31 enero 2014

Educación de los deseos [Christiane Rochefort]


 Hay deseos que son legítimos y otros que no lo son, oportunos o no, buenos o malos, y forzosamente son los mayores los que establecen prioridades y la escala de valores.
Se admite comúnmente que no se pueden satisfacer todos los deseos de los niños: tienen demasiados.
Pero si nos detenemos un momento en este «demasiado» resulta muy extraño. ¿Cómo puede tener un ser viviente diminuto «demasiados» deseos? ¿Demasiado por qué, demasiado para quién?
Este «demasiado» es muy evidente en nuestra civilización, y lo es algo menos entre e! campesinado, pero en cualquier caso no es sino la resultante de una madeja fantástica de socializaciones.
Para coger esta madeja por un cabo, tomemos el propio niño: la suma de frustraciones padecidas en el mismo momento de su nacimiento (falta de contactos) ha cavado en él un abismo difícil de llenar. La gran soledad del bebé occidental, sobre todo el que vive en las ciudades, en su cuna, su habitación, con un restringido entorno: la enorme importancia de La Madre y su escasa presencia correlativa crean un vacío apremiante. Un poco más tarde añadiremos las constantes incitaciones al libertinaje, juguetes en los escaparates imitaciones de santa claus propaganda de caramelos juegos de las recompensas prodigados consejos de putería. Cómo conseguir de papá y de mamá, etc. Todo contribuye a crear una demanda insaciable e irracional.
Por el otro cabo: la no-disponibilidad de los adultos. Un niño (¡y por tanto muchos!) -especialmente el pequeño frustrado que producimos- al cuidado de una sola persona, en un mundo en el que cada uno está encerrado en su casa, en un mundo incomunicativo en el que los flujos no circulan: toda una locura. Y no hablemos de las madres que trabajan jornada doble, trabajo, servicio doméstico, niños y además el hombre: condenadas a trabajos forzados. Pero ni los demás, ni tampoco los padres, tienen tiempo. Nadie tiene tiempo. Para nada. La desaparición del Tiempo es el mayor misterio policíaco de esta época. ¿Quién ha robado e! Tiempo?
La Fuerza Ciega. Las familias encerradas entre tabiques, así como el hábitat, el trabajo, el ocio, el espacio, todos los actos de la vida y del propio tiempo están encerrados en horarios. El tiempo se ha volatilizado.
Al haberse privado a los adultos de disponibilidad por todas partes, los deseos deben ser reglamentados y puestas en primer plano las necesidades vitales: horas de comida, del baño, de sueño (cuanto más mejor), la precoz guerra del puchero. Esto estropea todo el placer. El placer se toma un tiempo loco, el tiempo de disfrutar, si se les escuchara, no se acabaría nunca. No puede ser. Ellos no saben en qué fangal se han hundido los adultos, no es nada fácil entenderlo de tan estúpido como es. Vamos: escucha, espabílate un poco, ¿crees que no tengo nada más que hacer? Y esta obsesión pronto se convierte en algo mecánico.
Los deseos vienen en cualquier momento. En especial, en el fértil terreno de las frustraciones, preferentemente cuando no «deben». Tienen muchas posibilidades de ser «con mucho» desgraciados, incluso cuando no falta buena voluntad.
¡Pues si además se mezcla la moral!
Se mezcla, y casi siempre, e incluso pesa más que todo lo demás. Insidiosa o llamativa, o también inconsciente. Mecánica. Un enorme miedo del deseo infantil. Del deseo. Miedo que dice no por reflejo. Para la moral todos los deseos, a excepción de los legitimados, están de más.
¿Y qué es, si no la fuerza, lo que permite retirar, aunque sea suavemente, un pulgar de la boca y una mano de donde no debe estar? Probadlo con vuestro compañero de oficina.

Los deseos de los niños son «caprichos» como los de las mujeres. Es normal: los deseos del dominado no están en el programa del dominador, no le interesan, le molestan, por tanto son irracionales. La insistencia y la aflicción ruidosas son «comedias», ¿Quieres dejar de hacer comedia? dirá el padre mecánico arrastrando a su hijo de la mano, de su fuerte mano, lejos del Campo del deseo. Con ello golpea la experiencia de inautenticidad incita a la llamada «comedia» y corta la comunicación.
(Más tarde se extrañará de que su hijo, ya mayor, no quiera ser su compañero y hablará del abismo generacional. En efecto, existe uno que él mismo ha cavado con sus propias manos.)
El niño que desea es aprisionado en una máquina de enfrentamientos. Al no ser el más fuerte, será derrotado. Después se puede «ceder» algo, con condiciones. Finalmente dará las gracias, ya que se ha sido amable con él.
Es así como funciona la ley del más fuerte. Es así como amar y depender se unen íntimamente. Si, ello fracasara también se aprende a seducir para obtener. Esto último es muy útil en nuestro mundo.
En cuanto al deseo, sale de la máquina en un estado lamentable: torcido, arrugado, incierto, dispuesto a rendirse ante el menor obstáculo. Se ha aprendido que no es nada simple. Se está listo para la autorrepresión. A los dos años ya se ha conseguido.

“Los Niños Primero”
Ed. Anagrama, Barcelona, 1977, Pág. 71-74
pinturas: RozArt

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