26 enero 2014

Cólera y ternura [Adrienne Rich]

 “Los momentos malos y los buenos son inseparables para mí. Recuerdo los días, la época en que, dando el pecho a cada uno de mis hijos, veía aquellos ojos totalmente abiertos mirando los míos, y me daba cuenta de que cada uno estaba aferrado al otro, no sólo por el pecho y la boca, sino también por nuestra mutua mirada: la profundidad, la calma, la pasión de aquella mirada azul oscura, maduramente dirigida. Recuerdo el placer físico al sentir que mi pecho pleno era succionado, en un momento en que no tenía otro placer físico en el mundo excepto el placer culpable de comer como si me drogara. Recuerdo, al principio, la sensación de conflicto, de un campo de batalla que ninguno de los dos había elegido, de ser una observadora que, me gustara o no, era, además, un actor en una lucha sin fin de voluntades. Esto era lo que para mí significaba tener tres hijos de menos de siete años de edad. Pero también recuerdo el cuerpo de cada hijo mío, la esbeltez cimbreante, la suavidad, la gracia, la belleza de los niños a quienes aún no se ha enseñado que el cuerpo del hombre debe ser rígido. Recuerdo momentos de paz cuando, por alguna razón, me era posible ir sola al baño. Recuerdo haber sido arrancada siempre del sueño ligero para responder a alguna pesadilla infantil, levantar una manta, calentar agua, conducir a un niño semidormido al cuarto de baño. Recuerdo haber regresado a la cama completamente despierta, con los ojos vidriosos de rabia, sabiendo que mi sueño interrumpido haría del día siguiente un infierno, que habría más pesadillas, más necesidades de consuelo porque, aparte de mi cansancio, sentiría rabia contra aquellos niños por razones que ellos no podrían comprender. Recuerdo haber pensado que nunca más soñaría (el inconsciente de la madre joven, ¿adónde confía sus mensajes, cuando el sueño le es negado durante años?).

Durante varios años evité recordar la primera década de las vidas de mis hijos. Como si fueran instantáneas de aquel período, veo a una mujer joven, sonriente, vestida con ropas maternales, inclinada sobre un bebé medio desnudo; poco a poco, deja de sonreír, ostenta una mirada distante, a medias melancólica, como si estuviera escuchando algo. Cuando mis hijos empezaron a hacerse mayores, yo comencé a cambiar mi vida, empezamos a hablar entre nosotros de igual a igual. Juntos vivimos mi abandono del matrimonio y el suicidio de su padre. Nos transformamos en supervivientes, cuatro personas diferenciadas con fuertes lazos que nos conectaban entre nosotros. Porque siempre traté de decirles la verdad, porque cada signo de su nueva independencia significaba para mí una nueva libertad, porque confiábamos en nosotros a pesar de desear cosas diferentes, ellos aprendieron, a una edad muy temprana, a confiar en sí mismos y abrirse a lo desconocido. Alguien me dijo en una ocasión que si ellos habían sobrevivido a mis ataques de cólera y a mis autorreproches, y todavía confiaban en mi amor y en el que sentían entre sí, se debía a que eran tres individuos muy fuertes. Sus vidas no han sido ni serán vidas fáciles, pero sus existencias me parecen un regalo para mí, en virtud de su vitalidad, humor, inteligencia, gentileza y amor a la vida, y de las distintas corrientes de sus vidas que, aquí y allí, se mezclan con la mía. No sé cómo pudieron llegar a ese reconocimiento mutuo y de cada uno a partir de sus infancias resguardadas y de mi maternidad resguardada. Tal vez aquel reconocimiento mutuo, superpuesto a la circunstancia tradicional y social, estuvo siempre allí, desde aquella primera mirada entre la madre y el hijo que succiona el pecho. Lo único que sé es que durante años creí que nunca había sido la madre de nadie; sentía mis propias necesidades de una forma tan aguda, que a menudo las expresaba con violencia. Fui Kali, Medea, la marrana que devora a su cría, la mujer indigna de ser mujer en vuelo hacia su feminidad, un monstruo nietzscheano. Aún hoy, cuando leo antiguos diarios míos, cuando recuerdo, siento dolor y furia; pero sus objetivos ya no son ni mis hijos ni yo. Siento dolor por la pérdida de todos aquellos años, y furia ante la mutilación y manipulación de las relaciones entre madre e hijo, que es la fuente original más importante y una experiencia de amor.”



Adrienne Rich
Cólera y ternura
Nacemos de Mujer. La maternidad como experiencia e institución.
Ed. Cátedra, Valencia 1986, pág. 70 - 71.

incluído también en: Maternidad y creación: Lecturas Esenciales
Editado por Moyra Davey
Ed. Alba, Barcelona 2007, pág. 97-99

Pintora: Elizabeth Nourse. "Mother and Three Children, (1906)"

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