15 diciembre 2013

La esencia del amor maternal [Ricardo Capponi]

"El concepto de amor cambia con la cultura. En la antigüedad, amar era una virtud -y en ocasiones, cuando se hacía pasión, una enfermedad-; en la Edad Media era uno de los caminos hacia la santidad; en el Renacimiento, una invitación al descubrimiento de la belleza y dignidad humana; y más tarde, en lo que conocemos como Romanticismo, se confundió con la valoración de emociones extremas. Durante el siglo XX se privilegió el amor solidario con un fuerte componente social."

“Me invitan a escribir acerca de la maternidad cuando pareciera que el entusiasmo por ejercer la maternidad estuviera decreciendo.

Vivimos en una cultura que proclama por todos los medios la importancia de la creatividad para el ser humano. Pero, ¿de qué creatividad se habla? Pareciera tratarse, en la mayoría de los casos, de una creatividad destinada a generar productos, en el sentido de bienes materiales que se obtienen por el trabajo sobre una realidad material que controlamos. No se incentiva la creatividad ligada a la consecución de frutos. El trabajo creativo que requiere generar un fruto es más paciente, es más exigente, porque no somos nosotros quienes manejamos el ritmo y la temporalidad. Debemos sujetarnos a esperar el momento oportuno para abonar, para regar, y necesitamos estar atentos a las circunstancias que pueden perturbar el desarrollo de ese fruto, preocupados de favorecer su desarrollo. Los beneficios no se ven en forma inmediata. Los frutos exigen paciencia y los logros asociados a su creación son, por lo general, intangibles.

En el caso de concebir un fruto humano, un hijo, lo central de la relación tenaz y de gran trabajo emocional que ese proceso involucra, radica en el amor. Una clase de amor que no es fácil, pero cuyos frutos, como todos los provenientes de las relaciones amorosas con los demás, se van alojando en nuestro mundo interno, nos enriquecen y colman de recursos que nos dan estabilidad afectiva y capacidad para enfrentar momentos difíciles.

Esas, entre otras, son algunas de las razones por las que siempre nos ha interesado tanto el tema del amor. ¿Dónde está lo esencial del amor? ¿Cómo detectar esa esencia? La psicología ha descubierto que el hombre es un animal de autoengaño, y que "no todo lo que brilla es oro". Así, no toda acción que parece ser amorosa realmente lo es. Puede ser un acto que encubre una manipulación, un apaciguamiento de la conciencia, un afán de brillo narcisista... ¿Qué es lo que caracteriza el amor? ¿Cómo definirlo de forma tal que, a partir de esa precisión conceptual, podamos descubrirlo cuando está presente y no confundirnos cuando está ausente y es solo apariencia?

El concepto de amor cambia con la cultura. En la antigüedad, amar era una virtud -y en ocasiones, cuando se hacía pasión, una enfermedad-; en la Edad Media era uno de los caminos hacia la santidad; en el Renacimiento, una invitación al descubrimiento de la belleza y dignidad humana; y más tarde, en lo que conocemos como Romanticismo, se confundió con la valoración de emociones extremas. Durante el siglo XX se privilegió el amor solidario con un fuerte componente social.

Hoy día manejamos un concepto de amor que ha incorporado los aportes del pasado. Además de incluir la generosidad que implica olvidarse de sí mismo para volcarse en el otro, exige como elemento esencial la existencia de respeto y lealtad, una solidaridad que lleve a denunciar la injusticia que pueda padecer aquel a quien amamos. Y como estamos cada vez más conscientes de nuestra tendencia a construir la realidad a nuestro antojo, a percibirla según nuestra conveniencia para evitar los dolores y las angustias que nos pueda despertar, sabemos que no puede existir amor si no se conoce en verdad a quien se ama.

El amor 2.0, el amor tal como lo concebimos en la cultura del siglo XXI, exige que estén presentes estas tres variables: generosidad, respeto y conocimiento en verdad.

En el amor maternal abundan estas tres variables. Podríamos decir que esta forma de amar es un paradigma; esto es, un modelo de lo que es el amor. La generosidad de quien ama con amor maternal incuba el desprendimiento total, que se muestra en una capacidad de contención abierta a tolerar que el objeto del amor agreda, desprecie, abandone y, aún así, permanecer siempre ahí, disponible, ofreciéndose, acompañando y ayudando. Esta capacidad de devolver bien por mal es exclusivamente humana. Los animales también sienten compasión y pueden ser generosos, pero no al límite de responder a una agresión con afecto. El amor maternal es respetuoso, se gratifica al asistir al desarrollo del hijo en su plena independencia, tolerando el sufrimiento de la separación inevitable de un ser a quien se estuvo unido física y mentalmente en forma simbiótica. La madre conoce a su hijo como nadie; desde que nace, se entrena en saber sus necesidades físicas y emocionales, y vive atenta a su devenir.

Esta forma de amar no es tarea fácil, y está expuesta a pervertirse. La persona que así siente amor corre el peligro de que su generosidad no sea sino el cumplimiento de un camino seguido para ser vista y verse a sí misma como ser virtuoso y abnegado, y compensar así deficiencias en su autoestima. Tal es la madre narcisa. Puede ocurrir también que el amor se transforme en deseo de posesión del otro, perdiéndose el respeto a la persona del hijo e impidiéndole su desarrollo en independencia y autonomía. Son las madres posesivas y sobreprotectoras. E incluso sucede que el conocimiento del hijo no sea objetivo, sino una proyección en él de las propias necesidades e insatisfacciones. Es lo que define a una madre manipuladora.

Todo ello nos pone frente a una realidad que, si bien no es ni absoluta ni categórica, sí es consistente. Y es que el logro de esa realización en el amor cuya expresión más alta se da en el ejercicio de la maternidad, requiere de un tercero, la pareja. Porque la pareja da la estabilidad afectiva que proviene del amor recibido, que ayuda a volcarse en generosidad hacia el hijo. Porque la pareja pone límites a ese comprensible deseo de posesión de la madre sobre el hijo, y también del hijo sobre la madre. Porque la pareja puede ayudar a corregir las distorsiones en la percepción de la realidad del hijo según los propios deseos. La pareja ayuda a que la madre se instale en un amor generoso, respetuoso y centrado en la verdad, y evita el narcisismo, la posesividad, la sobreprotección y la manipulación.

En términos generales, el amor tal como lo concebimos hoy es exigente, y para su realización se necesita que se desarrolle en y con otros, en las redes afectivas que nos ayudan a evitar que nuestras necesidades egocéntricas lo perviertan.”


La esencia del amor maternal
“7 hombres descifran a la madre chilena”.

ilustración: Lauri Blank

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