21 marzo 2014

La compasión [Gabrielle Roth]

La compasión nace como fruto del miedo, la ira, la tristeza y la alegría. Cuando reconocemos estas emociones en la vida cotidiana, podemos empatizar con ellas en la vida de otras personas y comenzar a darles precisamente lo que necesitan. La compasión no es siempre un abrazo, a veces es como una cachetada en el rostro. Implica ser capaz de sentir lo que la otra persona siente y al mismo tiempo conservar el suficiente desapego como para percibir qué necesita y reaccionar de manera adecuada. Podemos sentir el temor, la ira o el dolor de la otra persona y saber que no nos pertenece, sino que la emoción nos conecta. Si somos realmente compasivos, cuando alguien se siente asustado no nos asustamos, sino que somos capaces de sentir y conectamos con ese miedo. Nuestra empatía será genuina, pues estaremos libres de confusas proyecciones propias.

Cuando a principios de los setenta comencé a trabajar con actores, les pedí que expresaran las cinco emociones. Quedé sorprendida por lo que descubrí. Trabajaba con el sector más expresivo de la población, con actores profesionales, y todos me respondían con el mismo rango limitado de expresiones estereotipadas. Me di cuenta entonces de que estábamos escindidos de nuestra verdadera vida emocional, pues aun estos profesionales habían sucumbido al pobre vocabulario televisivo de la emoción. Lo que más les costaba expresar era la compasión: todos hacían ademán de extender la mano, embargados por las lágrimas, hacia algún presunto infeliz.

La compasión supone reconocer las emociones que operan en otras personas y responder en forma adecuada. Es como un camaleón: puede poner cara de miedo, ira, tristeza, alegría o incluso indiferencia según lo requiera la situación. El Buda compasivo tiene una sonrisa en un ojo y una lágrima en el otro. Nuestra misión búdica consiste en llevar a las personas a la liberación, y no tomarles la mano y decirles que todo va a salir bien. En la enseñanza, la compasión significa hacer todo lo necesario para pasar a la fase siguiente.

El malentendido común consiste en que la compasión significa sentir lástima por la otra persona. Esto no va más allá de un mero sentimentalismo: sentir lástima sin tener ninguna intención real de hacer algo por la situación de la otra persona, es una salida barata, empañada por la ilusión de ser alguien bueno y solidario. A todos nos agrada creernos compasivos y amables, pero no sabemos en realidad qué significa. Cierta vez, en un taller de trabajo emocional, dividí a los participantes en cinco grupos de dramatización, cada uno dedicado a una emoción distinta. La mitad se amontonó en torno a la compasión, y nadie en torno a la ira. Les dije: "Muy bien, todos los que se anotaron para la compasión van a representar la ira". Hubo un clamor de protesta, algunos gritaban a todo pulmón: "No estoy enojado. No me corresponde el grupo de la ira". Otros guardaban un silencio de cara larga, resentido. En forma breve y elocuente, estas personas descubrieron la paradoja de sus reacciones: en forma inconsciente, habían dramatizado la ira.

A veces la compasión significa no acompañar las emociones de la otra persona. Una vez, durante un curso de masajes, una mujer se arrojó sobre la camilla y rompió a llorar histéricamente. La persona que le iba a hacer el masaje y todos los que la rodeaban se sintieron repelidos. Todos se quedaron sin saber qué hacer, mostrando confusión y dolor en sus rostros. Algo en el tono de la mujer, en la vibración de su energía, me mantuvo a distancia. Los demás, incapaces de resistir, se le acercaron de mala gana e intentaron consolada, al menos calmar su llanto, con una confusa mezcla de palabras tranquilizadoras a medio sentir y masajes al azar. Me miraron sin saber qué hacer, y yo sonreí sin decir nada. Más tarde me preguntaron por qué yo no había hecho nada y por qué se sintieron tan fríos, tan poco conmovidos por su dolor. "Es fácil -les dije-, no era real. Ella intentaba manipularlos, y en el fondo ustedes lo sabían, sólo que la voluntad de ella fue más fuerte".

Esto nos ocurre muchas veces en la vida. Según mi experiencia, cuando alguien siente verdadero dolor, nos sentimos inclinados a reaccionar de igual forma. Recuerdo otra vez en Esalen, cuando, joven y asustada, participé en uno de mis primeros grupos de encuentro. Todos estábamos sentados en una pileta en los baños cuando de pronto una mujer comenzó a gritar con fuerza y energía. Al parecer lloraba por su marido muerto hacía siete años. Estaba dentro del agua y el resto de nosotros sentados en los bordes de la pileta. El coordinador del grupo le dijo que fuera pidiéndonos apoyo, uno por uno. Lo hizo. Uno a uno los miembros del grupo se metieron al agua y la abrazaron. Las lágrimas continuaron. Yo fui la última a quien se dirigió. Cuando estaba frente a mí, no pude rehuir la idea de que se revolcaba en autoindulgencia. Me pidió mi apoyo, y le dije:
-Por supuesto que te apoyo, pero quiero que tú vengas aquí, pues no me parece correcta la idea de meterme ahí contigo. Sólo puedo brindarte mi apoyo si vienes hasta aquí.

El resto del grupo me consideró dura y fría. Pero yo sabía que ella sabía que yo sabía. Y estuvo dispuesta a moverse. En estos dos casos, mi sentido de compasión consistió en dejar ser a la otra persona. Lo que realmente necesitaba no era el gesto natural de tenderle la mano, sino mi ausencia de complicidad en su histrionismo. Era lo que necesitaba para avanzar a la siguiente etapa. En otras circunstancias, en cambio, lo que se necesita es precisamente un abrazo, consuelo o compañía. Una persona compasiva siempre orienta su energía hacia el movimiento y el cambio. Si la viuda hubiera recibido apoyo incondicional en su nivel más bajo, ¿cómo hubiera hecho para dejar atrás su aflicción?

Compasión significa dar/e a alguien lo que necesita, lo cual no coincide siempre con lo que desea. Imaginemos, por ejemplo, que estamos con un hombre que se siente triste. No es una actitud compasiva tratar de convencerlo de que no está triste y hacer de cuenta que todo está bien. Si lo estuviera, no se sentiría triste. Es mejor sentir el corazón de esa tristeza, comprender y afirmar el hecho de que tiene que pasar a través de ella, no por alrededor ni por encima, y puede que incluso haya que llorar con él.

No sólo estamos rodeados de falsa compasión y de sentimentalismo carente de toda ética, sino también de insensibilidad y crueldad. La gente está demasiado entumecida, insensibilizada o herida emocionalmente como para ver y reaccionar ante los demás. Un día me tomé un descanso en medio de un taller que coordinaba en Nueva York y crucé la calle hacia la cafetería de Dunbar, un local frecuentado por personas mayores de sesenta que dependen de ingresos fijos. Estaba en la cola detrás de un anciano encantador que seleccionó cuidadosamente su puré de papas, arvejas, requesón y jalea; éste parecía ser su principal ritual diario en el mundo. Cuando llegó a la cajera trató varias veces de entablar conversación con ella, diciendo cosas como: "Bueno, usted podría pensar que algún día apareceré con un menú distinto. Pero no, siempre lo mismo. Supongo que es porque me gusta, yeso es lo que importa, ¿verdad?". La cajera se limitó a mirar al frente con cara de piedra: "Son cinco dólares con cincuenta centavos. El que sigue". El hombre pareció abrumado y se alejó arrastrando los pies hacia una mesa, en la que se sentó solo. Todo lo que deseaba era algún contacto, una sonrisa, un poco de reconocimiento. Pero la cajera había cerrado bajo llave su vulnerabilidad, pensando que dar algo de sí misma la agotaría. En verdad, le insumía más energía mantener su pétrea indiferencia que la que le hubiera costado mostrar simpatía hacia "roda la gente solitaria" con que se encontraba.

Muchos tenemos la idea de que la energía emocional es como un combustible: si lo gastamos, lo usamos, lo damos, tendremos menos. Sin embargo, esta energía no es un objeto que se desgasta con el uso. A semejanza de la sangre, necesita fluir, hacer su trabajo, para renovarse y mantenemos sanos. Contener esta energía emocional, ponerle diques, no ahorra nada; por el contrario, causa daño y, en última instancia, resulta suicida. La cajera no sólo le negaba al anciano un poco de calidez humana, algún tipo de afirmación de que no estaba solo, que hubiera hecho de ese día algo distinto para él, también se convertía ella misma en un cadáver emocional, en una muerta en vida. Algunas investigaciones psicológicas recientes muestran que los actos amables brindan cierto tipo de beneficios fisiológicos; las respuestas cordiales producen un estímulo natural en el cuerpo, un alivio.

Por supuesto que no todos los intentos por llamar la atención merecen una respuesta. Una vez asistió a uno de mis talleres una mujer que interrumpía todo lo que yo hacía. Estaba obsesionada por atraer la atención hacia ella. Cuando esta pauta de comportamiento se me hizo clara, dispuse al grupo en círculo, le pedí a ella que se pusiera en el centro y le dije: "Ahora tienes toda nuestra atención, sin dispersiones". Estalló en lágrimas.

Con frecuencia la compasión implica compartir la emoción de la otra persona. Lo mejor que se puede hacer con un niño enojado no es tratar de poner coto a su ira, ni apaciguada, ni insistir en que la controle. Es mejor darle permiso a la ira, afirmada: Tal vez ponerse a la altura del niño y bailar juntos con furia, pataleando, como monstruos. Es muy importante ayudar a nuestro cónyuge, pareja, hijos y amigos a dar aire a sus emociones y a expresadas. La compasión nos lleva a alentar a otras personas a meterse en sus sentimientos auténticos, a soltados, y a poner al descubierto las emociones fingidas.

En muchas familias se consideran correctas algunas emociones y otras no. En la de mi marido, por ejemplo, la ira era considerada algo natural y su expresión era aprobada. En mi familia, en cambio, se prohibía la ira y se permitía la tristeza. En consecuencia, yo tuve que aprender a no asustarme ante los enojos de mi marido y él tuvo que aprender a no irritarse ante mis tristezas. Tuvimos que enseñamos el uno al otro a aceptar la emoción que a cada uno le resultaba extraña, de modo que él pudiera aceptar la tristeza y yo experimentar la ira. Este tipo de intercambio es de importancia vital si queremos cultivar una relación auténticamente sana, viva y multidimensional. La ausencia de este intercambio es una de las razones por las cuales muchos vínculos se marchitan y fracasan. La sangre vital de una relación se bloquea ante los nudos de represión y negación, al mismo tiempo que nuestras energías creativas y generadoras de vida se gastan en agotadoras estrategias para evitar la expresión.

Considerada desde cierta perspectiva, la compasión es la ausencia de emoción. Es decir, somos tan libres de nuestro pasado emocional que estamos abiertos a la verdad de los sentimientos de los demás. En este sentido, la compasión es como un recipiente vacío. Si estamos llenos de nuestro propio miedo, no podemos responder al de otra persona. Sólo cuando comenzamos a ser un instrumento emocional bien afinado podemos cantar la melodía y la letra de los sentimientos de los demás. Y si realmente sentimos los sentimientos del otro, sabremos responder de la manera adecuada, y no a través del filtro deformado del miedo, la ira o la tristeza sin resolver. Se puede decir que la compasión es la ausencia de emoción de la cual toda emoción fluye, así como la quietud dinámica es la fuente de todo movimiento.

Capítulo:El poder de amar
Mapa de las emociones: La compasión
Ed. Planeta, pág: 92 - 97

pintora: Helene Knoop

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