18 marzo 2014

sentires


Los adultos piensan. Los niños sienten. Dos maneras muy diferentes de aprehender el mundo. Ya tenemos el lío montado.
La infancia es una etapa sensorial. Desde la etapa fetal conocemos el mundo a través de los sentidos, diferenciamos las sensaciones de placer y displacer y desde ahí vamos desgranando las emociones. Sentimos. Sentimos alegría, tristeza, miedo, rabia. Con todo el cuerpo. Con toda la intensidad del aquí y el ahora en la que viven los niños.
Es de los 3 a los 6 años que nos iniciamos en el pensamiento lógico, que comenzaremos a madurar a partir de los 6. No, los niños no atienden a razones. Biología pura y dura. Ellos entienden de emociones y sentimientos.
Ellos (y nosotr@s cuando niñ@s) procesan el mundo desde los sentimientos. Por eso te puedes dejar la voz y la paciencia explicándole a un niño de 2 años que no tenga miedo de los palomas que no se le van a llevar volando, que no llore porque se le ha roto la galleta, que no se enfade porque hay que volver a casa… que no te va a entender te pongas como te pongas.

El dilema es que la mayor parte de los adultos hemos reprimido tanto nuestras emociones que las desconocemos. Aún nos queda un vago recuerdo, sí, pero… ¿Cuándo ha sido la última vez que nos hemos permitido temblar de miedo en público, llorar a moco tendido, carcajearnos abiertamente, soltar un bufido…?
El mandato social implícito es que las emociones solo se pueden mostrar moderadamente y en determinados contextos. Cualquier “exuberancia” emocional es tachada de mala educación y reprimida incluso entre adultos con miradas y gestos de desaprobación.

No es de extrañar que la mayoría de los adultos nos pongamos de los nervios cuando un infante se pone a llorar a pulmón libre, o a cantar a voz en cuello o a gritar su desacuerdo, o a entusiasmarse con la lluvia, o a hacer cualquier cosa que hacen los niños.
Nos quedamos desarmados al ver que ellos hacen lo que nosotros no nos damos permiso para hacer.
Y ahí es cuando, si estamos atentos, podemos vislumbrar a nuestro niño interior teniendo una “pataleta” de aúpa, sintiendo nuevamente lo que no nos fue permitido sentir en su día. Ahí es cuando nos dejamos secuestrar por las emociones reprimidas en la infancia  y “perdemos los papeles”.

Si se trata de sentimientos considerados socialmente como positivos es posible que nos quedemos embobados con cara de nostálgicos, recordando el tiempo en que la risa, el asombro y la alegría nos recorrían todo el cuerpo. ¡mira como ríe! ¡qué mon@! Y vamos fomentando esos sentimientos.
Si se trata de emociones consideradas como negativas nos saltan todas las alarmas, se nos levanta la ceja y se nos dispara el dedo acusador:
¡Shhhh! ¡estate quieto! ¡habla más bajo! ¡aquí no! ¡ahora no! ¡eso no se hace! ¡no llores! ¡no grites! … no vivas… porque así estamos nosotros, muertitos por dentro.

Sin una guía emocional que nos indique el camino, que conecte las experiencias del mundo con nuestro sentir organísmico funcionamos como robots sesudos. Nos explicamos y re-explicamos las cosas buscando razones para convencernos cuando en el fondo todo es tan fácil como dejarnos sentir y ser y actuar en consecuencia.
Creo que es prioritario como adultos recuperar nuestra capacidad para emocionarnos y sentir plenamente, por nuestro propio bienestar y para acompañar a nuestros hijos. Porque no podremos darles raíces emocionales si nosotros no conseguimos nombrar y profundizar en nuestros propios sentimientos.


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