20 noviembre 2013

El respeto que les debemos a nuestros hijos [Léandre Bergeron]

"¿De dónde sacamos esta mentalidad retorcida que impulsa a los obstetras a agarrar al recién nacido de una pierna, a levantarlo como un jamón y a golpearle las nalgas para hacerle gritar, para ayudarle a tomar su primer aliento? Incluso los bárbaros más bárbaros nunca hicieron eso a sus hijos recién nacidos. El silencio pacífico de este recién nacido nos dice que hemos tomado las decisiones correctas hasta ahora. ¿Por qué no puede este excelente comienzo permanecer con nosotros durante el resto del tiempo que estemos juntos?"

14 de mayo
Emerge de entre las piernas de su madre, con su moño de emperador chino, cubierta de una loción verdosa que la hace parecer como una estatua clara jade, yo inmóvil, arrodillado, extendiendo las manos para cogerla, ¿cómo no sentirme impresionado? Una completa maravilla. Toma su primer aliento con naturalidad, abre sus ojos y me ofrece una mirada que es de otro mundo. La coloco en el vientre de su madre. Un silencio sagrado reina en el ambiente, en toda la casa. Ella mira a su madre como me ha mirado a mí y luego cierra los ojos como si quisiera decir que todo está sucediendo como debe ser.

Creo que fue en ese momento que sentí y entendí el respeto que les debemos a nuestros hijos.

¿De dónde sacamos esta mentalidad retorcida que impulsa a los obstetras a agarrar al recién nacido de una pierna, a levantarlo como un jamón y a golpearle las nalgas para hacerle gritar, para ayudarle a tomar su primer aliento? Incluso los bárbaros más bárbaros nunca hicieron eso a sus hijos recién nacidos.

El silencio pacífico de este recién nacido nos dice que hemos tomado las decisiones correctas hasta ahora. ¿Por qué no puede este excelente comienzo permanecer con nosotros durante el resto del tiempo que estemos juntos?

¿Por qué hay con frecuencia una ruptura en la relación con nuestros hijos? Al nacer, los miramos con asombro y estamos centrados en nuestro hijo. Lo encontramos hermoso, increíble y todo lo demás, pero, un día, más temprano que tarde, esta maravilla inicial se extingue. Nuestra rutina diaria no fomenta sentimientos de respeto por nuestro hijo, sino que se convierte en la tarea de "educarla". El está demandando. Tenemos que cambiarle los pañales o la ropa quince - incluso veinte veces - un día, alimentarle diez o doce veces ese mismo día, calmarle durante horas. La grieta en la relación inicial se ha formado. Perdemos nuestra paciencia. Nuestro hijo ya no es el milagro que fue una vez, sino una obligación que tenemos para lavar, limpiar, alimentar y educar.

Sospeché cuando Deirdre nació, que si los padres supieran cómo satisfacer las necesidades de sus hijos, los niños nunca se convertirían en tareas, sino que seguirían siendo, en cambio, una fuente diaria de alegría inagotable. Dieciocho años después, puedo decir que mi intuición era correcta.

Si no lloró cuando nació, es porque no fue torturada - antes, durante o después del nacimiento. Esto quiere decir que se sentía cómoda en el vientre de su madre, gracias a un embarazo tranquilo, gracias a una dieta saludable. Esto significa que ella salió cuando su pequeño cuerpo sintió que era el momento y no de acuerdo a la apretada agenda de un doctor. Esto significa que fue recibida en este infierno con las manos esperando, brazos abiertos, el corazón abierto y, sobre todo, una mente abierta. Fue recibida sin prejuicios, sin angustia, sin el temor que hace que nuestras mentes asustadas creen precisamente los problemas que esperábamos evitar. Esto significa que nada, ni nadie, puede detener su pleno desarrollo, siempre y cuando yo esté allí para cuidar de ella.


fragmento del libro "Comme des invités de marque" 
extraído de la versión inglesa "For the Sake of Our Children"
(por lo que sé no está editado en castellano)
tradución libre por ika tawa 
 vía: Natural Life Magazine
ilustrador: Graf n'Arq

1 comentario:

  1. Ya antes de ser madre me preguntaba cómo era posible que un bebé pasara de ser una ilusión a una carga. Todavía me lo sigo preguntando. ¿Cuál es el momento en el que los padres dejamos de maravillarnos ante la presencia de nuestro hijo? ¿cómo sucede? ¿por qué? ¿quizá cuando nos encontramos con el bebé real, más allá de nuestras proyecciones? ¿quizá es porque estamos tan inmersos en la rutina que no somos capaces de estar presentes en nuestra vida, de pararnos a mirar, de “ re-spectare”?
    Exigimos respeto a nuestros hijos, para con nosotros, para con los otros, para con las normas sociales. Les exigimos. A ellos. Pero con nosotros somos muchos más indulgentes. Tal vez ni siquiera nos planteemos que el respeto es debe darse en las dos direcciones.
    Si. En algún momento cambiamos el placer por el deber, la complacencia por la “educación”, en algún momento dejamos de regocijarnos ante su presencia y los convertimos en nuestra obligación, en nuestros enemigos.
    En algún momento les perdimos y nos perdimos. Pero siempre podemos re-encontrarnos, podemos volver a mirar, a confiar, a respetar.

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