23 enero 2014

Mater Dolorosa [Simone de Beauvoir]


Si algunas mujeres, que más que madres son «ponedoras», se desinteresan del niño tan pronto como lo han destetado, o desde que ha nacido, y no desean más que un nuevo embarazo, muchas otras, por el contrario, experimentan que es la separación misma la que les da al hijo; este no es ya un pedazo indistinto de su yo, sino una parcela del mundo; ya no acosa sordamente al cuerpo, sino que se le puede ver y tocar;
(…)
La maternidad reviste una nueva figura cuando el niño crece; en los primeros tiempos, no es más que un rorrostandard, solamente existe en su generalidad: poco a poco, se individualiza. Las mujeres excesivamente dominantes o muy carnales se enfrían entonces con respecto a él; por el contrario, es precisamente en ese momento cuando otras -como Colette- empiezan a interesarse por él. La relación de la madre con el niño se hace cada vez más compleja: él es un doble y a veces ella está tentada de enajenarse por completo en él; pero el niño es un sujeto autónomo y, por tanto, rebelde; (…)
Lo mismo que a la enamorada, a la madre le encanta sentirse necesaria; la justifican las exigencias a las cuales responde; pero la dificultad y la grandeza del amor maternal radican en que no implica reciprocidad; (…) Esta generosidad merece los encomios que le prodigan incansablemente los hombres; pero la mistificación empieza cuando la religión de la Maternidad proclama que toda madre es ejemplar. Porque la abnegación maternal puede ser vivida con perfecta autenticidad; pero, de hecho, ese es un caso raro. Por lo común, la maternidad, es un extraño compromiso de narcisismo, de altruismo, de sueños, de sinceridad, de mala fe, de abnegación, de cinismo.
El gran peligro que nuestras costumbres hacen correr al niño consiste en que la madre a quien se le confía, atado de pies y manos, es casi siempre una mujer insatisfecha: sexualmente es frígida o está insatisfecha; socialmente se siente inferior al hombre; no ejerce influencia sobre el mundo ni sobre el porvenir; tratará de compensar todas estas frustraciones valiéndose del niño; cuando se ha comprendido hasta qué punto la situación actual de la mujer le hace difícil su pleno desarrollo, cuántos deseos, rebeldías, pretensiones y reivindicaciones laten sordamente en su interior, se espanta de que le sean confiados niños indefensos. Como en la época en que, alternativamente, mimaba y torturaba a sus muñecas, sus actitudes son simbólicas: pero tales símbolos se convierten para el niño en áspera realidad. Una madre que azota a su hijo, no solo golpea al niño (en cierto sentido, no lo golpea en absoluto), sino que se venga de un hombre, del mundo o de ella misma; pero quien recibe los golpes es el niño. (…) Siempre se ha conocido ese aspecto cruel de la maternidad; pero, con pudor hipócrita, se ha desarmado la idea de la «mala madre» y se ha inventado el tipo de la madrastra; (…) Si los tipos descritos en esas novelas resultan un poco excepcionales, es porque la mayoría de las mujeres rechazan por moralidad y decencia sus impulsos espontáneos; pero estos se manifiestan, como relámpagos, a través de escenas, bofetadas, cóleras, insultos, castigos, etc. Al lado de madres francamente sádicas, hay muchas que sobre todo son caprichosas; lo que las encanta es dominar; de chiquitín, el bebé es un juguete; si es varón, se divierten sin escrúpulos con su sexo; si es una niña, la convierten en una muñeca; más tarde, quieren que un pequeño esclavo las obedezca ciegamente: vanidosas, exhiben al niño como si fuera un animal sabio; celosas y exclusivistas, lo aíslan del resto del mundo. También es frecuente que la mujer no renuncie a ser recompensada por los cuidados que prodiga al niño: a través de este, modela un ser imaginario que la reconocerá con gratitud como una madre admirable y en quien ella se reconocerá, a su vez. (…)
Otra actitud bastante frecuente, y que no es menos nefasta para el niño, es la devoción masoquista; algunas madres, para compensar el vacío de su corazón y castigarse por una hostilidad que no quieren confesarse, se hacen esclavas de su progenie; cultivan indefinidamente una ansiedad morbosa, no soportan que el hijo se aleje de ellas; renuncian a todo placer, a toda vida personal, lo cual les permite adoptar una actitud de víctimas; y de estos sacrificios extraen el derecho a negar al hijo toda independencia; esta renuncia se concilia fácilmente con una voluntad tiránica de dominación; la mater dolorosa hace de sus sufrimientos un arma que utiliza sádicamente; sus escenas de resignación engendran en el niño sentimientos de culpabilidad que, a menudo, pesarán sobre él durante toda la vida: esas escenas son aún más nocivas que las escenas agresivas. Zarandeado, desconcertado, el niño no da con ninguna actitud defensiva: ora los golpes, ora las lágrimas, lo denuncian como un criminal. La gran excusa de la madre consiste en que el niño está muy lejos de proporcionarle esa feliz realización de ella misma que le han prometido desde la infancia: se desquita en él del engaño de que ha sido víctima y que inocentemente denuncia el niño. De sus muñecas disponía a su antojo; cuando ayudaba a cuidar a un bebé, a una hermana o a una amiga, lo hacía sin responsabilidad. Ahora, la sociedad, su marido, su madre y su propio orgullo le exigen cuentas de esa pequeña vida extraña como si fuese obra suya: el marido en particular se irrita ante los defectos del niño como ante una comida echada a perder o ante la mala conducta de su mujer; sus exigencias abstractas pesan a menudo abrumadoramente en las relaciones entre madre e hijo; una mujer independiente -gracias a su soledad, su despreocupación o su autoridad en el hogar- será mucho más serena que aquellas otras sobre quienes pesan voluntades dominantes, a las cuales, le guste o no, debe obedecer haciendo que el niño obedezca. Porque la gran dificultad radica en encerrar en marcos previstos una existencia misteriosa como la de los animales, turbulenta y desordenada como las fuerzas de la Naturaleza, y, no obstante, humana; no se puede adiestrar al niño en silencio, como se adiestra a un perro, ni tampoco persuadirle con palabras de adulto: el niño se aprovecha de este equivoco, oponiendo a las palabras la animalidad de sus sollozos y sus convulsiones, y a las restricciones, la insolencia del lenguaje. Ciertamente, planteado así el problema, resulta apasionante; y, cuando tiene tiempo para ello, la madre se complace en ser una educadora: tranquilamente instalado en un jardín público, el bebé es todavía una coartada, como en los tiempos en que anidaba en su vientre; a menudo, habiendo permanecido más o menos infantil, a la madre le encanta hacer el tonto con él, resucitando los juegos, las palabras, las preocupaciones y las alegrías de tiempos ya enterrados. Pero cuando lava, guisa, amamanta a otro niño, hace la compra, recibe visitas y, sobre todo, cuando se ocupa de su marido, el niño no es más que una presencia importuna, agobiante; no tiene tiempo para «formarlo»; lo primero que hay que hacer es impedir que moleste; el niño rompe, desgarra, mancha, es un constante peligro para los objetos y para sí mismo; se agita, grita, habla, hace ruido: vive por su cuenta; y esa vida trastorna la de sus padres. El interés de estos y el suyo no coinciden: de ahí el drama. Incesantemente agobiados por él, los padres le infligen sin cesar sacrificios cuyas razones no comprende: le sacrifican a su tranquilidad y también a su propio porvenir. Es natural que el niño se rebele. No comprende las explicaciones que su madre trata de darle, y esta no puede penetrar en su conciencia; los sueños del niño, sus fobias, sus obsesiones, sus deseos, forman un mundo opaco: la madre no puede hacer más que reglamentar desde fuera, a tientas, a un ser que experimenta esas leyes abstractas como una violencia absurda. Cuando el niño crece, la incomprensión subsiste: penetra en un mundo de intereses y de valores de donde está excluida la madre; a menudo la desprecia por ello. El niño varón, en particular, orgulloso de sus prerrogativas masculinas, se ríe de las órdenes de una mujer: esta le exige que haga sus deberes, pero no sabría resolver los problemas que él tiene que solucionar, ni traducir aquel texto latino; ella no puede «seguirle». La madre se enerva en ocasiones hasta las lágrimas en esa tarea ingrata, cuyas dificultades raras veces calibra el marido: gobernar a un ser con quien no se tiene comunicación y que, no obstante, es un ser humano; inmiscuirse en una libertad extraña que no se define ni se afirma sino rebelándose contra vosotros.”

Parte Segunda: La situación
Capítulo Seis: La Madre.
Extractos de las pág. 589 - 599

pintora: Daryl Zang



1 comentario:

  1. La primera vez que leí este texto sentí al mismo tiempo afinidad y rechazo. La parte de mí que es madre no quería aceptar a la madre ponedora, a la dominante, a la infantil, a la sádica, a la caprichosa, a la dolorosa… sin embargo la parte de mí que es hija sabía de su existencia. Las he conocido encarnadas en madres ajenas y en mi propia madre, y las sigo viendo cada día.
    Creo que en este texto Simone de Beauvoir nombra valientemente lo innombrable, nos pone frente al espejo de nuestras procesos inconscientes, de la violencia interiorizada que impotentes seguimos perpetuando hasta que no aceptemos mirarla de frente y ponerla palabras.
    ika

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