13 marzo 2014

Aprender a querer y quererse bien. [Pepa Horno]

Este es uno de los aprendizajes clave de la protección, pero también uno de los más sutiles y difíciles de afianzar, sobre todo en las familias. Los niños y niñas necesitan confiar en sus figuras vinculares, idealizarlas y sentirse seguros respecto a ellas. Todo eso forma parte del hecho de sentirse queridos. Pero una de las dificultades más importantes del trabajo de prevención del maltrato infantil y del abuso sexual en particular es que debemos conciliar esa necesidad con el dato de que el 80 % de los casos de abuso lo cometen personas conocidas y queridas por el niño o niña. No necesariamente serán personas de su familia, pero sí personas que quieren y en las que confían. El abuso sexual, en la mayoría de los casos, sucede en el marco de una relación afectiva (destructiva, pero también afectiva). Y los niños y niñas necesitan aprender a distinguir y no justificar el daño, aun cuando les llegue de personas que ellos quieran y necesiten. Deben aprender que no todas las personas que dicen quererles les van a querer bien.

Luego, para trabajar de un modo eficaz la prevención con los niños y niñas de tres a seis años, las familias y los educadores deben enseñar a los niños y niñas la diferencia entre querer bien y querer mal. Y deben hacerlo partiendo de su propio ejemplo.

Los niños y niñas necesitan aprender a amar y ser amados, pero no solo eso. Necesitan aprender a amar bien y a generar intimidad con aquellos que les aman bien. Las familias y los educadores son los encargados de enseñar a amar a los niños y niñas a través de los modelos vinculares que les ofrecen, pero también de los mensajes que les trasmiten.

Algunos elementos clave de ese “amar bien” son:
La presencia cotidiana, ese “estar ahí” del que se habló en la unidad anterior al definir las “tripas”. Esa presencia que brinda el tiempo compartido necesario para generar un vínculo. Un tiempo y una presencia en que el adulto se ofrece y se abre a compartir su ser con el niño.

El afecto expreso en esa cotidianidad a través del contacto físico afectuoso, los besos, los abrazos, las palabras o los detalles. El afecto que no hace falta suponer, porque se vive en la cotidianidad, se hace evidente y le llega al niño o niña como una vivencia corporal.

La aceptación de la persona tal cual es para generar en el niño el sentimiento de pertenecer a algo, de ser elegido, de ser importante.

El cuidado de sus emociones y necesidades. El cuidar y ser cuidado.

La reciprocidad en la relación. Querer bien implica aprender a quererse bien a uno también y establecer relaciones en donde el cariño que se brinda es recibido, honrado y correspondido. No se trata de educar niños cuidadores o sumisos, sino niños y niñas que sean capaces también de expresar y legitimar sus propias necesidades y pedir aquello que necesitan a la gente que quieren.

La protección, que, como se ve en este programa, va más allá de la no agresión, implica garantizar las oportunidades de desarrollo pleno para el niño y darle, entre otras cosas, habilidades de prevención.

Amar bien implicar aceptar y cuidar al otro y ser aceptado y cuidado por el otro. Implica, necesariamente, reciprocidad en la relación. A veces, aprender a cuidar, para algunas personas, es más fácil que aprender a ser cuidado, a dejarse cuidar. Pero ese aprendizaje, el de quererse bien y dejarse cuidar, ese saberse apoyar o dejar o confiar en otra persona, es imprescindible para lograr construir vínculos seguros. En otros casos, será al contrario, y el aprendizaje clave será cuidar.

Y lo mismo pasa con las otras estrategias necesarias para construir un vínculo afectivo sano y positivo: expresar el afecto, generar un sentimiento de pertenencia, el tiempo y el conocimiento mutuos y el compromiso y el cuidado del otro. En la expresión del afecto, tan importante es mostrar los afectos como que el otro le haga sentirse amado. No se puede lograr generar el sentimiento de pertenencia en un niño o niña si no es un sentimiento correspondido. Lo mismo ocurre con el tiempo y el conocimiento mutuos, que solo se dan cuando hay una implicación mutua y una reciprocidad en el proceso vincular. Y, por supuesto, el compromiso y el cuidado del otro, que solo se viven como honestos cuando son recíprocos.

Los niños y niñas, al final del programa, sabrán también por todo ello vincular el querer bien tanto con el cuidar como con el ser cuidado. Porque querer bien implica también aceptar y cuidar a quien se ama, así como estar a su lado cuando sufre. Adaptándolo a un lenguaje comprensible para los niños y niñas de tres a seis años, querer bien a alguien significaría:

Besar y abrazar.
Decir cosas bonitas.
Jugar y pasar tiempo juntos.
Contar las cosas propias.
Cuidar y ayudar cuando la persona está triste o tiene problemas.
Buscar ayuda si la necesita.

La protección de los niños y niñas de cualquier forma de violencia debe venir enmarcada en un aprendizaje del buen trato en las relaciones afectivas: enseñar a los niños y niñas no solo a amar y ser amados, sino también a amar bien y elegir a aquellas personas que los aman bien. De esta forma, podrán reconocer una agresión como tal, por muy cercana que sea la persona de quien les llegue. Y se harán también responsables de lo que hacen o dicen a las personas que aman. Porque este es un aprendizaje doble: no solo quererse bien y buscar a gente que les quiera bien, sino también aprender a querer bien a los demás, a sus familias, a otros niños y niñas, a sus educadores, etc.

Pero es importante romper con la visión idealizada que se trasmite de los vínculos afectivos basada en la idea falsa de que si hay cariño no se puede hacer daño. El conflicto es una parte inevitable de las relaciones afectivas profundas y sanas, y no siempre se va a resolver sin hacer daño. Pero los niños y niñas deben aprender a ver ese daño, a no justificarlo y a no infligirlo, en la medida de sus posibilidades. Así aprenderán a no aceptar el daño intencional que les llegue y a buscar la protección de la gente que les cuida y les quiere bien. Y así también se les dota de recursos para generar relaciones afectivas reales, sanas y conscientes.

Algunas ideas clave a trabajar con los niños y niñas sobre la afectividad en positivo son:
No siempre que se quiere se sabe querer bien. Es importante que aprendan a distinguir a la gente que los quiere bien por el dato de que los cuida y los respeta. Unir amor y cuidado es esencial para prevenir cualquier forma de violencia.

Las personas que los quieren también en un momento pueden hacerles daño, o bien los propios niños y niñas pueden hacérselo a la gente que aman. Deben reconocerlo como tal, no justificarlo ni excusarlo.

El conflicto forma una parte inevitable y positiva de las relaciones afectivas profundas, de la intimidad que conllevan. El problema no es que haya conflictos, sino cómo los afrontan y si son capaces de aprender de ellos a querer mejor.

El que alguien quiera bien a un niño o niña le lleva a ser cada día más feliz, a tener más amigos, a ser más capaz de hacer las cosas por sí mismo, porque se siente seguro y amado. En definitiva, querer bien lleva al niño o niña a su autonomía. La sobreprotección daña el desarrollo de la persona. A veces se hace daño por “querer demasiado”, confundiendo amor y dependencia.

Querer bien pasa por expresar el afecto de forma que la persona se sienta querida. Los niños y niñas deben aprender a expresar el afecto por las palabras, físicamente (abrazos, besos o caricias) o por acciones (cuidando, teniendo detalles, etc.), para que ese afecto le llegue a la otra persona.

Para querer bien hace falta invertir tiempo. Sin tiempo compartido, no se puede generar un vínculo. Y no cualquier tiempo, sino un tiempo en el que las personas se abran la una a la otra, se cuenten sus cosas y hagan cosas juntas. La mejor estrategia de prevención de la violencia es querer bien a los niños y niñas y mantener una buena comunicación con ellos.

Querer bien implica también un compromiso y una responsabilidad sobre la persona amada. Cuando se quiere bien, se acompaña, se cuida y se protege a aquellos a quienes se ama. También los propios niños y niñas pueden hacer daño en un momento determinado a otra persona. Deben ser conscientes de sus límites y de los efectos que tiene lo que hacen en aquellos que los quieren15.

El amor que otra persona siente por ellos les da poder sobre ella, les permite hacer que esa persona sea más feliz, pero también pueden hacerle daño, del mismo modo que aquellos a los que quieren tienen poder sobre ellos y les pueden hacer daño a ellos. Los niños y niñas deben aprender a hacerse responsables de sus relaciones afectivas. El abuso de poder es una de las claves que explica y permite la violencia, y han de ser conscientes de que el amor es una forma de poder. Por eso, si alguien quiere agredirles, lo más probable es que lo que haga primero sea generar una relación afectiva con ellos, para luego manipularles, engañarles, amenazarles o chantajearles. Y ahí los niños y niñas tienen que tener herramientas para reconocer ese engaño y esa manipulación, para decir “basta” y pedir ayuda. Por eso es necesario aprender a distinguir ese “querer bien” del que se habla en la sesión.

Libro gratuito en pdf: Escuchando “mis tripas”
Cap. Aprender a querer y quererse bien. (Pág. 64 – 68)
Ed. Boira
ilustraciones:  Pascal Campion

1 comentario:

  1. Anónimo7/28/2014

    Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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