03 marzo 2014

Los cinco ciclos del desarrollo sexual [Gabrielle Roth]

Asegurar la realización de nuestro desarrollo sexual requiere una reflexión curativa acerca de nuestra propia historia erótica. Nuestra sexualidad madura a través de los cinco ciclos de la vida. Comenzamos el crecimiento sexual con el descubrimiento de nuestro cuerpo (ciclo del nacimiento); expandimos la conciencia sexual mediante el juego con amigos (ciclo de la infancia); nos abrimos a las relaciones sexuales completas con amantes (ciclo de la pubertad); alcanzamos la cima al unirnos a un amante de por vida (ciclo de la madurez); y nos volcamos nuevamente hacia el interior con la edad, la sabiduría y la experiencia (ciclo final). Nos tocamos a nosotros mismos, tocamos a otra persona, hacemos camino, nos unimos a otra persona y finalmente nos desapegamos. Cada uno de los ciclos sexuales es vital, una preparación para el siguiente. Ninguno puede ser salteado sin que quede un profundo vacío en la psiquis.

Por eso resulta esencial hacer una evaluación de la propia historia sexual de modo que esta dimensión de la vida se convierta en un aspecto crucial en la tarea de liberar no sólo el cuerpo, sino también el corazón, la mente, el alma y el espíritu.

En los primeros cinco años de nuestra vida, en el ciclo corporal o del nacimiento, la dirección de nuestra energía sexual es hacia adentro, a medida que descubrimos este cuerpo maravilloso y cargado de electricidad que somos. Aprendemos a ingerir alimento, a procesarlo y expulsar, a gatear, caminar, hablar y jugar, todo al impulso de nuestra fuerza vital primigenia, enraizándonos en nuestro novísimo mundo físico. Tocamos, pellizcamos, palmoteamos, sobamos y apretamos nuestro cuerpo, a veces al descuido, a veces con intensidad, como si un imán nos atrajera hacia nosotros mismos. Jugamos con nuestros cuerpos, con nuestros genitales, y el placer que experimentamos al tocarnos promueve una autoexploración vital para nuestro desarrollo sexual. Estos momentos que pasamos con nosotros mismos son los preciosos inicios de todos nuestros encuentros sexuales. Antes de aprender a tocar a otros, aprendemos a contactarnos con nuestro propio cuerpo. Nos hacemos el amor a nosotros mismos.

A muchos niños se les castiga por jugar con sus cuerpos. En esta represión del instinto natural se ubica la raíz de sus subsiguientes neurosis sexuales. Si fuéramos uno de ellos, ¿cómo podríamos amar a nuestro cuerpo y confiar en él si sus impulsos son motivo de humillación y castigo? ¿Cómo podríamos comprender, con nuestra mente inocente, que algo tan natural resulte sucio y erróneo? Ser reprendido por tocar el cuerpo que vivimos no tiene sentido para una mente inocente.

¿Cómo semejante prohibición no va a establecer un vínculo entre autoexploración sensual y castigo? ¿No provocará la adquisición de una tendencia a reprimir el placer para evitar una sanción? Así surgen personas frígidas e insensibilizadas, tan entregadas a no conectarse que se diría que la vida misma se ha escurrido de sus cuerpos. ¿Y si la tendencia es a buscar el dolor para encontrar placer? Así surgen la perversión y la pornografía.

Se nos condiciona a no expresar nuestro amor por nosotros mismos; nos creemos indignos. Así nos encontramos, con nuestros cuerpecitos de cuatro o cinco años, coercionados a oponernos al mismo fluir de la naturaleza, a la fuerza primal de la vida misma. Nuestros cuerpos se convienen en enemigos, en fuerzas extrañas de las que hay que desconfiar y a las que debemos someter. Negarse a sí mismo aparece como algo bueno, reconocer nuestros sentimientos como algo malo. Controlarse hace bueno; soltarse, malo.

En el momento del castigo por nuestra autoexploración tiene lugar nuestra división: bueno/malo, mente/cuerpo, correcto/incorrecto. Atrapados entre lo que sentimos y lo que "deberíamos" hacer, somos desterrados de nuestros cuerpos, arrancados de la inmediatez de nuestra relación con nosotros mismos. Comenzamos así a pensar en ello; la sexualidad se convierte en materia de discusión, dudas y temores; en asunto de otras personas.

Nunca podemos dejar atrás un ciclo que no hayamos completado. La energía residual de la necesidad sexual se queda con nosotros y nos fijamos a ella en forma neurótica. El impulso hacia la autoexploración y la autoestimulación es real; estamos destinados a vérnoslas directa o indirectamente con nuestras necesidades naturales hasta que las incorporemos a nuestra espontánea forma de ser. Sin bases adecuadas, nuestra vida adulta no hallará su equilibrio sexual y nos encontraremos dominados por el sexo, sea por ausencia o por exceso. Podemos desembocar en la negación, los brazos colgando inertes a nuestros lados, la pelvis rígida, las rodillas tiesas, en lucha con el demonio del instinto en sus muchos disfraces; o tal vez desemboquemos en una adicción al sexo, en actos sin sentimientos ni relación, pensando todo el tiempo en sexo y buscando a alguien o algo exterior a nosotros capaz de excitamos, cuando en realidad tenemos miedo de que ocurra de verdad. La existencia se transforma en una contradicción viva cuando somos condicionados a batallar contra sus energías fundamentales desde la primera vez que éstas despiertan en nosotros.

Cuando, por el contrario, desde que somos bebés y durante la primera infancia se nos permite amarnos y exploramos y nuestra sexualidad es implícitamente aceptada, afirmada e integrada en nuestros instintos de autoestima y autovaloración, tendremos una base sólida desde la cual avanzar a la siguiente fase de desarrollo sexual. Esta segunda fase, la infancia, el ciclo del corazón, que va desde los cinco a los diez años, es la etapa en que nuestra sexualidad se expresa en exploraciones y juegos con amigos del mismo sexo. El ciclo comienza cuando tomamos conciencia de pertenecer a un sexo, varón o mujer, y nos alineamos en él. Los varones suelen transcurrir la mayor parte de su tiempo con varones y las mujeres con mujeres. Este esquema puede tener su origen parcial en condicionamientos, pero también el hecho de aprender acerca de lo que es externo a nosotros por medio del contacto con nuestros iguales constituye un impulso natural. Nuestro primer "romance" sucede a menudo con nuestro/a mejor amigo/a. Normalmente, estas relaciones son inocentes, aunque hay ocasiones en que conllevan contactos más explícitamente sexuales y hay culturas en las que la exploración sexual abierta entre niños mayores del mismo sexo se acepta sin impedimentos. Por lo común, consiste en el deseo de estar con la otra persona todo el tiempo, sentarse juntos, tomarse de las manos o dormir en la casa del otro. Nuestros corazones se abren en los lazos cálidos de la amistad.

Durante la infancia, la energía sexual se expresa principalmente en contactos, como hacerse cosquillas, abrazarse, apoyarse en el otro, saltarle encima, jugar a la mancha y a las escondidas. También están los juegos de curiosidad, de ojos muy abiertos y clandestinos, que exploran el cuerpo de los demás, como jugar a la casa o al doctor. En todo esto la educación es más relacional que física: aprendemos a relacionamos como seres protosexuales, ampliamos nuestras fronteras, experimentamos toda clase de contactos con los demás, aprendemos a tratamos, afirmamos e interactuar.

En esta etapa de la vida la energía sexual se procesa a través del corazón. Cuando nuestros amigos son el medio para la expresión externa inicial de nuestra energía sexual, cuando la sexualidad se encauza en la interrelación personal, somos bendecidos con la amorosa conexión entre sexualidad y sentimiento, entre energía y corazón. La energía sexual que no fluye a través del corazón resulta siempre inadecuada; sin corazón, el amor a sí mismo produce culpa, el amor en la amistad se distorsiona y los amantes se convierten en meros objetos de lascivia. Cuando el sexo nace del cuerpo, es una necesidad. Cuando proviene de la mente, es una fantasía. Cuando surge del corazón, es amor, es nuestra conexión con el nivel más sagrado. Sin corazón, el sexo carece de sentido esencial.

A causa de la homofobia o de un puritanismo residual, existe todavía mucha rigidez con respecto a las amistades especiales e incluso a los juegos de peleas entre niños. ¿Cómo podríamos hacer el amor de verdad si no confiamos en nosotros mismos para hacer los contactos físicos más lúdicos e inocentes con nuestros amigos? No podemos ser amantes auténticos si no aprendemos primero a ser amigos, y no podemos ser amigos si nos ponemos tensos al tocarnos mutuamente.

Con la llegada de la pubertad, nuestra sexualidad se vuelve poderosamente consciente y se convierte en una preocupación central. Es entonces cuando ingresamos al ciclo de la adolescencia, la época de volvernos amantes. En la actualidad este ciclo puede durar hasta veinte años. Es un tiempo de experimentación y exploración en el cual nos vemos inmersos en potentes mareas de energía autocreadora que necesitamos canalizar en forma constructiva. Es el período en el cual aprendemos el arte, la ciencia y la política de hacer el amor. Salimos de nosotros, salimos juntos, nos unimos en el amor.

Cualesquiera fueren las reglas de la sociedad, experimentamos con la expresión de nuestra floreciente energía sexual, sea de manera tímida u osada, con temor o valentía, en forma restringida o amplia. Experimentamos variadas formas de relacionarnos, desde primeras citas hasta compartir una noche e incluso vivir juntos. El interés central no está en las relaciones permanentes, en el por siempre, sino en el ahora. La vida es caótica, impredecible, excitante. Y en ese torbellino descubrimos quiénes somos como seres sexuales individuales.

En estos tiempos de SIDA y de epidemia de embarazos adolescentes resulta vital que quienes atraviesan esta etapa no sólo reciban educación en el sexo seguro, sino que también reciban otras salidas para el desarrollo y la expresión de su sensualidad. Es trágico truncar nuestros años de crecimiento emocional por embarazos tempranos, matrimonios prematuros y ocupaciones permanentes; aún es demasiado pronto, no estamos listos y sembramos las semillas de una frustración de por vida. Lo ideal es ofrecer al adolescente múltiples maneras de explorar y desarrollar la expresividad y flexibilidad sensual, y alentados a prolongar los juegos preliminares de la adolescencia para que cuando tenga lugar la relación sexual, la experiencia sea profunda y rica desde un comienzo.

También es importante reforzar aquello que los adolescentes ya saben en el fondo de su corazón: que las relaciones sexuales plenas necesitan situarse en el contexto de una amistad genuinamente amorosa. En relaciones así la persona amada se convierte en maestro sagrado. Ambos miembros de la pareja descubren mutuamente cómo hacerse amantes, cómo tener encuentros que los lleven a través de todos los ritmos, con orgasmos corporales plenos, en los que las profundas olas de energía vibrante, explosiva y liberadora barran, en todos los niveles del ser, la inercia que genera enfermedad.

La pubertad negada encuentra tarde o temprano su momento: mejor que sea en el tiempo adecuado y no negativamente tardío. Nuestra cultura está llena de adolescentes reprimidos que atraviesan su pubertad a los treinta o cuarenta años. La ignorancia y el temor hacen de la adolescencia un tiempo de restricción en lugar de experimentación, de limitación en vez de expansión. Las consecuencias son la impotencia, la frigidez, eyaculaciones precoces, relaciones mecánicas y todas las demás disfunciones sexuales de las que cientos de miles de personas buscan liberarse años más tarde. Si no empleamos nuestra energía adolescente aprendiendo a ser verdaderos amantes, la empleamos en conducir como locos, en beligerancia, ambición y depresión. Nos la bebemos, fumamos, narcotizamos, acumulamos o matamos de hambre.

Con algo de suerte, arribamos a la madurez preparados para la intimidad, para crear lazos y formar una familia. Si en los ciclos previos aprendimos lo que necesitábamos aprender, el deseo de formar pareja es natural. El compromiso es una preocupación no forzada, un compartir de una vez y para siempre, una inversión total en un emprendimiento conjunto de cuerpo, mente y corazón. El sexo deja de estar tan centrado en ritmos staccato o caóticos y se hace más lírico, una conexión tántrica que entona roda la octava de nuestro potencial corporal y no sólo una o dos notas repetitivas.

Muchos de nosotros hemos sido heridos en el camino, y la única vía hacia una intimidad sexual comprometida, hacia la plenitud del éxtasis sexual con el amor de nuestra vida, consiste en completar lo que quedó inconcluso en nuestras anteriores fases sexuales: aprender a amarse a sí mismo sin culpa, forjar el vínculo vital entre sexualidad y amistad logrando que la amistad sea sensual y la sexualidad auténticamente dadora y receptora, y permitimos la exploración, el abandono y la búsqueda que demanda la pubertad. De no ser así, las heridas, temores, dudas, ignorancia y represión sexual, de cuerpo corazón o mente, socavan lo mejor de las relaciones comprometidas, aun cuando éstas se las arreglen para durar.

A medida que avanzamos hacia la vejez y entramos en la última fase de la vida, la energía sexual se vuelve otra vez hacia el interior en un celibato vibrante. El celibato de la edad no significa que ya no hagamos el amor, sino que nuestra relación es mucho más que sexual, al incorporar multitud de otras formas de cariño. La energía erótica se difunde a través de toda nuestra existencia. En nuestro último vals, toda la vida se convierte en nuestra pareja. Esta erotización total de la vida es la plenitud hacia la cual se orienta naturalmente nuestro desarrollo sexual, pero ésta es posible sólo si hemos cumplido las etapas anteriores. Qué maravilloso es cuando podemos arribar a la vejez como encarnación del desarrollo sexual completo, libres para estar tan enteramente en nuestros cuerpos como lo estábamos de niños, pero ahora enriquecidos por el conocimiento, la amistad, el autodominio y una conexión espiritual con todo lo que nos rodea.

Capítulo: Liberar el cuerpo. El poder del Ser
V. Los cinco ciclos del desarrollo sexual
Ed. Planeta, pág: 65 -72

fotografías por orden:
Anastasia Chernyavsky
Kristen Parker
Lexia Frank
Jock Sturges
resto de fotograf@s desconocid@s

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