17 abril 2014

A todas las mujeres que saben ser amigas [Isabel Aler Gay]

"Pasan los años y nuestro príncipe azul se destiñe mientras las amigas nos ayudan a dar calor y color a la realidad que nos va tocando al vivir. ¡Cuánto se ha escrito o hablado sobre la pareja que tenemos, deseamos o hemos perdido, y qué poco sobre la importancia de la amistad entre las mujeres! En realidad es mejor no comparar estas dos relaciones, pues, como dice una de mis mejores amigas: “no echemos más leña al fuego que tal cómo están hoy nuestros adorados hombres, bastante cuesta ya asumir a veces las consecuencias de la propia heterosexualidad”, y vaya que tras esas palabras nos deja a sus contertulias con la risa puesta y la mirada furtiva hacia semejante complicidad entre las amigas. Pero, ¿por qué está tan poco reconocida social y culturalmente la amistad entre las mujeres?. Y es que la vida no sería vida sin las amigas. Algunas viajan con nosotras desde la infancia, la adolescencia o la juventud, ya desde el colegio, el instituto o la universidad. Con otras iniciamos la amistad siendo ya más adultas, coincidiendo en algunas actividades domésticas, laborales o de voluntariado. Otras aparecieron milagrosamente cuando más las necesitábamos, en aquel tiempo en que vimos las orejas al lobo, y se quedaron ya para siempre. Con algunas tejemos nuestra amistad en los escasos espacios que podemos dedicar al descanso y al disfrute, o en los encuentros que realizamos para nuestro crecimiento personal. Haberlas también las hay que pasaron de ser ‘la mujer de’ a tener nombre propio como amigas. A veces la vida nos facilita las cosas y maduramos mejor con la amistad de algunas de nuestras hermanas, primas, cuñadas, vecinas o compañeras de trabajo. A menudo las más leales y reales de nuestras amigas se encuentran entre las madres de quienes juegan, estudian, pelean y hacen las paces con nuestros hijos e hijas. ¡Ay si no fuera por las amigas!
Las amigas han sido y son con gran frecuencia el salvoconducto para la supervivencia material y el bienestar emocional no sólo de las propias mujeres, sino también indirectamente de muchas de las personas que todavía hoy dependen de nosotras por ser menores, mayores o estar enfermas. Hasta tal punto ello es así, que la amistad entre las mujeres de puertas a dentro ha sido tradicionalmente tolerada, por necesidad aunque con recelo, por quienes al mismo tiempo se oponían al reconocimiento de los derechos de las mujeres (y a la amistad entre ellas) de puertas afuera, es decir, en los ámbitos laborales, recreativos o cívicos del espacio público. Las mujeres, privadas de libertad pero mutuamente dotadas con su recíproca amistad en las sociedades tradicionales, han ido tejiendo la afectiva y efectiva red social invisible con texturas tan orgánicas como anímicas: la empatía, la compañía, la solidaridad, el cariño, el desahogo y el consuelo, el abrazo, el cuidado, la ayuda, la escucha, el apoyo, el consejo, la sugerencia, la confidencialidad, la complicidad, la común pero silenciada intuición, los recados y los detalles, las recetas culinarias y los remedios de salud, los desvelos, los nacimientos y los entierros, la sutileza, la fortaleza y la incondicionalidad en el sostén cotidiano.
En cambio en las sociedades modernas actuales las amigas transitamos del espacio privado al espacio público con antiguos afectos y heredados desperfectos, y con nuevos desafíos y retos. La nueva política de puertas abiertas pero de escaleras y accesos maltrechos entre lo familiar y lo laboral, es decir, entre lo doméstico y lo económico, nos lleva hoy a darnos cuenta de que la amistad entre las mujeres es única a la hora de hacer posible lo imposible: trabajar para vivir sin inmolarnos en el intento de disfrutar de nuestros derechos como ciudadanas. Se trata de poder habitar y convivir dentro y fuera de casa sin sucumbir, gracias a la presencia compartida de las amigas, en la desolación de actuar enajenadamente a favor o en contra de un mundo en gran medida dirigido por la rivalidad, la ambición de conquista y posesión masculinas. De hecho la amistad entre las mujeres contribuye a evitar de forma más o menos visible pero decidida, con sutiles gestos y manifiestos hechos cotidianos, la cada vez más amenazadora destrucción de un mundo maltrecho por la enemistad entre los hombres. Y siendo esta última una visión genérica pero abierta de miras acerca de la sociedad humana, es preciso reconocer también y tratar en otra ocasión, la existencia de una variada gama de situaciones y excepciones entre ambas polaridades, que se refieren tanto a la amistad entre los hombres y a la enemistad entre las mujeres, como a la amistad y la enemistad entre las unas y los otros.
Las mujeres que cuentan con auténticas amigas saben por experiencia propia y compartida que la regla de nuestra vida no es una métrica del tamaño ni de la velocidad en vertical o en línea recta, sino un ritmo de mareas cíclicas, que van y que vienen, una y otra vez, en espiral, hasta llegar a apaciguarse con plenitud en el climaterio. Las amigas que son reales como la vida misma, es decir, leales y vitales, saben y nos recuerdan que lo menstrual y lo menopáusico poco tiene que ver con lo metrosexual y lo metropáusico. Pero para ello hace falta que cuidemos de las amigas, que nos cuidemos cada una como lo llegaría a hacer nuestra mejor amiga o lo haríamos por ella, hace falta que cada una sea única para sus amigas, que cada amiga sea única para cada una de nosotras. Y es que sólo somos únicas en la diversidad. La amistad y la autoestima crecen juntas, vienen, van, vuelven, se multiplican pero también revuelven –afortunadamente- lo ordenado contranatura. Pues hoy también conocemos lo que antaño se sabía aunque no a través de la ciencia, y es que la oxitocina, la hormona de los cuidados y la empatía, llamada también la hormona del amor por su vital función en la concepción, gestación, parto, nacimiento y crianza, aumenta sus niveles cuando las distintas mujeres están juntas, comparten alegrías y tristezas, anécdotas, miedos, deseos y proyectos, juegos y confidencias, ayudas y remedios; en este sentido no es extraña para muchas mujeres la experiencia de haber coincidido en el ciclo menstrual con las amigas.
De hecho, el reconocimiento mutuo que las mujeres nos damos a través de nuestra amistad, constituye la gran medicina silenciada, el espejo benefactor en el que nos sentimos dignas para mirarnos y dignificadas al hacerlo. Y el laboratorio de esta antigua medicina está en la confluencia de nuestras entrañas, nuestros corazones y nuestras cabezas. Cuando la corriente de inteligencia visceral y afectiva nos recorre enteras, las mujeres contagiamos el vínculo amoroso de nuestra amistad con plenitud. Y son las amigas quienes nos recuerdan y nos abren la memoria personal y colectiva de lo que somos y podemos ser como mujeres. La amistad y la dignidad de las mujeres crecen juntas. Y es entonces cuando a ellos les podemos querer desde lo que somos y no tanto desde lo que nos falta y tememos ser. Es entonces cuando les amamos desde nuestra autoestima y no desde nuestra falta de estima propia. El vacío afectivo de identidad –que se agrava o se hace crónico en ausencia de amigas- es el que nos empuja equívocamente a regarlarnos al hombre (regalarse no es quererse como dice Benedetti), o a un hombre tras otro, en un escenario tras otro, para lograr su aprobación, para encontrar nuestra media naranja.
Las amigas de verdad, las grandes y las pequeñas, las gordas y las flacas -porque fea yo no he conocido a ninguna aunque sí un poco descuidadilla a alguna-, las amigas leales y reales, nos recuerdan y nos ayudan a comprender y a sentir, una y otra vez, tanto en las subidas como en las bajadas de las mareas, cuál es la única regla de nuestra vida: que cada mujer es una fruta más o menos madura pero entera, y esa sabiduría no es otra que la ancestral fruta prohibida a las mujeres por la depredación masculina. Somos naranjas - o manzanas -, más o menos maduras, pero enteras, por eso las amigas nos suelen repetir cariñosamente ¿te enteras o no te enteras?. Cuando las amigas deseamos estar juntas no sólo porque ellos no están -para ir a buscarlos o para olvidarlos-, cuando nos divertimos juntas y nos reímos de nuestros malos momentos, cuando vamos al cine, a hacer deporte, a pasear o de viaje juntas, cuando nos apoyamos y estimulamos para lanzarnos a una nueva aventura familiar, laboral, creativa, o de participación ciudadana, cuando nos sinceramos y nos aceptamos sin juicio ni adulación, cuando nos ayudamos y cooperamos, cuando nos atrevemos a enfadamos y a reconciliamos porque sabemos que somos reflejo las unas de las otras de nuestras recíprocas luces y sombras, cuando las mujeres tomamos conciencia del valor de nuestra mutua amistad a lo largo y ancho del viaje de la vida, entonces estamos más cerca de sentir que el planeta tierra es también y puede ser todavía nuestra acogedora casa. Ay amiga, como dice otra buena amiga, si quieres encontrar al hombre o los hombres de tu vida, cuida y disfruta la vida con tus amigas, no hagas incompatible lo necesario. Y tiene mucha ‘co-razón’."
ilustración: Xi Pan 

1 comentario:

  1. en el silencio de lo cotidiano tejemos las mujeres hermosos tapices, redes de vida, sólidas, duraderas, vivaces... amistades que fluyen como ríos frescos donde beber, como fuegos donde calentarnos, como vientos donde volar, como tierra a la que volver... amigas, ¡qué don son las amigas!
    abrazos comadre!
    ika

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