20 enero 2014

La Institución de la Maternidad [Adrienne Rich]

“Cuando pensamos en una institución la imaginamos instalada en un edificio: el Vaticano, el Pentágono, la Sorbona, el Tesoro, el Instituto de Tecnología de Massachusetts, el Kremlin o el Tribunal Supremo. Lo que no vemos hasta que no estudiamos más a fondo la institución son los medios con los que el poder se mantiene y transfiere detrás de las paredes, los entendimientos invisibles que garantizan que todo quedara en determinadas manos y no en otras, la información que llegara a unos sí y a otros no, las conclusiones ocultas y las relaciones con otras instituciones que se suponen independientes... Cuando pensamos en la institución de la maternidad, no evocamos ninguna arquitectura simbólica, ninguna personificación de la autoridad, del poder o de la violencia real o posible. La maternidad se asocia con el hogar, y preferirnos creer que el hogar es un sitio privado. Tal vez imaginamos hileras de patios, detrás de las casas de alquiler de los suburbios, en cada uno de los cuales una mujer tiende la ropa lavada o corre a recoger a un niño de dos años que llora, o miles de cocinas en cada una de las cuales hay niños comiendo o saliendo hacia la escuela. o pensamos en la casa de nuestra infancia, en la mujer que nos crió, o en nuestro propio hogar. Nunca pensamos en las Leyes que determinaron que fuésemos a parar a esos lugares, las sanciones que recaen en aquellas que quisieron vivir sus vidas de acuerdo con un plan diferente, el arte que nos describe con serenidad y resignaci6n antinaturales, la institución médica que ha robado a tantas mujeres el acto de dar a luz y los expertos -casi todos hombres- que nos dijeron -como madres- cómo debíamos conducirnos y sentir. No pensamos en los intelectuales marxistas que discuten acerca de si producimos «plusvalía» en un día de lavado de ropa, cocina y cuidado de niños, o en los psicoanalistas que están convencidos que lo nuestro es la maternidad. No pensamos en el poder que nos fue robado y extirpado en nombre de esa institución de la maternidad.

Cuando pensamos en la maternidad, se supone que debemos evocar las mujeres rozagantes de Renoir, con niños rosados sobre las rodillas; las vírgenes de Rafael; una madre judía encendiendo las velas en una cocina bien fregada, con su pan junto a la servilleta recién planchada. No se supone que pensemos en una mujer que yace en un hospital de Brooklyn con hielo en los pechos doloridos porque la convencieron de que no podía criar a su hijo; en una mujer africano, igualmente convencida por los fabricantes norteamericanos de alimentos infantiles de que su leche natural no sirve; en una adolescente embarazada por su padre; en las madres vietnamitas violadas mientras trabajan en los campos con su bebe al lado; en dos mujeres que se aman luchando por conservar la custodia de los hijos contra la hostilidad de los ex maridos y de los tribunales. No se supone que pensemos en una mujer que trata de ocultar su embarazo para poder seguir trabajando lo más posible, porque una vez se descubra su estado la despedirán sin indemnización; o en las mujeres cuyos hijos no han podido ser bien alimentados porque ellas tuvieron que trabajar para otros como nodrizas: en la esclava que, separada de sus hijos, ha acunado y cuidado los hijos de sus señores; en la mujer que pasa por «no tener hijos» y que recuerda haber dado a luz un bebe al que no pudo tocar ni ver, para evitar que pudiera amarlo y conservarlo. No se supone que pensemos en lo que se siente con el infanticidio, o con las fantasías infanticidas, o en los días pasados a solas en casa con los niños enfermos, o en los meses transcurridos en los talleres, la prisión o la cocina ajena, ansiosas por los hijos que han quedado en casa con una hermanita mayor o solos. Los hombres a menudo se han referido en términos abstractos a nuestras «alegrías y penas». En nuestra larga historia hemos aceptado las tensiones impuestas por la institución como una ley de la naturaleza.

La institución de la maternidad es intocable e invisible: en el arte tal vez la única en evocarla haya sido Kathe Kollwitz. Debe seguir siendo evocada, para que las mujeres no olviden nunca más que nuestros fragmentos de experiencia vivida pertenecen a un todo que no ha sido creación nuestra. La violación y sus consecuencias; el matrimonio y la dependencia económica, como garantía de propiedad de un hombre sobre «sus» hijos; el robo del parto a las mujeres; el concepto de «ilegitimidad» de un hijo que nace fuera del matrimonio; las Leyes que regulan los nacimientos y el aborto; la irresponsable comercialización de los productos para controlar la natalidad, ciertamente peligrosos; la negativa a considerar las tareas domésticas como parte de la «producción»; las mujeres encadenadas por el amor y la culpa; la ausencia de atenciones sociales a las madres, la incompetencia de los servicios de cuidados infantiles en todas partes del mundo, el salario desigual que obliga a las mujeres a depender de un hombre; el confinamiento solitario de la «maternidad de dedicación absoluta»; la naturaleza simbólica de la paternidad, que da al hombre derechos y privilegios sobre los hijos, frente a los cuales asume responsabilidades mínimas; el castigo psicoanalítico a las madres; la suposición pediátrica de la ignorancia e incompetencia de la madre; la presión emocional a que están sometidas las mujeres en la familia: todas estas realidades son como las fibras de la rama que compone la institución, y determinan nuestras relaciones con los hijos, nos guste o no.

Porque todos hemos tenido madres, la institución afecta a las mujeres y -en otro aspecto- a los hombres. La violencia patriarcal y la insensibilidad pasan generalmente de madres a hijos; no solo a los hijos «golpeados», sino a los desesperadamente estimulados, halagados y manipulados, a los que dependen de una mujer que llega cansada para prodigarles el cuidado diario y el apoyo emocional, a los hijos varones que crecen creyendo que las mujeres se limitan a crear una atmosfera emotiva en torno a ellas para aliviar y reafirmar, o que son unas veletas sentimentales que tienen por misión destruirlos a ellos.
(…)

¿Qué mujer, en el confinamiento solitario de una vida de hogar con niños, en la lucha por ser madre para ellos, en el conflicto de oponer su propia personalidad al dogma según el cual se es madre por encima de todo ahora, después, siempre..., que mujer no ha soñado con «traspasar el límite» o, simplemente, dejarse ir, abandonando lo que se tiene por cordura para que, por una vez, la cuiden o pueda cuidarse? Recogiendo a los niños en las escuelas, sentadas en las reuniones de padres y maestras, colocando a los niños cansados en los carritos del supermercado, corriendo a casa para hacer la cena, lavar, cuidar a los hijos después del trabajo de cada día, luchando a fin de lograr escuelas decentes para sus niños, esperando los cheques de ayuda mientras el dueño amenaza con el desalojo, quedándose otra vez embarazada, pues su único placer y abandono es el sexo, empujando las agujas dentro de sus partes delicadas, despiertas por el llanto de los niños, obligadas a salir de sus sueños siempre interrumpidos. Si viéramos las fantasías de las madres, los sueños y las experiencias imaginarias, contemplaríamos la encarnación de la furia, la tragedia, la sobrecargada energía del amor y la desesperación; veríamos la maquinaria de la violencia institucional destrozar la experiencia de la maternidad.

Lo que asombra, lo que puede damos esperanza y fe en el futuro en que las vidas de las mujeres y los hijos sean restauradas por las manos de las mujeres, es lo que pudimos salvar de nosotras para nuestros hijos, a pesar de la destructividad de la institución: la ternura, la pasión, la confianza en nuestros instintos, la evocación de un coraje que no creíamos poseer, la comprensión al detalle de otra existencia humana, la realización plena de la vida costosa y precaria. La lucha de la madre por su hijo o hija -con enfermedad, pobreza, guerra, las fuerzas de la explotación que empobrecen la vida- necesita ser una batalla humana común, basada en el amor y en la pasión por sobrevivir. Para que esto ocurra, la institución de la maternidad debe ser destruida.

Los cambios necesarios para que esto sea posible influirán en cada una de las áreas del sistema patriarcal. Destruir la institución no significa abolir la maternidad, sino propiciar la creación y el mantenimiento de la vida en el mismo terreno de la decisión, la lucha, la sorpresa, la imaginación y la inteligencia consciente, como cualquier otra dificultad, pero como tarea libremente elegida.” 

Nacemos de Mujer. La maternidad como Experiencia e Institución. 
Ed. Cátedra. Universitat de València. Instituto de la Mujer. (1986)
pág. 389 - 392, 395. 

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