27 enero 2014

Por un feminismo de la recuperación [Casilda Rodrigañez Bustos]


(…) Vivimos en un ambiente en el que nuestro sistema libidinal humano, diseñado filogenéticamente para trabar las relaciones humanas, está congelado. Hoy las madres viven lejos de sus hijas y las abuelas vamos de visita a ver a l@s niet@s; la persona de la familia que nos echa una mano si enfermamos vive en la otra punta de la ciudad, y apenas conocemos al vecino o la vecina del rellano; l@s ancian@s son atendid@s por mano de obra barata de inmigrantes, y a menudo mueren solos en sus viviendas o en residencias; el mercado laboral obliga a las mujeres a dejar a sus criaturas también al cuidado de una inmigrante o en la guardería... etc. etc.. En definitiva, vivimos en ciudades, en las que estamos tod@s junt@s pero como desconocid@s, las calles llenas de gente que pasan unas al lado de otras como extrañas. Y sin embargo, la vida ha diseñado un sistema de producciones libidinales para mantenernos unid@s de verdad: las pulsiones amorosas, los sentimientos, la ternura, la caricia, el deseo de darse y de deshacerse en l@s demás, la gratitud como sentimiento de reciprocidad, los sentidos, la percepción del placer, el gusto por los besos y los abrazos, la capacidad orgásmica, el enamoramiento, los fluidos sexuales, las hormonas del amor, del cuidado y de la complacencia, etc., en fin, todo, absolutamente todo lo necesario para hacer una raigambre de sentimientos amorosos en la que cada persona participa con sus propias raíces; una raigambre que traba las relaciones humanas en base a la confianza, a la complicidad y a los sentimientos de empatía y de apego, las relaciones entre hermanas y hermanos. Todo para enamorarnos de los bebés y para que su cuidado se convierta en nuestro afán y en nuestro placer; para que los sentimientos echen raíces formando agrupaciones humanas de interacción amorosa y cooperativa, con producción abundante de generosidad, hospitalidad y sentimientos de gratitud para la correspondencia al derramamiento de l@s otr@s; grupos de seres humanos consistentes, no manipulables, fieles y leales a sus sentimientos para con su entorno, sus propias raíces enlazadas con las raíces de sus herman@s. Así el cuidado de l@s demás, de l@s niñ@s, de l@s viej@s y de l@s enferm@s sólo sería un producto de los sentimientos que se realizaría amorosamente y no como un trabajo ingrato o mercenario. Pero nuestra sociedad está hecha para la competitividad y la dominación y tiene el sistema libidinal congelado; las relaciones humanas se establecen contractualmente al arbitrio del dinero, sin empatía libidinal. Dirán que para eso están los expertos que conocen las técnicas y los métodos para hacer las cosas. Como si nos diera igual que nos cuidase nuestra madre, o nuestr@s hij@s, un ser querido de nuestra confianza y de nuestra intimidad, o una persona desconocida.
En este contexto tenemos el concepto de sexualidad asociado, por un lado, a este estado de estagnación de la energía sexual, y por otro, a unas descargas periódicas directas de la carga acumulada, que además se vinculan a la práctica del coito, en la cual el deseo es cada vez más secundario e irrelevante; porque en el estado de congelación general del sistema libidinal, los encuentros amorosos también se institucionalizan y se convierten en contrato o pacto. Sin embargo, la sexualidad humana no es sólo coital, y tiene poco o nada que ver con la práctica del sexo sin deseo. Sabemos que los niveles de oxitocina suben en una reunión de amigas, o en una comida familiar de esas en las que nos sentimos a gusto. Y que las descargas más altas de oxitocina en la vida de una mujer se producen inmediatamente después del parto. También sabemos que los picos no aparecen por arte de magia, sino que todo es un continuum de procesos a lo largo de la vida y que unos son la preparación de los que vendrán después.
(…) Dice Lea Melandri (20) que la negación de nuestra sexualidad es una violencia interiorizada, que empieza cuando a la niña se le niega el cuerpo materno, y ve su propio cuerpo a través del cuerpo negado para ella de la madre; entonces interiorizamos el paradigma de mujer a través del filtro de la mirada del hombre. Esta negación y violencia contra nosotras mismas es el resultado inmediato del falo-centrismo que aplasta la diversidad de nuestra sexualidad. La relación madre-hija sería en términos libidinales la fuente principal del Muttertum humano, y por eso su destrucción es el principal objetivo del diseño artificial de las relaciones humanas.
Nuestra incorporación a la vida pública y la igualdad de los derechos sociales, no puede hacerse haciendo tabla rasa de lo que somos, ni haciendo tabla rasa del matricidio. En nuestra sociedad no hay espacio ni tiempo para la madre verdadera; ni para la madre ni para la mujer. Somos diferentes a los hombres y nuestra sexualidad no se complementa unívocamente con la sexualidad masculina. Necesitamos el reconocimiento, el tiempo y el espacio social para la otra sexualidad. La verdadera pareja no es la heterosexual adulta, sino la pareja simbiótica, la díada madre-criatura en donde empieza y se desarrolla toda la vida y la sexualidad humana, masculina y femenina. Si la sociedad no se vertebra desde la madre, si no reconstruimos el Muttertum, el espacio y el colectivo femenino, seguiremos viviendo una sociedad desquiciada, fuera de madre.
Las mujeres hemos recuperado subjetivamente nuestra dignidad; y hemos necesitado reconocernos iguales para empezar a reconocer nuestra diferencia. Y el reconocimiento de la diferencia nos ha llevado a la mujer perdida y prohibida que tenemos que recuperar, y con ella a la madre que cada ser humano y la sociedad necesita. Hay que tender la urdimbre. Y también hay que tramarla. (…)

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