04 noviembre 2013

lo que aprendí con los castigos

Si mi madre hubiera sabido lo que yo aprendí con los castigos, probablemente no me hubiera castigado nunca. Porque con los castigos se aprende y mucho, eso es indudable, pero ¿qué  se aprende?
Yo, por lo pronto, aprendí a desarrollar la visión estereoscópica, lo cual he de reconocer que me hizo muy popular en el cole cuando se pusieron de moda los libros de 3d. Y es que, cuando una tiene que quedarse de pie mirando a la pared durante una hora para reflexionar sobre sus propias maldades, desarrolla recursos para no aburrirse los 59 minutos que le sobran; y realmente un empapelado tipo Almodóvar da para mucho.
¡Ah, con esa pared también hice mis primeros pinitos de bricolaje casero! Cuando me cansé de las vistas comencé a hacer un agujero para ampliar horizontes, ¡menos mal que di con el tocho, que si llega a ser de pladur, aún seguiría castigado mirando a la pared al ventanal!

He comenzado mentando a mi madre, pero evidentemente ella no era la única que me castigaba. De hecho, cuando era niña, parecía que cualquier adulto que supiera tu nombre y apellidos tenía la obligación de ilustrarte sobre educación y modales.
Las profes de mi cole por ejemplo, se tomaban ese deber educativo muy en serio. Gracias a ellas logré una rapidez para engullir que ya quisiera para sí la boa de "El Principito". Y es que, cuando la alternativa a que te paseen por todo el colegio con un chicle pegado en la frente, es tragarte el arma del delito, la amenaza de que el estómago se te quede pegado es un riesgo que vale la pena correr. (Por cierto, aún tengo el tic de tragarme los chicles y mi estómago funciona perfectamente. ¡Ah! y tampoco me he quedado ciega... ;-)

Además, imagino que por esto de que la repetición lleva a la excelencia, gracias a los castigos comencé a adquirir habilidades de superhéroa. ¡Ahá, ahí te ha picado la curiosidad!
Pues sí, el hombre invisible a mi lado era un tipo indiscreto ¡increíble como conseguía pasar desapercibida cuando presentía días tormentosos!. Y era más veloz que Flash, en menos de un parpadeo conseguía teletrasportarme de “el lugar de los hechos” al punto más lejano de la casa. Y qué decir de la superaudición que detectaba movimientos adultos en un amplio radio mientras “cogía prestadas” las galletas de las visitas...
Venga, confiesa, que estamos entre amigas, ¿a qué tú también tenías súper poderes?

Ainnnsss, son muchas las cosas que aprendí con los castigos. Y fíjate tú que no consigo recordar exactamente ni porque me castigaban, ni que debería haber aprendido con ello.
“Curiosamente” lo que si me han quedado son sensaciones de impotencia, de injusticia, de desconfianza, de abuso de poder.

Sí, son muchas las cosas que aprendí con los castigos. Ahora consigo reírme de algunas de ellas pero sinceramente otras no me hacen ni media gracia.
Porque se me han quedado tan grabadas en la piel que parecen un tatuaje, y solo se borran sacándome la piel a tiras. Y duele que te cagas.

Creo que los adultos que me cuidaban no me hubieran castigado si hubieran sabido que lo que yo aprendía realmente de sus intentos de enmienda era desamor; que lo que yo aprendía era que no podía confiar en ellos y en sus estados de ánimos cambiantes y arbitrarios; que lo que yo aprendía era a apartarme de su paso, a no pedir ayuda, a no mostrarme vulnerable.
Que lo que yo aprendía, con su pretendida superioridad moral, era que no merecía la pena exponer mis razones,  porque el juicio ya estaba visto para sentencia aún antes de sentarme en el banquillo, y que la razón última era siempre la del  más fuerte. 
Que con sus sermones pomposos sobre la realidad yo aprendía a mentir, a buscar aliados que me sacaran del apuro o victimas expiatorias que me libraran temporalmente de mis culpas. Eso sí, no vamos a quitar méritos, también aprendí empatía y solidaridad con los otros reos.
Si, gracias a los castigos aprendí a construir una fachada de niña buena que me protegiera de las primeras sospechas, a convertir el fuego del rencor en venganzas silenciosas, a evadirme emocionalmente, a refugiarme en un lugar dentro de mí misma donde no sentir el dolor, la humillación o la injusticia.

Definitivamente, creo que si mi madre hubiera sabido lo que me estaba enseñando con los castigos, se hubiera ahorrado la lección. 



fotografía: Aleksander Smid

5 comentarios:

  1. Es una reflexión maravillosa y muy lúcida... es curioso, además, que me haya llegado tu artículo cuando hace un par de días, en una lid internaútica precisamente generada por mis comentarios-denuncia a los castigos del colegio al que iba de pequeña, se me ocurrió esta genial idea de que en realidad era un cole de súperheroes, al que yo había ido a desarrollar todos esos súperpoderes de los que hablas...e incluso he llegado a pensar que era todo un montaje y que yo estoy actuando en alguna clase de megareality show interestelar con un papel principal de súper heroína...jajajjaa...lo cierto es que esas experiencias también me han hecho una persona "especial" en el buen sentido, muy pasional, auténtica, empática, sensible, creativa....o, si no me lo han hecho ellos, ya los tenía y se ha demostrado entonces que es imposible ir en contra de la naturaleza que tenemos... de cualquier manera, me ha gustado mucho el artículo, la foto es genial, pues resume en un golpe de ojo toda la mecánica del castigo...genial...enhorabuena y gracias, sigue pa'lante....te propongo un tema peliagudo: ¿qué hacemos cuando nosotros, que tenemos el tema tan claro, nos ponemos "maltratadores" con nuestros propios hijos? ¿A ti no te ha pasado alguna vez? No los castigas pero a lo mejor les hablas llena de agresividad y rabia, Dios Mío, es horrible....yo siempre pido disculpas y explico incluso de donde procede esa conducta, e incluso ya soy capaz de que, cuando me atrapa la rabieta, gritar en do menor....o desfogarme sin dirigirlo a mi hijo....en fin, agradecería un cable en este tema....por cierto, por si te interesa, escribo en un blog www.nubesporelcielo.blogspot.com, tengo los derechos de autor de todo su contenido, y, de compartir, debe citarse mi autoría....ya sabes: "Lo cortés no quita lo valiente", eso también me lo grabaron bien a fuego....y es una buena lección...;-)

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    1. Gracias por tus palabras Auna,
      He leído sobre tu antiguo cole en tu blog y no me extraña que la reacción de algunos de tus compañeros haya sido expulsarte del grupo, a la mayoría de las personas nos resistimos a reconocer que ese mal trato existió porque eso significa asumir que fuimos maltratadas y también que participamos en el maltrato (aunque fuera por omisión).

      Sí que es peliagudo el tema, sí; yo en eso estoy, en no perpetuar la violencia.
      A mí lo que me sirve es prestar atención a lo que está pasando dentro de mi cuando se genera un conflicto, detectar que es lo que realmente me irrita de la situación. ¿Estoy enfadada porque mi hijo no se quiere poner los zapatos para salir? ¿o porque mi hijo “me está dejando en mal lugar” delante de fulanito? ¿o porque no se quiere poner los zapatos que yo quiero, a la velocidad que yo necesito, para ir a un sitio que a él no le apetece en absoluto? La mayor parte de las veces solo con ese darme cuenta ya puedo ponerme en su lugar y ver también cual es su necesidad.
      Pero claro, a veces no tengo esa capacidad de empatía y le lanzo un berrido. Y luego me siento fatal. Antes me culpaba y me autofustigaba. Ahora… hablo con mis amigas madres, con mi pareja, lo aireo con otros adultos y sobre todo soy compasiva conmigo misma. Creo que a nadie nos gusta hacer daño a los otros y que si somos dañinos es porque estamos dañados así que cuando me siento rabiosa me recojo, me mimo y me cuido para poder seguir cuidando.
      Un abrazote,
      Ika

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  2. Anónimo11/05/2013

    Me ha gustado tu post aunque me ha dado tristeza. Realmente mi experiencia es que "soy una buena chica" y creo que no tengo malos recuerdos de castigos aunque mi autoestima no fuera ejemplar (por suerte va creciendo con la edad). Pero ahora que soy madre recurro a los castigos de 5 min pensando o "te quedas sin..." y el efecto que estoy viendo se parece más al tuyo. Eso me da mucha pena y quisiera cambiarlo pero ¿Qué hacer cuando se agotan los recursos y la paciencia y el niño o no hace lo que pides o se ríe de tu regañina? las dudas me asaltan, especialmente de noche....

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    1. Hola Anónim@,
      Si hay algo que tiene la maternidad es que desarrolla la creatividad, estoy segura que encontraras una manera de resolver los conflictos de una manera que os haga sentir cómodos a los dos. ;-)
      ¿Qué harías si en lugar de ser tu hijo fuera una amiga, o tu pareja la que no hiciera lo que le pides o se ria de tu enfado?
      Yo hablaría con ella, le diría como me siento, escucharía sus motivos para negarse, pactaría… A veces los adultos somos muy cabezones y pedimos a los niños cosas bastante absurdas sin tener en cuenta su opinión para nada, a veces si nos viéramos desde fuera también nosotros nos reiríamos de nosotros mismos de nuestras perdidas de papeles.
      Un abrazote de niña no tan buena ;-)
      ika

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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