12 febrero 2014

Mamá, duérmete que yo vigilo [Concha Inza Romea]


Se estima que 840.000 menores han estado expuestos a la violencia de género durante el último año. Suponen más del 10 por 100 de los niños y niñas residentes en nuestro país. Pero estas cifras son cálculos aproximativos porque, ni en las estadísticas, ni en los informes sobre violencia de género aparecen los menores. Son víctimas invisibles.

Los expertos aseguran que cuando una mujer sufre violencia de género y es madre, en su casa hay más de una víctima y que son, precisamente los hijos de esa mujer, los que viven en una mayor indefensión. Además, no establecen diferencias entre padecer violencia física y psicológica.

En los últimos años se han incrementado los esfuerzos en la atención social, psicológica y jurídica, de las mujeres que sufren violencia doméstica, pero se ha dejado de lado la situación específica que viven sus hijos. Se considera que cuando la madre se recupera, también ellos lo hacen, pero apenas existen recursos específicos y adecuados para los menores.

El documental 'Mamá, duérmete que yo vigilo' indaga en la realidad de esos menores, reconstruye el terror y la indefensión que sufrieron y analiza las secuelas que les quedaron. Todo ello a través de estremecedores testimonios.


Concha Inza Romea
19.06.2012

“(…) Mientras que las mujeres tienen dónde acudir, quien les asesore, acceso a una terapia, imprescindible para rehacer su vida, y protección cuando es precisa, los niños se incorporan a todo ello como meros acompañantes, no como víctimas directas con derecho a una atención específica y necesaria. Se supone que si la madre sale adelante, ellos también lo harán.”

 “(…) En cualquier caso, las secuelas de haber vivido en un ambiente de miedo y de anulación, son múltiples.
Mientras los más pequeños sufren regresiones y su desarrollo se ralentiza, durante la adolescencia pueden aparecer las actitudes violentas y destructivas.
Pero también hay un comportamiento que llama la atención en muchos de esos niños y niñas, y es que desarrollan una sorprendente madurez muy superior a la que les correspondería por su edad. ‘Mamá, duérmete que yo vigilo’ es lo que le decía un niño de 12 años a su madre, una mujer destruida y anulada, a la que intentaba proteger.”




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