18 febrero 2014

La obligación de jugar [Carlos Mayhua]

"Con el ingreso al jardín infantil sucede un hecho de extraordinaria importancia: el juego, que hasta entonces era algo voluntario y que cubría la mayor parte del día, desconociendo horarios y prohibiciones, se convierte en una obligación, diluyéndose sus más valiosas características y echándose a perder. Lejos de permitirse y propiciar que los niños conozcan sus posibilidades y sus límites, única manera de lograr algún tipo de autorregulación, los niños son forzados a ceñirse a un arbitrario programa de actividades en el cual se introducen los primeros criterios utilitarios, competitivos e ideológicos (cánticos religiosos, patrióticos, “¿quién puede hacer el dibujo más bonito?”, “¿qué quieren ser cuando sean grandes?”). En la dinámica del jardín de infancia el juego se convierte en un deber. Los pedagogos reclaman, tan ridículamente como un brujo que pretende hacer salir el sol todos los días, el mérito de potenciar el juego de los niños. El jardín de infancia desarrolla un discurso y una teoría del juego para legitimar su propia existencia con fines de doma y de lucro. De esta forma, manipulando y apropiándose del juego, prepara el terreno para la total destrucción de lo lúdico en la vida. Dice Donata Elschenbroich: “La activación del juego es siempre a la vez interrupción del juego. La pedagogización del juego es siempre la expresión de una relación alienada entre adultos y niños. El juego es instrumentalizado, sometido a la obligación forzada del provecho, y es engarzado en la armazón de la economía del tiempo y de la economía del gozo”.

Con el juego rigurosamente previsto se inaugura una nueva percepción del tiempo, hasta entonces ajeno en la actividad infantil. Establecer que de 9 a 10 a.m. hay espontaneidad total es matar la espontaneidad, que puede aparecer a cualquier hora, y es asegurar que fuera de ese horario no la habrá. Con la rigurosa conciencia del transcurso de los minutos se inaugura el universo alienado por una disciplina exterior. Se engendra, también, la división entre el juego y el trabajo, entre lo lúdico y lo serio, y se establece una tácita jerarquización al darse por sentado que, si se unen, es para que el primero sirva al segundo. En realidad se espera ya que todo juego acarree alguna utilidad, práctica o conceptual. Ante esta brutal trastocación del tiempo y del orden de las cosas, ante estas restricciones, no es extraño que muchos niños presenten conductas inadecuadas. Los saludables niños que presenten, por exceso o por defecto, problemas de adaptación a las rigideces de la norma, serán etiquetados como “niños problema”, y son los firmes candidatos a ser en el futuro los chivos expiatorios de las falencias de todos los sistemas de control. En el jardín de infancia su existencia será todavía más o menos tolerada, aunque no sea más que para fundamentar con casos ilustrados ciertas retorcidas teorías disciplinarias que más tarde se aplicarán con el máximo rigor.

Los educadores parecen no darse cuenta de lo violento que es catalogar como “ausencia de interés”, “retraso en el aprendizaje” o “hiperactividad incontrolable” a las saludables acciones defensivas que los niños presentan contra el desagradable artificio que se les impone. Tampoco se sorprenden, estos educadores, de la posición absurda en la que se encuentran, ideando juegos novedosos y llamativos a ser desarrollados en cinco o seis horas por unos niños que de permitírseles jugar en libertad los rebasarían completamente. Sus criterios de higiene, sus tabúes antimasturbatorios, su preocupación utilitaria y la prohibición del contacto físico hacen del juego infantil una caricatura, la idea estereotipada y colorida que ellos tienen de él. No cuestionan su posición de profesionales -máximos representantes del status adulto- que los hace incapaces de involucrarse en un juego en común con los niños de forma no mediatizada, espontánea y gratuita. Su corrupción es tan grande que llegan a justificar el crimen de que a niños que juegan intensamente, el sonido de un timbre los obligue a formar lentas filas en forzado silencio. Haber sufrido pasivamente años de agresión en las universidades que les dieron una licencia para formar seres humanos ya no los disculpa. Son enemigos."
Carlos Mayhua
Lima, 1999, Cap. La Obligación de jugar
ilustración:  Jesús Cossio y Alfonso León
(extraídas del mismo libro) 


1 comentario:

  1. Para mi juego y obligación son dos conceptos antagónicos. Obligar a los niños a jugar cuando no quieren, con quien no quieren o a lo que no quieren es matar la propia naturaleza del juego (y por ende la naturaleza del niño).
    No existen “ingenieros del juego” más competentes y capacitados que los propios niños. Proporcionémosles pues un entorno seguro y dejémosles hacer su trabajo.
    Abrazos juguetones :-)

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