25 enero 2014

Constitución de grupo de mujeres [Jane Lazarre]


 “Tras compartir estos momentos de intimidad, separadas de las demás y muy a gusto, pude por fin hablar con Jean sobre maternidad. Empecé refiriéndome al movimiento de las muje­res que, por aquel entonces, ya se había extendido por todo el país, y le pregunté si alguna vez había pertenecido a algún grupo de concienciación, mientras le explicaba mis experien­cias. No, nunca perteneció a ninguno, pero pensaba que le gus­taría, algún día. ¿Alguna vez había sentido odio hacia su hijo? Sí. ¿Se había preguntado si debía haber sido madre? Sí. Decidimos formar nuestro propio grupo de madres del complejo de vivien­das y reclutar a todas las mujeres oprimidas. Creamos un folleto:

¿Cansada de ser madre de... o esposa de...?
Ven a casa de Rosenthal el  lunes por  la noche.
Di lo que sientes de verdad.
Constitución de grupo de mujeres.
Firmamos con nuestros nombres.

(…) Una vez más esperaba con impaciencia la primera reunión del grupo de mujeres; este grupo estaría centrado en el tema de la mater­nidad, nuestro punto de partida; no tendría por qué impresio­nar a nadie. Me sentía como un cohete espacial, preparada para la cuenta atrás a fin de ser catapultada, finalmente, hacia los vastos cielos de la libertad.

Nos sentamos todas alrededor del salón amplio y desordenado de Jean. Por lo que pude ver, había intentado poner un poco de orden. Pero la habitación estaba muy sucia. El suelo, lleno de huellas de barro firmemente incrustado. El sofá, lleno de migajas desparramadas de alguno de esos eternos aperitivos de un niño de dos años. Montones de platos sucios asomaban por la pila de la cocina, y las tazas de café que dispuso sobre la mesita baja tenían manchas viejas en su interior y poso engan­chado de comida por fuera. Ésta no era la desorganización y el desorden natural de una casa normal donde viven niños. Yo nací acostumbrada a la gente que camina rodando sobre los juguetes de Fisher-Prize allá donde pisa, a los juguetes Tinker descarriados y escondidos por los rincones, al rollo de papel higiénico curiosamente posado sobre una estantería porque algún pequeñajo lo había traído arrastrando por centésima vez desde el lavabo. Esto era otra cosa. El aspecto de la casa de Jean reflejaba una incapacidad total para controlar la realidad del mundo exterior. Vivía a un nivel de intensidad tal dentro de su mente que a veces perdía la conexión con el mundo exterior. Probablemente fregaba, pero en su exasperación debía de dejarse la mitad del suelo sucio. Probablemente se decidía a fregar los platos, pero por alguna razón nunca esta­ban limpios, porque cuando llegaba el tercero ella ya estaba volando por otro planeta. Probablemente intentaba ordenar, pero acababa recogiendo unos vasos medio llenos que estaban en el suelo por error para ponerlos sobre el borde de una mesa, de nuevo por error. Detrás de esta incapacidad de controlar este tipo de suciedad se escondía una especie de rebel­día. Pero incluso ella misma desconocía que secretamente estaba diciendo: He ahí toda mi rabia, he ahí todo mi despre­cio por ti; heme aquí con todas mis imperfecciones; he ahí el caos que llevo dentro enmascarando los aterradores odios cuya existencia no puedo permitirme percibir. He ahí la feal­dad que veo por todas partes, en el mundo, en tu rostro, en aquellos lugares secretos e invadidos donde las raíces de mis acciones se anudan en un agradecido e irreconocible caos.

Yo ya había estado en varias casas como ésta. La mía había sido igual en una época y a veces amenazaba con volver a serlo. Aun así, me sentía más cómoda aquí que en esas otras casas, donde nada estaba nunca fuera de su sitio, donde las superfi­cies estaban siempre vacías y relucientes, donde, nunca se acu­mulaban en las pilas más de dos vasos y una cuchara, donde todo ocupaba su lugar de rigor y donde al sentarme en una silla, tenía la sensación de romper el decorado de la sala. Porque seguramente aquella habitación no estaba destinada a ser ocupada por personas, sino que tenía vida propia. Y esa vida daba mucho más alimento a su propietario que cualquier ser humano incontrolable o impredecible.

Me relajé en el salón de Jean que olía un poco a comida. Vi a Karen y a Anna sentarse juntas a esperar. Jean preparaba café. Había tres mujeres más en la habitación. Una de ellas vivía en el piso de arriba de mi casa y todo el mundo la tenía por loca. La otra era una de las madres buenas. Me pregunta­ba de qué iba a hablar. A su lado había una que no conocía.

Yo era la encargada de abrir la sesión, pues sólo yo había pertenecido a un grupo en el pasado. Por lo tanto, empecé como solía hacerlo.

«Tal vez deberíamos ir por turnos, presentarnos y decir por qué estamos aquí.»


(…) Le tocaba el turno a Anna. «Pues bien, qué puedo añadir», empezó diciendo y, mirando a Jean, a quien evidentemente conocía bien, para contar con su apoyo, soltó una fuerte risota­da gutural. Pero no era una risa loca, como esas risitas cómicas esos estallidos fuera de sitio que te sobrecogen al ver una expresión completamente seria, y que delatan de inmediato a la persona revelando que está perdida, que la parte de la per­sona que ríe no está en absoluto conectada con la parte que no ríe. No, la risa de Anna era rotunda. Se reía de sí misma, de lo que estaba a punto de decir. Parecía que se riera de todas noso­tras. Pero Anna era una persona íntegra por dentro, y esta per­sona se mantenía un poco distanciada, limitándose a hacer comentarios sobre su absurda vida, y retando al resto de muje­res a que la juzgáramos.

Nos miró a todas de nuevo, pareció tomar alguna decisión, y empezó a hablar poco a poco.

«Ser madre es algo horrible. Arruina la relación con tu marido. Arruina tu vida. No puedes abandonarlos porque los quieres y cuando estás con ellos los odias. Yo era una buena enfermera. Muy competente. He cuidado a gente de todo el mundo. Dirigía una planta entera en Boston. Ahora soy madre, y significa que no soy nada. No sé. También tiene cosas buenas. Pero realmente —hablaba muy alto, claro y con una seriedad tremenda— estoy a punto de derrumbarme.»

Y volvió a soltar una fuerte carcajada. Todas estábamos en silencio. Después, con incomodidad, tratando de recuperar la seguridad de nuestro círculo antes de hablar, las otras mujeres me miraron. Y como la niña de colegio cuya voz suena como si tuviera miedo a hablar pero que simplemente está diciendo la verdad, dije: «Estoy de acuerdo con todo lo que Anna acaba de decir».

Y al hacer esta afirmación algo en mí se desprendió, se des­moronó, se desintegró, tal vez el muro que me había manteni­do sola, la celda de la prisión, el confinamiento solitario, y la horrible posibilidad de que incluso con esta experiencia uni­versalmente femenina, seguiría siendo, al menos para mí misma, tremendamente rara; todo esto se resquebrajó gracias a la familiaridad de las palabras de Anna y poco a poco empe­zó a desaparecer.

Desde el principio de mi embarazo y según lo que alcanzo a recordar, siempre quise pertenecer a una familia. Pero de niña me habían llamado extraña y especial y también cosas mejores, incluso la mejor, y Pamela me había odiado por ello. Más adelante me había aislado debido a las definiciones de la maternidad que inevitablemente parecían no traspasar la fron­tera de la realidad de mi propia experiencia. Los libros moder­nos acerca del control del dolor digno, las órdenes condescen­dientes del ginecólogo, la luz centelleante en el solitario escenario sobre la mesa de parto en la que estaba tumbada y apasionadamente viva y rodeada de fantasmas y esqueletos con máscaras de la muerte, los terroríficos libros acerca de los cui­dados infantiles llenos de amenazas y promesas de tortura, los rostros esclavizados de tantas mujeres a quienes quería querer pero cuyos espíritus habían sido derrotados en irreconocibles cúmulos de ilusiones, todo ello me había llevado a convencer­me de que yo estaba, todavía, después de todo esto, sola. Y vivía en un exilio cuya agitación interna y opacidad externa amena­zaban con hacer añicos mi cordura y abandonarme a la deriva por desiertos yermos mientras aporreaba sin cesar las puertas cerradas del parentesco.

Ahora hablaba Anna. Soy una mujer que está viva, oí que decía. Y mientras ponía en voz alta mis pensamientos, mi soledad empezó a desaparecer. Sentí de inmediato que la amaba.

Durante los meses siguientes Anna y yo vivimos práctica­mente juntas. Ella hablaba de cosas que yo sólo me había atre­vido a escribir en mis cuadernos de notas. Aun así estaba más traumatizada que yo por las exigencias de la maternidad. Había tenido dos hijos en el espacio de un año. No había siquiera considerado la posibilidad de dejarlos con canguros. Y constreñida a su educación católica, era incapaz de emplear métodos anticonceptivos y por tanto cada mes esperaba, sudando y temblando, a que le viniera la regla. Ya había tenido un aborto natural el mismo año que nació su hijo pequeño. Necesitaba algo que yo podía darle: le discutí su recato cristia­no y la acompañé al médico a ponerse un dispositivo intraute­rino. A cambio, de ella aprendí la incapacidad absoluta para esconder los sentimientos, por muy horribles y escandalosos que fueran.

Al confiar la una en la otra, y al ver que nos parecíamos tanto, empezamos a cuidarnos los hijos mutuamente. Y al hacerlo, pudimos llegar a concentrarnos en otras cosas aparte de nuestras reuniones.

Estudié los libros de mitología con una atención que no había logrado mantener en todo el último año. Anna asistía a un curso que le interesaba, paseaba sola por la ciudad, sola por primera vez en un año y medio. Cuando veíamos a los niños juntos, o por la noche cuando dormían, hablábamos de ellos.

«Los quiero y todo eso, pero los odio», decía.

«Moriría por él», recalcaba yo. «Todas esas películas de madres corriendo rodeadas de camiones y balas para salvar a sus hijos son ciertas. Yo prefiero mil veces morir a perderlos. Imagino que esto es amor» -dije estremeciéndome, y ambas nos reímos-, «pero él ha destrozado mi vida y yo vivo sólo para encontrar una manera de recuperarla.» Terminé lentamente, pues sin la segunda parte de la frase, la primera era una menti­ra podrida, una mentira que habíamos jurado abandonar.

«Estoy deseando que llegue mañana, ya que te toca a ti cui­dar a los niños» -decía- «pero a la vez me angustia dejarlos por la mañana.» Aprendimos siempre a que las frases debían estar formadas por dos partes, y la segunda aparentemente debía contradecir la primera, y su unidad residía únicamente en nuestra creciente capacidad de tolerar la ambivalencia, pues así es el amor maternal.”


El nudo materno (1976)
Editado por Moyra Davey
Ed. Alba, Barcelona 2007, pág. 66-69, 72-75
pinturas: Kathe Kollwitz

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