02 enero 2014

Proteger los lazos emotivos del adolescente [Bruno Bettelheim]

¿Qué sucede en la familia de clase media cuando un niño sufre una profunda decepción a causa de la ruptura de importantes lazos emotivos? Por ejemplo, cabe que un adolescente haya experimentado una tremenda decepción en la vida; era muy amigo de un compañero de clase, pero de repente, como sucede tan a menudo a esa edad, se siente traicionado por ese amigo. Las relaciones de los adolescentes son mucho más pasajeras que las de los adultos, pero, a pesar de ello, se experimentan profundamente mientras duran. Puede que el adolescente se sienta incapaz de encontrarse cara a cara con el amigo que tan seriamente le ha dañado y decepcionado. ¿Nosotros, que debemos tratar de edificar la familia basándonos en la satisfacción de las necesidades emotivas de todos sus integrantes, le demostraremos que apreciamos la importancia de sus sentimientos, para que como prenda que estas emociones son en verdad la esencia principal de la formación de lazos con otras personas, sobre todo con sus padres y hermanos?

Si experimentamos un golpe de esta clase, normalmente evitamos a la persona causante del mismo; no queremos que ese traidor vea nuestra angustia, ni queremos ver cómo saborea nuestra desgracia. He conocido adultos que, después de la ruptura de una relación íntima, o después de llevarse una gran decepción con un amigo íntimo, durante meses o años procuran no encontrarse con la persona que tanto daño les ha hecho. Pero cuando una conmoción emotiva anonada a nuestro hijo adolescente y lo hunde en la congoja más profunda, ¿le alentamos a concentrarse en la difícil tarea de llorar la pérdida de la relación? ¿Le decimos que no vaya a la escuela durante unos días, para que descanse y se rehabilite porque está desesperadamente enfermo en el alma? Si lo hacemos, la herida tendrá tiempo de cicatrizar lo suficiente antes de que vuelva a encontrarse con la persona que hirió sus sentimientos. ¿O insistimos en que vuelva a la escuela al día siguiente, aunque es seguro que allí encontrará al ex mejor amigo que acaba de volverse contra él, como si perder al mejor amigo fuese algo mucho menos importante que un vulgar resfriado por el que estamos dispuestos a decirle que se quede en casa? Los padres le hacen esto incluso al niño que es buen estudiante y para el que unos días sin ir a clase no representarían ningún contratiempo, y con ello demuestran al hijo que los logros escolares -o, lo que es peor, no tenerle en casa-son más importantes, en su escala de valores, que dar a sus heridas emotivas más hondas tiempo para que se curen. Y estos mismos padres quieren edificar la familia sobre lazos emotivos, cuya importancia han desmentido con sus actos.

Aunque el joven les diga a sus padres por qué está disgustado, normalmente intentan persuadirle de que no se tome sus sentimientos tan en serio, como si su pena fuera a desaparecer por el mero hecho de decirle que no se aflija tanto. Comprender sus sentimientos y permitirle que evite encontrarse con el causante de los mismos es lo mínimo que podrían hacer los padres para convencerle de que real-mente les preocupa la importancia de los lazos emotivos, y de que no se limitan a alabar su valor de labios afuera.

Al insistir en que vaya a la escuela, le demostramos que queremos que sólo se tome en serio sus lazos emotivos con nosotros como padres, pero no los que le unen a otras personas . Pero no es posible llevar a cabo una división tan esquizofrénica entre emociones «importantes» relacionadas con la familia y emociones «no importantes» como, por ejemplo, las que se tienen con un amigo. O bien los lazos estrechos son importantes o no lo son, y el niño valora lo que creemos basándose en nuestra forma de reaccionar ante sus emociones. Si no respondemos de manera apropiada a los sentimientos de nuestro hijo -no sólo con palabras agradables, sino también con actos-, quizá decida guardarse sus sentimientos para sí en lo sucesivo, con lo que nos impedirá que le ayudemos a afrontarlos.

No hay padres perfectos. El arte de educar a los hijos sin angustias ni complejos.
Ed. Crítica, Barcelona 1988, pág 440 a 441
fotografía: Maria McGinley

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