará vegetarianismo; es decir, a no ser que el miedo a la autoridad de su padre lo lleve a la oposición.
La naturaleza misma de la sociedad es hostil a la libertad. La sociedad —la muchedumbre— es conservadora y odia toda idea nueva.
La moda encarna el disgusto de la muchedumbre por la libertad. La muchedumbre exige uniformidad. En la población soy un chiflado porque llevo sandalias; en mi aldea sería un chiflado si llevase chistera. Son pocos los individuos que se atreven a separarse de lo correcto.
En Inglaterra la ley —la ley de la muchedumbre— prohíbe comprar cigarrillos después de las ocho de la noche. No recuerdo a nadie que apruebe esa ley. Como individuos, aceptamos tranquilamente leyes de la multitud que son estúpidas.
Pocos individuos se atreverían a asumir la responsabilidad de ahorcar a un asesino o de enviar a un delincuente a la muerte en vida que llamamos cárcel. La multitud puede conservar barbaridades tales como la pena capital y nuestro sistema penitenciario, porque la multitud no tiene conciencia. La multitud no puede pensar, sólo puede sentir. Para la multitud, el delincuente es un peligro; el modo más fácil de protegerse es acabar con el peligro o encerrarlo. Nuestro anticuado código penal está basado fundamentalmente en el miedo; y nuestro sistema represivo de educación se basa también fundamentalmente en el miedo: miedo a la generación nueva.
(…)
El instinto de autoconservación de la muchedumbre ve en la generación nueva un peligro: el peligro de que se forme una nueva muchedumbre rival, la cual puede concebirse que destruya a la vieja. En la menor de todas las muchedumbres —la familia— se les niega la libertad a los jóvenes por la misma razón. Los adultos se aferran a los viejos valores, a los viejos valores emocionales. (…) La multitud es la guardiana de la moral. El adulto teme dar libertad al joven porque teme que el joven pueda hacer de verdad todas las cosas que él, el adulto, quiso hacer. La eterna imposición al niño de las concepciones y los valores del adulto es un gran pecado contra la infancia.
Darle libertad es permitirle al niño vivir su propia vida. Dicho así, parece sencillo. Sólo nuestra desastrosa costumbre de enseñar, moldear, sermonear y coaccionar nos hace incapaces de comprender la sencillez de la verdadera libertad.
¿Cuál es la reacción del niño a la libertad? Los niños inteligentes y los niños no tan inteligentes ganan algo que nunca tuvieron, algo que es casi indefinible. Su principal manifestación exterior es un gran aumento de sinceridad y de caridad, y además un decrecimiento de la agresividad. Cuando los niños no están bajo el miedo y la disciplina, no son patentemente agresivos. Sólo una vez en treinta y ocho años en Summerhill vi una pelea en que sangraron las narices. Siempre tenemos algún valentón, porque ninguna cantidad de libertad en la escuela puede contrarrestar la influencia de un mal hogar. El carácter adquirido en los primeros meses o años de la vida puede modificarse mediante la libertad, pero nunca puede ser completamente cambiado. El enemigo malo de la libertad es el miedo. Si les hablamos a los niños de sexo, ¿no se harán libertinos? Si no censuramos las comedias, ¿no se hará inmoral la gente?
Los adultos que temen que la juventud se corrompa son los que ya están previamente corrompidos, así como las personas de ideas sucias son las que piden que todos debiéramos usar trajes de baño de dos piezas. Si a un individuo le impresiona algo, es por lo que más interés siente. El gazmoño es el libertino sin el valor de ver su alma al desnudo.
Pero libertad significa derrota de la ignorancia. Un pueblo libre no necesitaría de censores de comedias ni de costumbres. Porque un pueblo libre no sentiría interés por las cosas escandalosas, porque un pueblo libre no se escandalizaría. Los alumnos de Summerhill son inconmovibles, no porque estén duchos en el pecado, sino porque se han librado del interés por las cosas escandalosas y ya no les sirven de temas de conversación ni dé chistes.
Las personas me dicen constantemente: "¿Pero cómo se adaptarán sus niños libres al tráfago del mundo?" Espero que esos niños sean los que inicien la abolición del azacanamiento de la vida.
Tenemos que permitir a los niños ser egoístas —poco dadivosos—, libres para seguir sus propios intereses infantiles durante su infancia. Cuando los intereses individuales del niño y sus intereses sociales choquen, debe darse la preferencia a los intereses individuales. Toda la idea de Summerhill es la liberación: permitirle al niño que viva sus intereses naturales.
La escuela debiera hacer un juego de la vida del niño. No quiero decir que el niño tenga un camino de rosas. Hacerlo todo fácil para el niño es fatal para su carácter. Pero la vida misma presenta tantas dificultades, que las dificultades artificialmente creadas que nosotros presentamos al niño son innecesarias.
Creo que es un error imponer algo por autoridad. El niño no debiera hacer nada hasta que se forme la opinión —su opinión propia— de que debe hacerlo. La maldición de la humanidad es la coacción externa, ya venga del papa, o del instado, o del maestro, o del padre. Es fascismo in toto.
La mayor parte de la gente pide un dios. ¿Cómo puede ser de otro modo cuando el hogar está gobernado por dioses de hojalata de ambos sexos, dioses que exigen una verdad y una conducta moral perfectas? La libertad significa hacer lo que se quiera mientras no se invada la libertad de los demás. El resultado es la autodisciplina.
En nuestra política educativa como nación nos negamos a dejar vivir. Persuadimos mediante el temor. Pero hay una gran diferencia entre obligar a un niño a que deje de tirar piedras y obligarlo a aprender latín. El tirar piedras afecta a otros; pero aprender latín sólo le afecta al niño. La comunidad tiene, derecho a reprimir al muchacho antisocial porque interfiere los derechos de otros; pero la comunidad no tiene derecho a obligar al muchacho a aprender latín, porque aprender latín es una cuestión individual. Forzar a un niño a aprender corre parejas con obligar a un hombre a adoptar una religión por una ley del Parlamento. Y es igualmente necio.
(…)
La libertad actúa lentamente; un niño puede tardar varios años en darse cuenta de lo que significa. Todo el que espere resultados rápidos es un optimista incurable. Y actúa mejor en los niños inteligentes. Me gustaría poder decir que, puesto que la libertad afecta primordialmente a las emociones, los niños de todas clases —inteligentes y torpes— reaccionan del mismo modo a ella. Pero no puedo decirlo.
Se percibe la diferencia en la cuestión de las lecciones. Todo niño libre juega la mayor parte del tiempo durante años; pero cuando llega el momento, los inteligentes se sentarán y emprenderán el trabajo necesario para dominar las materias que piden los exámenes oficiales. En poco más de dos años, un muchacho o una muchacha harán el trabajo que los niños disciplinados tardan ocho años en hacer.
El maestro ortodoxo sostiene que los exámenes sólo se aprobarán si la disciplina obliga al candidato a tener constantemente las narices sobre los libros. Nuestros resultados demuestran que con alumnos inteligentes eso es una falacia. En un régimen de libertad, son sólo los inteligentes los que pueden concentrarse en un estudio intensivo, cosa sumamente difícil de hacer en una comunidad que ofrece tantos atractivos contrarios.
Ya sé que con disciplina aprueban los exámenes alumnos relativamente malos, pero me pregunto qué es de esos aprobados en la vida. Si todas las escuelas fuesen libres y optativas todas las materias, creo que los niños encontrarían su propio nivel.
Estoy oyendo a algunas madres fatigadas, ocupadas en la cocina —mientras sus pequeños gatean alrededor de ellas y lo desordenan todo— preguntar con irritación: "¿Qué es, al fin de cuentas, todo eso de la libertad? Muy bueno para las mujeres ricas que tienen niñeras, pero para las de mi clase, no es más que palabras y confusión."
Otra quizá grite: "Me gustaría, ¿pero cómo empezar? ¿Qué libros debo leer sobre el asunto?"
La respuesta es que no hay libros, ni oráculos, ni autoridades. Todo lo que hay es una minoría muy reducida de padres, médicos y maestros que creen en la personalidad y en el organismo que llamamos un niño, y que están decididos a no hacer nada para torcer esa personalidad y envarar su cuerpo con una intervención equivocada. Todos somos buscadores sin especial autoridad de la verdad acerca del hombre. Todo lo que podemos ofrecer es la exposición de nuestras observaciones sobre niños pequeños educados en libertad.”
"Summerhill, un punto de vista radical sobre la educación." (1960)
Edicion Fondo de cultura económica (1963)
Capítulo: La educación de los niños: El niño libre; Pág. 96 -107
(web de la escuela Summerhill
fotografías: Mònica Mauri

1 comentario:

  1. Darle libertad a un niño es uno de los más profundos actos de subversión social. Dar libertad a un niño atenta contra el todo el sistema socio-político-económico-cultural-religioso... No creo que exagere ni un ápice con esta afirmación. Cualquier cambio social duradero y verdadero que deseemos va a tener que pasar obligatoriamente por liberar a la infancia de la sumisión a los adultos y a todo nuestro sistema de creencias antivida.
    El verdadero desafío de “dar” libertad a un niño es que primero tenemos que darnos libertad a nosotros mismos, porque no podemos dar algo que no tenemos. Por eso el criar hijos libres no es cuestión de teorías, sino fruto de un intenso trabajo de autoconocimiento y de aprendizaje diario.
    Sugiero leer el texto de hoy con la intención de facilitar libertad y espacio a nuestro antigu@ niñ@, lo demás vendrá por consecuencia…
    abrazos autónomos!
    ika

    ResponderEliminar

tu opinión me enriquece
¡convierte mi monólogo en nuestro diálogo!

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Sigueme en Facebook