07 febrero 2014

En busca de un lugar legítimo [Bruno Bettelheim]

"Según el diccionario, «pertenecer» significa tener un lugar legítimo. Un lugar legítimo no es un lugar que concedan las autoridades constituidas, ni siquiera los padres; esto es una fuente demasiado precaria para que de ella salga una verdadera sensación de pertenecer. Un lugar legítimo es el que nos ganamos para nosotros mismos, primero queriendo y siendo queridos de manera correcta; luego, por medio de nuestros propios esfuerzos. Sólo esto hace que dicho lugar sea seguro, muy nuestro."
"La sensación de pertenecer se desarrolla primero y sobre todo dentro de nuestra familia y nuestro hogar, y sólo basándose en esta experiencia temprana se extiende más adelante al barrio, la nación, el grupo étnico y la religión a que pertenezcan nuestros padres. Nuestras primeras raíces, las más profundas, las echamos dentro de la familia y del hogar; los intensos sentimientos positivos acerca de nosotros mismos y los firmes lazos emotivos con los demás nos tendrán anclados en la vida, nutrirán nuestra seguridad y nos permitirán capear con éxito las adversidades de nuestra existencia.
  Triste reflejo de la alienación de muchas personas de nuestro tiempo es el hecho de que busquen sus «raíces» en el pasado distante y remoto, e incluso en países de la otra orilla del mar. Las semillas de un árbol pueden ir a parar muy lejos de donde éste creció, mas los árboles que nazcan de dichas semillas sólo pueden tener sus raíces en el sitio donde crecen; lo mismo ocurre con el hombre. Nuestras raíces están ante todo en la familia, que es a la que pertenecemos en el sentido más profundo; es decir, a la familia que nos crió a partir de la primera infancia y, más adelante, también a la familia que fundamos para nosotros mismos y nuestros hijos.

Según el diccionario, «pertenecer» significa tener un lugar legítimo. Un lugar legítimo no es un lugar que concedan las autoridades constituidas, ni siquiera los padres; esto es una fuente demasiado precaria para que de ella salga una verdadera sensación de pertenecer. Un lugar legítimo es el que nos ganamos para nosotros mismos, primero queriendo y siendo queridos de manera correcta; luego, por medio de nuestros propios esfuerzos. Sólo esto hace que dicho lugar sea seguro, muy nuestro.

A lo largo de toda la historia, la familia ha sido necesaria para la supervivencia de cada uno de sus miembros. A menos que todos ellos trabajasen mucho tiempo y con ahínco, corrían el riesgo de padecer serias privaciones. Mientras hubiese suficientes alimentos, cobijo y ropa de vestir, así como rudimentos de aprendizaje, todo iba bien en la familia y cada miembro sabía cuál era su lugar legítimo en ella. Proporcionar a la familia las cosas esenciales para vivir era prueba suficiente de los méritos de la familia en general y del valor de los padres en particular. Padres e hijos tenían que aplicarse seriamente a sus tareas para sobrevivir, y se sentían justamente orgullosos y satisfechos del cumplimiento de las mismas. Los niños trabajaban desde temprana edad con el fin de que el bienestar económico de la familia estuviese garantizado; prescindiendo de cuál fuera su aportación concreta, no podían dudar de que sus vidas tuvieran un propósito y un sentido; tenían la sensación de ser buenas personas. Porque hacían la parte que les correspondía de un trabajo importante. Después de largas y arduas horas de trabajo —demasiado largas y demasiado arduas en la mayoría de las familias— en los campos, la tienda y el hogar, el niño quedaba convencido de haber hecho cuanto estaba en su mano y todo lo que podía pedírsele que hiciera. Conocía su lugar legítimo en la vida de la familia y sabía que se lo ganaba cada día; y esto le proporcionaba un sentido intenso y seguro de pertenecer, así como de estima propia. Y si los padres no apreciaban sus aportaciones —como ocurría de vez en cuando incluso entonces—, el niño sabía que la culpa no era suya y que eran injustos con él.
  
 
El niño de hoy, de quien no se espera que haga ninguna labor física y cuya carga de trabajo parece mucho más ligera, nunca puede sentir una seguridad parecida en lo que se refiere a sí mismo. Siempre podría estudiar un poco más; siempre hay alguien con quien se le puede comparar desfavorablemente. Las responsabilidades escolares del niño no están definidas con claridad en modo alguno y, en el mejor de los casos, su finalidad aparece tan lejana en el tiempo, que en un momento dado causan la impresión de que no tienen objeto. Así que el niño actual jamás puede estar seguro de haber cumplido bien con todas sus tareas. Le es imposible sentirse seguro de sí mismo si su valor lo determina un maestro que juzga sus esfuerzos, o si depende de su capacidad de proporcionar satisfacción emotiva a los padres formando su personalidad de un modo que les complazca, en lugar de formarla de acuerdo con sus propias inclinaciones, talento personal y experiencias. Por lo tanto, el niño carece de confianza sobre cómo está desempeñando su papel, a la vez que le inquietan las condiciones de su trabajo y de su vida; no se percata de que esto se debe, no a sus propias limitaciones, sino a condiciones modernas que no le permiten adquirir certeza sobre cómo cumple su cometido o sobre lo que debería esperar legítimamente de sí mismo. Lo único que conoce son las expectativas que sobre él albergan los demás, y a menudo esas expectativas no son claras; asimismo, ocurre con frecuencia que, cuando sí son claras, el niño no les encuentra sentido. Hablando objetivamente, puede parecer que al actual niño de clase media se le pide mucho menos que a los niños de otros tiempos, pero con frecuencia los niños acaban sintiéndose profundamente insatisfechos de sí mismos y del mundo, sin saber muy bien por qué, lo que hace que semejantes sentimientos sean más desconcertantes.

Los padres y los maestros pueden decirle a un niño que aprender bien en la escuela tiene sentido porque le permitirá conseguir un empleo mejor o hacer una labor más importante al cabo de muchos años, pero estas afirmaciones apenas convencen al niño, para el cual hasta un año resulta una eternidad. En otros tiempos, el niño que trabajaba la tierra para alimentar a la familia veía el sentido de sus esfuerzos, como lo veía también cuando ayudaba a fabricar objetos que cobraban forma y quedaban terminados ante sus ojos. Así, cuando el niño de entonces se aplicaba a sus tareas, encontraba en ello la demostración de su valía; pero en la actualidad los resultados de su aplicación son intangibles en el mejor de los casos, con todas las dudas e incertidumbres propias de las cosas intangibles. El convencimiento de la propia valía nace sólo de la sensación de haber hecho bien nuestras tareas y de que éstas tienen sentido en sí mismas en el momento en que las llevamos a cabo. El aburrimiento y las injusticias de las condiciones sociales no son lo único que empuja a un joven a buscar distracción u olvido en una música tan estruendosa que ahoga todo pensamiento o, peor aún, a evadirse por medio de las drogas; lo que le mueve a hacer estas cosas es una sensación dominante de incertidumbre, o una insatisfacción consigo mismo que es tan dolorosa, que el joven desea desesperadamente liberarse de ella, al menos de momento, cueste lo que cueste."

No hay padres perfectos. El arte de educar a los hijos sin angustias ni complejos.
Ed. Crítica, Barcelona 1988, pág 418 a 421
fotografías: Jo Lien

2 comentarios:

  1. Gracias guapa por compartir estos textos. Hay tanto que aprender....
    Musutxu haundi bat :)

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    Respuestas
    1. lo hago con sumo placer ;-)
      musutxu bat zuretzat!

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