12 noviembre 2013

con la cara lavada y recien peiná

Oficialmente diré que empecé a maquillarme a eso de los 15, cuando empecé a salir con la cuadrilla del instituto. Un poquito de brillo en los labios y algo de rímel, lo suficiente para sentirme mayor y no desentonar en la sesión de tarde de la disco.
Extraoficialmente dejo a tu imaginación los resultados de las sesiones comunales de “preparación para salir” de un grupo de quinceañeras efervescentes en plenos ochenta. ¡Después de esas tardes el maquillaje de Halloween es pan comido!
Experimentación juvenil aparte, lo de pintarme la cara siempre me pareció algo incómodo y pringoso y, muy a mi pesar, nunca llegué a dominar las increíbles técnicas de “arquitectura facial” que pregonaban en las revistas de moda.

Creo que fue a eso de los 18, cuando empecé a trabajar, cuando comencé a maquillarme a diario. Y es que ya se sabe, para trabajar de cara al público hay que ir arreglada. No pintada como una puerta, pero tampoco con la cara lavada, que hay que demostrar que se es profesional.  Vamos, que le tuve que pillar el truco a eso de maquillarme para que no se notara que iba maquillada. Menuda gilipollez, ahora que lo pienso.
Y, como para presumir hay que sufrir, el kit básico de cosméticos (léase base, blush, delineador, rimmel, sombra, rouge y perfilador) pasó a formar parte de mi bolso. Igual que paso a ser parte de mi rutina emplear cada mañana 5 minutos delante del espejo. Venga va, quien dice 5 dice 20.
Así seguí durante años. Salir de casa sin pintarme era algo que ni me planteaba, era como salir desnuda.
No sé cuándo dejé de maquillarme. Probablemente cuando cambié de trabajo y me di cuenta del absurdo de levantarme 5 minutos antes para estar presentable delante de la pantalla del ordenador. O quizá cuando tuve un problema en la vista y me frotaba tanto los ojos que a media mañana parecía un mapache apaleado. Desde luego, sé que cuando me vi en la tesitura de manchar de carmín la recién estrenada piel de mi hijo, la bolsita de maquillaje quedó exiliada del bolso y se quedó en el baño para “ocasiones de emergencia social”.

El caso es que el otro día, a mitad de camino hacia una cena con las amigas, caí en la cuenta que ¡había salido de casa con la cara lavada!
“¡Quién te ha visto y quién te ve!” -me recriminó momentáneamente la quinceañera- y luego comencé a reírme yo sola. Y de repente me sentí tremendamente liberada.

A ver cómo explico yo la importancia de este hecho para mí…
No se trata solo del tiempo que empleado, y eso que “cinco” minutos al día durante 25 años son ¡760 horas! 30 días de mi vida que he empleado mirándome al espejo deseando que mis pestañas fueran más espesas, o mis labios más rojos o mis ojos más grandes o cualquier otra memez semejante. ¡Vaya pérdida de tiempo! No puedo evitar preguntarme cómo sería mi vida si esos 5 minutos diarios los hubiera dedicado a meditar, cosa para la que irónicamente nunca encontré tiempo.
Tampoco es cuestión de dinero, sinceramente prefiero no echar cálculos del pastizal que me he dejado en potingues varios.
Se trata del hecho de fondo, de no haber cuestionado la premisa básica de que por ser mujer tenía que arreglarme para salir a la calle. ¿Arreglarme? ¿Por qué? ¿Acaso estoy rota, tarada, defectuosa? ¿Para qué? ¿Tan horrenda soy con la cara lavada que preciso ponerme una máscara que me la tape?

¿Me estoy poniendo dramática? No, efectivamente nadie me puso una pistola en el pecho para que me pintara la raya. No hizo falta. Un lavado cerebral publicitario desde la más tierna infancia es más efectivo. Y si la neurosis es colectiva el condicionamiento ya roza lo perfecto. Miles de horas de televisión, cientos de páginas de revistas que me convencieron que como mujer debo cuidar mi imagen.
Sí, me vendieron la moto y yo me la compré sin ni siquiera enterarme. Cosas de la edad y la presión social, supongo. Aunque me jode horrores haber sido tan ingenua.

He puesto como ejemplo el maquillaje por comenzar por algún sitio, y porque como mujeres prácticamente todas tenemos un vínculo emocional con los cosméticos desde la infancia: mamá pintándose, mamá maquillándonos, las fantásticas y codiciadas pinturas de mamá, esas que estaban vedadas a las niñas y que parecían guardar parte del secreto de la hermosura y la femineidad de nuestra mamá.

En realidad, el maquillaje es solo la punta del iceberg. Como mujeres, todas podemos hacer un recuento del tiempo y el dinero que hemos gastado en peluquería, depilación, dietas, cremas milagrosas, solárium, gimnasios, cirugía… Mucho. Demasiado.
Lo que no sé si tenemos tan presente es la energía que hemos dedicado a intentar ser diferentes a lo que somos, de las veces que nos hemos mirado al espejo con odio por no ser lo suficientemente [rellenar con el adjetivo deseado], por no adaptarnos a los cánones de belleza socialmente impuestos. Odiarnos por ser como somos, odiarnos por no ser otras.
No conozco a ninguna mujer que se haya librado de esta esclavitud, que no tenga, o haya tenido, problemas de alimentación o de autoimagen. A ninguna.
Nosotras, las supuestamente liberadas mujeres occidentales del siglo XIX estamos amarradas e inmovilizadas con las cadenas seductoras e invisibles de “la belleza”. Es dramático. Absurdo y dramático.
A estas alturas, el tiempo y el dinero no me lo van a devolver, (tampoco tengo a quién reclamárselo) pero al menos la dignidad la estoy recuperado. La dignidad de sentirme hermosa tal y como soy.  Aunque, no os voy a engañar, hay muchos días que me lo tengo que repetir cientos de veces para creérmelo. Por algo se empieza. En mi caso, por salir a la calle con la cara lavada y recién peinà.
Mira que me lo decía mi abuela: "No te pintes en la cara  colores artificiales que los tuyos son bonitos y además son naturales. Con la cara lavada y recién peina, niña de mis amores que guapa estas". Va por ella.


música: Manolo Escobar "Que guapa estás"
ilustración de autor desconocido, modificada por ika tawa

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