30 noviembre 2013

juicios dañinos

Es fácil juzgar. Muy fácil. Decir a los otros lo que tienen o no tienen que hacer. Opinar sobre sus vidas. Muchas veces lo hacemos con la mejor de las intenciones. Otras simplemente por rellenar el silencio o por pasar el rato. Aconsejar es un deporte nacional y cuando se trata de maternidad parece ser casi, casi una obligación. El sentarnos, quedarnos “mano sobre mano” y simplemente escuchar lo que el otro necesita expresar, el acompañar su vivencia desde el respeto y la empatía, sin emitir juicios de valor, es algo que en la mayoría de los casos no hemos aprendido a hacer.
Paradójicamente, eso que nos resulta tan complicado ofrecer, es justo lo que buscamos en el otro, un testigo compasivo, que simplemente nos escuche desde el respeto, que nos tienda una mano y nos haga saber que cree en nosotras, que nos infunda la fortaleza para buscar y encontrar las respuestas en el único sitio donde podemos encontrarlas: en nosotras mismas.
Pero difícilmente vamos a poner a buscar nada si estamos ocupadas protegiéndonos de juicios ajenos, ¿no?.
Sí, es muy fácil juzgar. Y muy dañino. Para nosotros y para nuestro interlocutor. Ojo, no digo silenciemos nuestra expresión genuina, que no expresemos nuestro punto de vista, pero si queremos construir, en lugar de derribar, hemos de aprender a hacerlo con honestidad y “ama-habilidad”, hablando sobre la situación, no sobre la persona y siempre desde la propia vivencia. Y escuchando, escuchando mucho (que para eso tenemos dos orejas y una sola boca), escuchando lo que el otro nos dice y escuchando lo que sus palabras van despertando en nosotras.

Es muy, muy importante para mi aclarar este punto. Sé que muchos de los textos que publico en el blog son incómodos. Hablan de violencia y eso remueve. Y es justamente lo que busco, remover, causar picores, despertar conciencias. No con la voluntad de señalar ni de herir a nadie, sino como punto de partida para comenzar a reconocer las heridas individuales y sociales y poder hacer algo con ellas (preferiblemente sanarlas, aunque con verlas ya me doy por satisfecha).
Os cuento todo para evitar malentendidos,  para dejar claro que mi intención no es en ningún caso juzgar formas de hacer diferentes a las mías, sino ofrecer información y puntos de vista que me resultan interesantes, que me han invitado a reflexionar y a replantearme cuestiones que daba por sentado por pura inercia.
Quiero decir que todas y cada una tenemos nuestro camino. Y bastante tengo yo con ir vislumbrando el mío propio como para ir señalando el de los demás. Eso sí, podemos encontrarnos en los cruces y aligerar mochilas y compartir mapas, bocadillos y ungüentos para las ampollas.

No se me ocurre mejor manera de finalizar este post que compartiendo un  corto que ilustra todo lo que quiero expresar. Por muy en desacuerdo que yo esté con las cesáreas (programadas o innecesáreas) no se me ocurría señalar a otra mujer por haber elegido esta opción. Porque más allá de lo que yo pueda haber leído sobre el tema, de mis particulares creencias y modos de ver, y por encima de todo esto, hay una persona, una mujer, una madre con su vivencia. Y ella y solo ella, sabe de qué va realmente la historia.


[transcripción]
-Sólo serían quince días. Llevo dos años preparándome esa oposición, sabe? Un temario... ni se lo imagina, como las páginas amarillas de gordo: el procedimiento administrativo local, las fuentes del derecho público... Tuve que apuntarme a una academia y dejé de trabajar para poder estudiar a tiempo completo. Y vivo de mis padres y de mi novio. Eso es lo peor. Con 32 años tener que ir con mi madre a comprarme ropa como si fuera una niña pequeña, o que me sigan regalando dinero en mi cumpleaños o en Navidad, que mi novio me pague los cafés o el cine cada vez que salimos de casa. 
He intentado conseguir una segunda convocatoria pero en mi caso no se contempla y estuve con un sindicato recogiendo firmas, pero nada. Y claro, yo veo a mis amigos que tienen su vida más o menos resuelta, sus trabajos... Y yo, pues, si encima pierdo la oportunidad de hacer ese examen serán dos años perdidos del todo. No sé, como si un pintor tardara dos años en pintar un cuadro y después lo quemara. Además, si no puedo hacer ahora ese examen, igual tengo que esperar dos años más porque el ayuntamiento de aquí es pequeño y apenas hay puestos para administrativo. Bueno, y eso, si se jubila o se muere alguien.
Sé que parece una paradoja pero lo hago por mi hija. ¿Cómo voy a resolverle la vida a mi niña si la mía todavía está en el aire? Por eso necesito pedirle esos quince días a cambio de un puesto de trabajo fijo. Dos semanas a cambio de una vida mejor. ¿Cree que soy una mala madre ya antes de serlo?
- ¿Qué día sales de cuentas?
- El 4 de noviembre, un día antes del examen.
- Si quieres podemos arreglar una cesárea para el 21 de octubre.
- Muchísimas gracias.
- No hay de qué. Te entiendo. Yo estuve de interino muchos años.
Ahora será libra.
- ¿Cómo?
- Tu hija iba a ser escorpio. Ahora será libra.
- Libra. Es un buen signo.
"Libra" (2006)
ilustración: Gabriel Moreno
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29 noviembre 2013

Desmadres, enmadres y comadres [Concepción Alba Romero, Isabel Aler Gay, Ibone Olza Fernández]

"Las mujeres continúan pagando un desproporcionado e inequitativo peaje sea cual sea la opción que adopten con respecto a la maternidad en un momento u otro de sus vidas, ya sea distanciándose (desmadres), ya sea acercándose (enmadres) o hermanándose (comadres) más de lo debido según los cánones patriarcales y capitalistas de los tiempos modernos, pues son hijas de un crimen-secuestro histórico, material y simbólico, que persiste: el matricidio o la negación de la autoridad creadora de las madres (Sau, 2004) y del reconocimiento de su trabajo de cuidados cotidianos."
"Comprender la evolución de la maternidad en la sociedad española desde las experiencias de las mujeres, requiere contextualizar la evolución de los discursos normativos dominantes y emergentes existentes al respecto, y evaluar el lugar que las vivencias de las madres actuales ocupan en ellos a partir de las posibles formas de articulación narrativa que han podido lograr o fracasar como estrategias de empoderamiento personal y colectivo. En el contexto histórico y político de la transición democrática hasta la actualidad, se suceden y cohabitan tres movimientos de mujeres cuyas posiciones -de desmadre, enmadre y comadre- con respecto a la maternidad, se comprenden mejor como estrategias interdependientes de empoderamiento social frente a la incapacitación política heredada.

En realidad se trata de tres posiciones discursivas y vitales que conforman el proceso inter-generacional de empoderamiento colectivo de la maternidad, pues al tiempo que se perfilan como tendencias predominantes entre diferentes colectivos y generaciones de mujeres que conviven hoy en la sociedad española, también se dan en singular combinación e intensidad como mudables tendencias predominantes o potenciales en cada mujer según las circunstancias más o menos sedentarias o nómadas de su trayectoria vital (Braidotti, 2004).


Las decisiones de desmadrarse, enmadrarse y comadrarse que toman las mujeres, reflejan diversas actitudes vitales de apertura y de cierre, de insumisión y sumisión en que la delgada línea roja que separa lo saludable de lo patológico, el empoderamiento de la incapacitación, se va perfilando día a día, mientras que lentamente se van tomando las riendas de la necesaria reescritura de una historia milenaria que ha cercado políticamente y vaciado socio-culturalmente la autoridad de las madres bajo el patriarcado.

Las mujeres continúan pagando un desproporcionado e inequitativo peaje sea cual sea la opción que adopten con respecto a la maternidad en un momento u otro de sus vidas, ya sea distanciándose (desmadres), ya sea acercándose (enmadres) o hermanándose (comadres) más de lo debido según los cánones patriarcales y capitalistas de los tiempos modernos, pues son hijas de un crimen-secuestro histórico, material y simbólico, que persiste: el matricidio o la negación de la autoridad creadora de las madres (Sau, 2004) y del reconocimiento de su trabajo de cuidados cotidianos.

Una autoridad truncada y trucada en los anales escritos de las ciencias por un modelo científico segregado, precisamente porque las madres trabajadoras don el testimonio más tangible de la necesidad de cuidar del vínculo indivisible entre individuo, naturaleza, sociedad y cultura.

Al inicio de la transición democrática tras la muerte del General Franco en 1975, el escenario de la maternidad era el resultado de cuarenta años de adoctrinamiento y legislación en el nacional-catolicismo de la dictadura franquista: el modelo de mujer es el de madresposa patriarcal sometida maritalmente como trabajadora doméstica a destajo, marginada políticamente de lo público salvo para propagar las obligaciones de tal servidumbre, por tanto, culturalmente devaluada y excluida científicamente al tiempo que sublimada religiosamente.

En este contexto, una tras otra, una junto otra, incluso una frente a otra, tres generaciones de mujeres a lo largo y ancho de la inconclusa transición democrática de la sociedad española, se van alternando el liderazgo de la vanguardia política feminista y del movimiento social de mujeres para denunciar y posicionarse sobre la conflictiva relación entre ciudadanía y maternidad, que se manifiesta en la creciente contradicción entre el ejercicio y disfrute de la ciudadanía (derechos sociales, laborales y económicos individuales) y la dedicación a la maternidad (a más de una –maternidad- menos de la otra –ciudadanía-), y que se traduce en la injusta y masiva brecha entre los cuidados que dan y los que reciben las madres hoy, a pesar de los cambios sociales habidos en la mejora de la situación social de las mujeres en España.

La coincidencia en el año 1975 de la muerte del General Franco y la declaración por la ONU del año internacional de la mujer para hacer visible la grave situación de opresión y discriminación en que viven la inmensa mayoría de las mujeres del planeta, aceleran una organización feminista en la que muchas mujeres eran militantes de la resistencia franquista en partidos políticos de izquierda (Nash, 2004; Varela, 2005).


Desmadres en los años 70/80 para lograr la igualdad democrática básica

En aquel contexto inicial de la transición democrática fue una prioridad feminista negarse a reproducir los modelos patriarcales de madres, sin plantearse directamente cómo cambiarlos, centrando las reivindicaciones en el derecho a elegir libremente la maternidad y por tanto también a rechazarla, y en la creación de centros de planificación familiar que lo garantizasen. Los desmadres de estas mujeres se deben al rechazo a convertirse en madresposas patriarcales como modelo dominante de mujer, planteando como reivindicaciones inmediatas la exigencia de libertad para las mujeres todavía encarceladas acusadas por delitos sexuales (adulterio, aborto, prostitución) derivados de los derechos de dominación de los hombres sobre sus cuerpos y sus tiempos a lo largo de sus vidas, y la promoción de sus derechos reproductivos, educativos y laborales secuestrados durante la dictadura franquista.

De hecho hasta la aprobación de la Constitución Española en 1978, cuya elaboración solo tuvo padres políticos, las mujeres estaban obligadas por ley a obtener permiso de sus maridos para poder trabajar fuera de casa. La obtención de credenciales educativas para la incorporación al mercado de trabajo centró la estrategia de liberación de la obligación conservadora de convertirse en madres-esposadas. Del deseo de maternidad se hablaba poco en positivo, y no era para menos, ya que el discurso feminista priorizó la necesaria denuncia, investigación y divulgación de los perversos mecanismos de una socialización forzosa para llegar a “desear” convertirse en madres esposadas.
A los desmadres de estas mujeres afines al feminismo de la igualdad, les debemos la insumisión básica: la negación de la maternidad como obligación y sometimiento al hombre. Su activista contribución política e intelectual ha sido la base fundamental para la redefinición de un estatuto político de igualdad de derechos entre hombres y mujeres, sobre la que se asienta la continuidad del proceso de liberación de las mujeres españolas de las siguientes generaciones.



Enmadres en los años 80/90: reconocer la autoridad cultural de genealogía materna 

Con la incorporación progresiva a las instituciones educativas y académicas como alumnas, profesoras e investigadoras, sobre todo a partir de los años ochenta, las mujeres feministas, militantes y académicas de los estudios de género, coinciden en la necesidad de reivindicar la importancia negada a la contribución cultural de las mujeres, de reconocer la autoridad creadora de las literatas, escritoras y pensadoras, científicas, artistas y políticas, y de rescatar del anonimato las relevantes contribuciones de las mujeres en la vida cotidiana de la historia social de los pueblos, todas ellas marginadas de la memoria histórica a pesar, o precisamente por, sus necesarias o adelantadas aportaciones sociales y políticas.

A estas mujeres les une la necesidad de enmadrarse en torno al reconocimiento del magisterio cultural de autoridad femenina. Son mujeres que comparten tanto el malestar derivado de una memoria ahuecada por la forzada y tergiversada ausencia de madres creadoras de cultura, como la decisión de reconstruir una memoria femenina devastada. Ellas activan la motivación de enmadrarse para investigar sobre la genealogía del liderazgo femenino, y hacen explícita la necesidad de reconocer la filiación cultural, ideológica y emocional para sentirse hijas simbólicas de una genealogía de mujeres reconocidas como madres creadoras de cultura.

Obras y legados culturales en los que se rastrean otras miradas alternativas a la devaluada contribución atribuida a las mujeres patriarcalmente madresposadas. Miradas y testimonios a los que dan luz públicamente para empoderarse colectivamente desde la órbita del feminismo de la diferencia.
Sin el trabajo político e intelectual del feminismo de la igualdad y del feminismo de la diferencia, la siguiente generación de mujeres comadres no podría articular la recuperación de otros sentidos de emancipación colectiva desde una mirada equitativa más integradora (la igualdad de la diferencia) en la órbita del ecofeminismo.


Comadres en los 90/2000: recuperar la auto-regulación del proceso de maternidad

“Las comadres de hoy son mujeres que como madres insumisas protagonizan un movimiento social todavía minoritario pero creciente, de un activismo de alta intensidad personal y profesional en las implicaciones materiales, emocionales y morales de los cuidados de las criaturas; son mujeres que viven con conciencia de género sus procesos de transformación en madres, en los que experimentan y comparten el placer y el dolor desde las entrañas, a causa del estrés al que progresivamente se somete el complacer humano ya no sólo en la concepción, sino en la gestación, el nacimiento y la crianza porque son procesos en los que las comadres encarnan las vivas contradicciones de la (prohibida) interdependencia biológica, social y cultural de vida humana; son mujeres que intentan recuperar el sentido de lo sentido –culturalmente ocultado- en la sexualidad reproductiva al expresar colectivamente sus “co-razones” de madres en la relación con sus hijos/as en contextos patriarcapitalistas; son comadres insumisas porque habiendo recobrado en gran parte su voz como mujeres, salen al encuentro personal y colectivo, presencial y virtual –internet- de sus voces como madres y de las voces silenciadas de otras madres” (Aler, 2009).

Las mujeres de la generación comadre son hijas de una doble filiación sin cuya amasada herencia no hubieran podido generar lo que de hecho depende de las condiciones de legitimidad política y socio-cultural logradas por las mujeres feministas con sus desmadres para el reconocimiento de la igualdad política, y sus enmadres para el reconocimiento de la diferencia cultural con respecto a los hombres patriarcales.

Las feministas de la igualdad y de la diferencia con sus insumisiones hacia la incapacitación social derivada del modelo de una mujer madre-esposada anulada políticamente y devaluada culturalmente, dejan un legado político y cultural fundamental del que parten las mujeres comadres: a) el reconocimiento social y el estatuto político como mujeres con derechos individuales propios sin la obligación de tener que transformarse en madresposas, y b) el reconocimiento público de la autoridad de las mujeres como (madres) creadoras de cultura.

A partir de este legado insumiso emergen alrededor de los años noventa diversos colectivos de comadres insumisas que reivindican no solo la opción de no desear una maternidad patriarcal madre esposada, sino el deseo de maternidad como una opción matricial de mujeres libres que eligen pareja (o renuncian a ella), con la que (o sin la que) desean transformarse en madres libres.

Las comadres son mujeres que afrontan tradicionales y modernas contradicciones de la maternidad, y se inician en un proceso de transformación como madres con el deseo de liberar y dejarse sentir las ambivalentes emociones, unas veces tan patriarcales y otras tan matriciales que ya se permiten verbalizar y visibilizar personal y colectivamente al dotarse recíprocamente de autoridad cultural para narrar-se-las.”


capítulo 2.4 Desmadres, enmadres y comadres entre las mujeres españolas en democracia
autoras: Concepción Alba Romero, Isabel Aler Gay, Ibone Olza Fernández.
Editado por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad  
Madrid 2012 pág. 86-90

fotógrafo: Jock Sturges
 
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28 noviembre 2013

Desprecio a nuestra herencia corporal femenina [Clarissa Pinkola Estés]

“Experimentar un profundo placer en un mundo lleno de muchas clases de belleza es una alegría de la vida, a la cual todas las mujeres tienen derecho. Aprobar sólo una clase de belleza equivale en cierto modo a no prestar atención a la naturaleza. No puede haber un solo canto de pájaro, una sola clase de pino, una sola clase de lobo. No puede haber una sola clase de niño, de hombre o de mujer. No puede haber una sola clase de pecho, de cintura o de piel.

Mis experiencias con las voluminosas mujeres de México me indujeron a poner en tela de juicio toda una serie de premisas analíticas acerca de los distintos tamaños y formas y en especial los pesos de las mujeres. Una antigua premisa psicológica en particular se me antojaba grotescamente equivocada: la idea según la cual todas las mujeres voluminosas tienen hambre de algo; la idea según la cual "dentro de ellas hay una persona delgada que está pidiendo a gritos salir". Cuando le comenté esta metáfora de la "mujer delgada que gritaba" a una de las majestuosas mujeres de la tribu tehuana, ella me miró con cierta alarma. ¿Me estaba refiriendo acaso a la posesión de un mal espíritu?' ¿Quién hubiera podido tener empeño en poner una cosa tan mala en el interior de una mujer?", me preguntó. No acertaba a comprender que los "curanderos" o cualquier otra persona pudiera pensar que una mujer tenía en su interior a una mujer que gritaba por el simple hecho de estar naturalmente gorda.

A pesar de que los trastornos alimenticios compulsivos y destructivos que deforman el tamaño y la imagen del cuerpo son reales y trágicos, no suelen ser la norma en la mayoría de las mujeres. Lo más probable es que las mujeres que son gordas o delgadas, anchas o estrechas, altas o bajas lo sean simplemente por haber heredado la configuración corporal de su familia; y, si no de su familia inmediata, de los miembros de una o dos generaciones anteriores. Despreciar o juzgar negativamente el aspecto físico heredado de una mujer es crear una generación tras otra de mujeres angustiadas y neuróticas. Emitir juicios destructivos y excluyentes acerca de la forma heredada de una mujer equivale a despojarla de toda una serie de importantes y valiosos tesoros psicológicos y espirituales. La despoja del orgullo del tipo corporal que ha recibido de su linaje ancestral. Si la enseñan a despreciar su herencia corporal, la mujer se sentirá inmediatamente privad de su identificación corporal femenina con el resto de la familia.

Si la enseñan a odiar su propio cuerpo, ¿cómo podrá amar el cuerpo de su madre que posee la misma configuración que el suyo, el de su abuela y los de sus hijas? ¿Cómo puede amar los cuerpos de otras mujeres (y de otros hombres) próximos a ella que han heredado las formas y las configuraciones corporales de sus antepasados? Atacar de esta manera a una mujer destruye su justo orgullo de pertenencia a su propio pueblo y la priva del natural y airoso ritmo que siente en su cuerpo cualquiera que sea su estatura, tamaño o forma. En el fondo, el ataque a los cuerpos de las mujeres es un ataque de largo alcance a la que las han precedido y a las que las sucederán.

Los severos comentarios acerca de la aceptabilidad del cuerpo crean una nación de altas muchachas encorvadas, mujeres bajitas sobre zancos, mujeres voluminosas vestidas como de luto, mujeres muy delgadas empeñadas en hincharse como víboras y toda una serie de mujeres disfrazadas. Destruir la cohesión instintiva de una mujer con su cuerpo natural la priva de su confianza, la induce a preguntarse si es o no una buena persona y a basar el valor que ella misma se atribuye no en quién es sino en lo que parece. La obliga a emplear su energía en preocuparse por la cantidad de alimento que ha comido o las lecturas de la báscula y las medidas de la cinta métrica. La obliga a preocuparse Y colorea todo lo que hace, planifica y espera. En el mundo instintivo es impensable que una mujer viva preocupada de esta manera por su aspecto.

Es absolutamente lógico que una mujer se mantenga sana y fuerte Y que procure alimentar su cuerpo lo mejor que pueda. Pero no tengo más remedio que reconocer que en el interior de muchas mujeres hay una "hambrienta". Sin embargo, más que hambrientas de poseer un cierto tamaño, una cierta forma o estatura o de encajar con un determinado estereotipo, las mujeres están hambrientas de recibir una consideración básica por parte de la cultura que las rodea. La "hambrienta" del interior está deseando ser tratada con respeto, ser aceptada y, por lo menos, ser acogida sin necesidad de que encaje en un estereotipo. Si existe realmente una mujer que está "pidiendo a gritos" salir, lo que pide a gritos es que terminen las irrespetuosas proyecciones de otras personas sobre su cuerpo, su rostro o su edad." 
El júbilo del cuerpo: La carne salvaje (pág. 165- 166) 
Ed. Sine Qua Non, Méjico 1988 
ilustradora: Ericka Lugo 
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27 noviembre 2013

Ayudar a los niños a resolver conflictos emocionales [Naomi Aldort]

"Dahlia corría alrededor de la casa, gritando y llorando. “¡La odio! ¡La odio! ¡No voy a jugar con ella nunca más!” Al final, sus pasos se fueron haciendo más lentos, y le contó a su padre lo que había pasado. Él escuchó con atención. Cuando Dahlia terminó de hablar, su padre le preguntó: “¿Quieres contarme algo más?” La niña añadió algunos detalles y acabó llorando amargamente. El padre la escuchó. Cuando Dahlia acabó, él reconoció: “Lo comprendo, y te quiero mucho”. Dahlia aceptó el abrazo y el apoyo de su padre, mientras sollozaba en sus brazos. Luego, la tormenta de lágrimas terminó tan repentinamente como había comenzado. Dahlia se levantó y anunció con alegría: “Papá, ¿sabías que mañana Tina y yo iremos juntas a la playa? Estamos construyendo una casita de madera, con Adam y Tom. Antes de ir, le diré a Tina que no voy a volver a estropear su trabajo, y seguro que ella será amable conmigo”.

¿Qué hizo que este conflicto tuviera un final feliz? ¿Cómo consiguió Dahlia salir de su enfado por completo y ser consciente de su parte de responsabilidad en el asunto?

En la reacción del padre, hubo tres ingredientes principales que ayudaron mucho: 1) Atención, 2) Respeto y 3) Confianza. Él le ofreció a su hija atención total, y la tomó en serio mientras ella descargaba sus sentimientos. Él la respetó y confió en ella, sin intervenir ni darle consejos. Expresó amor incondicional y permitió que Dahlia se sintiera poderosa y dueña de sí misma. En otras palabras, el padre se limitó a seguirla y apoyarla, mientras que ella resolvía su propio conflicto. Al final, cuando la copa de su enfado quedó “vacía”, ella estaba preparada para asumir su responsabilidad y actuar.

A algunos padres les sorprenderá no solo que Dahlia recuperase el ánimo, sino también que pudiera admitir su propia responsabilidad en el asunto y tuviera el propósito de comportarse mejor. Habría sido tan tentador para su padre acusar: “¿Y tú qué has hecho para que ocurra esto?” o aconsejar: “Podríais juntaros las dos y hablar de ello”. En cambio, gracias a la confianza y el apoyo de su padre, Dahlia tuvo el poder de generar su propia comprensión del asunto.

A menudo nos sentimos tentados de compartir nuestra sabiduría y dar consejos a los niños en lugar de escucharlos. No obstante, cuando les damos un consejo o una interpretación de los hechos como: “¿Y tú? Seguro que también le has hecho daño”, o “Me tendrías que haber llamado”, o cualquier otro comentario que represente nuestra propia percepción de la situación, el resultado es casi siempre una escalada en el estado de alteración del niño hasta derivar en una rabieta mayor. ¿Por qué? Porque ahora, además de la pena con la que ya está lidiando, estará furioso con nosotros por no escuchar, por juzgarlo y subestimarlo. Nunca es útil dar consejos al sabio. Y los niños son muy sabios, hasta verdaderos maestros, en el arte de sanar por sí mismos de la tensión de una tormenta emocional, cuando se les presta atención y se les apoya sin juzgarlos.

El poder del silencio
Aunque sabemos que en nuestra sociedad, por lo general, el silencio resulta incómodo, no decir nada puede ser lo mejor que podemos hacer para el bienestar emocional del niño. Escuchar atentamente y en silencio es un voto de confianza, respeto y amor. La escucha le da al niño un claro mensaje de que nos interesa, le aceptamos –sea cual sea su estado de ánimo–, confiamos en él o ella y respetamos su forma de descargar el dolor. Aun sabiéndolo, a veces me sorprendo a mí misma dándoles consejos a mis hijos, a pesar de mis buenas intenciones. Cuando me ocurre esto, me disculpo y sigo escuchando.

Si percibes que decir palabras de validación no hace más que aumentar el enfado de tu hijo o hija, acuérdate del silencio. El niño necesita ser escuchado, y ofrecerle el regalo del silencio es a menudo el mejor camino hacia el amor. La validación auténtica, sin interpretar los sentimientos del niño y sin juicios ocultos ni consejos, ayudan al niño a expresar sus sentimientos sin llorar, lo que lleva a su recuperación emocional. Aunque puede que nos sintamos incómodos ante la expresión dramática de sus emociones, para el niño es una forma saludable de dejarlas salir.

Más de una vez he escuchado juramentos de odio entre hermanos que gritaban: “¡No voy a volver a jugar nunca más con él!”, y yo no dije nada más que: “Oh” al final del todo, y siempre recibí al cabo de unos minutos el premio de una risa procedente de la sala de juegos. Cuando los sentimientos de odio se expresan libremente ante alguien que escucha con amor, el niño puede superar esa emoción y volver a experimentar amor y felicidad.

¿Y si un niño es “destructivo”?
Los padres formulan a menudo esta pregunta sobre la forma de expresión que elige su hijo o hija. “Sí –dicen–, todo eso está muy bien, pero ¿qué pasa si, para expresar su ira y ansiedad, el niño es destructivo o le hace daño a alguien?”

Empecemos por pensar qué significa “ser destructivo”. Si la acción es segura para todos, ¡dejemos que el niño lo haga! De hecho, padres y madres pueden alentar formas de agresividad no peligrosa, de manera que el niño sienta que tiene poder. Muchas agonías infantiles se deben a que se sienten impotentes, controlados e indefensos.

Un día, cuando uno de mis hijos tenía cuatro años, vació toda la ropa de su armario alegremente. Yo respondí con un dramático “¡Oh, no!” que le proporcionó el sentido del poder que estaba buscando. Yo volví a colocarlo todo en su sitio, solo para que él pudiera repetir la “terapia”. Confié en su necesidad de hacerlo y en la utilidad del proceso. Pasados dos meses jugando a esto y a otros “juegos de poder” que no comportaban riesgo alguno, este comportamiento desapareció, y con él un montón de estrés relacionado con los celos hacia su hermano que entonces era un bebé. (En mi libro Raising Our Children, Raising Ourselves –en español, Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos– hay todo un capítulo sobre las posibilidades casi milagrosas de los “juegos de poder” y cómo jugar a ellos).

Lo mismo puede aplicarse a los juegos agresivos entre niños. A menudo, jugar a luchar es una terapia muy eficaz para todos los que participan en ella, o simplemente pura diversión. Cuando nadie está sufriendo ningún daño de verdad, lo mejor es que los adultos nos apartemos a un lado. Una vez más, la norma es confiar. Si alguien se hace daño, vendrán a buscar ayuda. Cuando participa un bebé en el juego o nos preocupa algo en especial, podemos seguir nuestro instinto, observar y comprobar que todo está bien, pero deberíamos tratar de permanecer tan invisibles como podamos.

Hay muchos ejemplos de agresividad no dañina, así como actividades que pueden redirigirse muy fácilmente hacia otras más seguras. Si a un niño le gusta rasgar libros, esa actividad puede redirigirse hacia una pila de revistas viejas; pintar las paredes puede convertirse en arte sobre papel. Una simple necesidad de romper cosas se puede redirigir para encender una hoguera con una pila de madera al aire libre, o romper algún material inútil que tenemos intención de desechar. Cuando algo es seguro no es destructivo.

Al contrario de lo que preocupa a tantos padres, los niños distinguen bien entre el apoyo a una necesidad emocional y el cheque en blanco a la destrucción. No van a volverse destructivos ni a despreciar las propiedades de valor. Todo lo contrario. Si pueden expresar sus necesidades con libertad y de forma segura, les permitiremos ser pacíficos y respetuosos con las posesiones que nos importan, y tendrán clara la distinción entre lo que se puede romper y lo que no. Nuestros miedos no solo son infundados, sino que además entorpecen nuestra capacidad de dar apoyo a los niños.

Responder a las causas
Cuando los niños se comportan peor es cuando más necesitan nuestro amor. El verdadero impulso destructivo es aquel que es peligroso o demasiado difícil de reparar. En estos casos, habría que ofrecer una guía y una atención especial al verdadero origen del problema. La verdadera agresión significa un gran dolor y una necesidad. Un niño necesita saber que expresar rabia con palabras, lágrimas, gritos o formas no dañinas de agresividad está bien, pero hacer daño a los demás o destruir cosas es absolutamente inaceptable y es preciso detenerlo clara y rápidamente. El niño que está fuera de control, con rabia, necesita nuestra ayuda para tratar la fuente de su dolor. Interrumpir su acción no hace desaparecer los sentimientos que la provocaron. Necesita nuestra compasión, amor, comprensión y tiempo de dedicación exclusiva. Pero lo primero es detener inmediatamente el comportamiento agresivo peligroso, sin hacer daño ni ofender al niño.

Puede ser muy difícil a veces, cuando nuestro propio dolor nos lleva a enfurecernos a pesar de nosotros mismos. Necesitamos tratarnos a nosotros con la misma compasión con que tratamos al niño. Igual que él o ella, no podemos permitir que nuestra ira nos dañe a nosotros mismos o los demás, y al mismo tiempo necesitamos poder expresarnos y dejar salir nuestras emociones. En mi trabajo con padres y madres, he visto que gritar no nos ayuda a manejar nuestro propio dolor, sino que más bien lo refuerza.

Si observas a tu hijo o hija, es obvio que su dolor viene de sus propios pensamientos: “No me quieren, no soy buena, mamá no me quiere, necesito que jueguen conmigo, necesito ese juguete…” etc. En el caso de los adultos, nuestra propia rabia se ve alimentada por el mismo tipo de pensamientos confusos: “Mi hija debería hacer lo que yo le digo, tendría que vestirse sola, estar tranquila, darse prisa, respetarme…” etc. Cuando te encuentras lleno o llena de rabia, tómate tiempo para respirar hondo y pregúntate si tus pensamientos son verdad, si son válidos en el presente, si son útiles y si te ayudan a ser el padre o la madre que tú deseas ser. Así calmarás la causa de tu enfado y podrás tranquilizarte lo suficiente como para atender a tu hijo o hija.

Los niños pierden el control igual que los adultos, pero más fácilmente; tienen menos experiencia en el manejo de las tormentas emocionales. Si nos tomamos tiempo para reflexionar sobre nuestros propios sentimientos, ellos aprenderán a hacer lo mismo.

Los niños nos observan para estar seguros de que cuando crezcan serán más capaces de controlar sus propios impulsos. Vernos fuera de control hacia ellos es muy desalentador e incapacitante, y les causa un gran daño personal. ¿Si no podemos controlar nuestros impulsos basados en el dolor, cómo lo van a conseguir ellos? Incluso podemos enseñarles que se pueden cuestionar sus pensamientos dolorosos, mostrando cómo nos cuestionamos los nuestros.

Cuando detenemos de una forma amable una acción peligrosa fuera de control, le damos al niño un triple mensaje: 1) “Puedo contar con mis padres para que me ayuden cuando pierdo el control”, 2) “Cuando crezca seré capaz de controlarme y actuar con compasión como lo hacen mis padres”, 3) “Mis padres ven mi necesidad. No soy malo, es mi acción la que es peligrosa. Me aman y soy digno de ser amado, y, como ellos, aprenderé a expresarme con libertad pero de una forma segura”.

Cuando un niño resulta dañado, deberíamos atenderle primero, sin regañar al agresor. Al ver nuestra compasión hacia el niño que se ha hecho daño, es probable que el agresor sienta remordimiento, aunque haga todo lo posible por fingir que no es así. Si nos centramos en regañar o castigar al agresor, por otro lado, perdemos la oportunidad de mostrarle un ejemplo de cómo cuidar a los demás. Por el contrario, puede que sienta rabia hacia ti y hacia el otro niño, además de odio hacia sí mismo.

Es mejor detener una acción peligrosa con amabilidad y claridad. Un niño necesita recordar que los sentimientos se pueden “expresar”, pero no “llevar a cabo”. Después de atender al niño que ha salido malparado, podemos decirle al agresor: “Veo que estás muy enfadado (triste, atemorizado…). Te ayudaré a descargar tus sentimientos sin peligro y a resolver tus necesidades”.

Responder con amor a una agresión entre hermanos
Cuando mi hijo Lennon tenía cuatro años, empezó a molestar, a veces de forma agresiva, a su hermano de un año de edad, Oliver. Como este comportamiento era nuevo en nuestro hogar, al principio no pensamos mucho en ello, simplemente le decíamos que parase de hacerlo y no le hacíamos mucho caso. Dos semanas más tarde, cuando estaba sola con Lennon, le expresé mi amor por él y le dije que era una persona maravillosa. Su respuesta fue como una sacudida: “Tú no me quieres. Soy terrible”.

“¿Por qué?”, pregunté con ansiedad, y él me respondió: “Porque le hago daño a Oliver”. Un niño que nunca había recibido un castigo y que siempre había sido alegre y encantador estaba allí sentado ante mí sufriendo celos, y estaba desarrollando una pobre imagen de sí mismo.

Aquel día empecé a abrazar a Lennon cada vez que molestaba a Oliver. Sé que esto puede sonar como un premio, y no solo para nosotros los adultos. Un niño que se siente mal por dentro no ve que se esté portando mal. Ve que siente un dolor muy profundo, soledad, falta de amor y pérdida de control. Yo respondí a su petición de ayuda y amor, dándole lo que necesitaba.

Me di cuenta de que mi reacción inicial estaba basada en el miedo, y por eso mismo era contraproducente. Cuando le expliqué a Lennon que le estaba haciendo daño a su hermano y le pedí que dejara de molestar, fue entonces y solo entonces cuando reforcé sus sentimientos de “ser malo” y él los internalizó. Si yo hubiera seguido enseñándole que estaba haciendo algo malo, puede que hubiese acabado por convertirse en un abusón resentido. En lugar de eso, cambié mi comportamiento y respondí a su necesidad de amor.

Descubrir la fuente del problema –los celos– me llevó a dedicarle a Lennon un montón de tiempo en exclusiva y a levantar la imagen que él tenía de sí mismo. “Tengo tanta suerte de vivir contigo”, “Eres tan importante para mí”, “Te quiero”, son palabras que compartimos en el tiempo que pasamos juntos. Si le hacía daño a su hermano, yo le detenía con amabilidad (retirando al bebé, en lugar de apartarlo a él, si era posible), le daba mi amor, y le decía “Veo que quieres hacerle daño a tu hermano. Es normal que te sientas así. Te quiero lo mismo cuando quieres hacerle daño. Cuando crezcas serás capaz de controlarte a ti mismo, pero por ahora yo te voy a ayudar”. Y le ayudé hasta que recuperó su energía y su amor por la vida, por sí mismo y por su hermano pequeño.

Hay muchas historias como esta en mi familia y en las familias con las que trabajo. El denominador común en todas ellas es la confianza en el niño. Si el niño “se porta mal”, es que está sufriendo y tiene una razón válida para hacer lo que hace. Si nuestra respuesta compasiva no ayuda, eso no significa que tengamos que abandonar la confianza y la aceptación. Más bien, significa que tenemos más que aprender, que la causa es más profunda de lo que podemos ver, y que todavía no hemos resuelto el enigma. Tenemos que seguir buscando o buscar a alguien que nos pueda ayudar.

Puede que nos resulte difícil dejar nuestras reacciones emocionales a un lado. Nuestra rabia, preocupación y problemas no resueltos de nuestra propia niñez pueden ser obstáculos que nos hagan más difícil el prestar ayuda al niño. Cuando me parece que no puedo evitar esa reacción emocional, me aparto de la escena (no tiene por qué ser físicamente), me tomo un respiro y me doy un “tiempo aparte” a mí misma. Trato de conectar con el centro de mis emociones, y me cuestiono la validez de mis pensamientos, expectativas y creencias. Y siempre encuentro que no son verdad, y que sin esos pensamientos negativos yo consigo ser la madre amorosa que deseo ser.

Cuando se les valida y se les escucha, los niños descargan sus trastornos emocionales por sí mismos de forma creativa. Es importante permitir que el llanto siga su curso, mientras le damos al niño nuestra atención total, y desarrollar la capacidad de atender las rabietas y las expresiones de ira. Jugar haciendo ruido, dejarse llevar por la risa tonta o chillar puede ser beneficioso emocionalmente. Aparte de irnos a otra habitación, o pedirle al niño que juegue en otra habitación, o incluso afuera, todo eso no tiene “cura”. Más bien, esos comportamientos son la propia cura, la forma en que el niño se cura a sí mismo de muchos de los trastornos que sufre en su vida diaria. Los niños tienen una capacidad mágica para dirigir sus propias escenas dramáticas. Podemos confiar y aprender de ellos.

Cuando hacemos frente a un comportamiento de nuestro hijo o hija que nos altera, tenemos dos opciones. Podemos responder desde nuestro miedo, o podemos dudar de nuestros pensamientos y descubrir por qué el niño está actuando así. Una vez hayamos comprendido eso, podremos responder con amabilidad, y no con juicios o de forma controladora.

Aunque a veces los padres pueden necesitar la ayuda de un consejero o consejera, desarrollar la confianza y la capacidad de escuchar y conectar siempre es un buen camino hacia una vida familiar armoniosa y unos hijos saludables emocionalmente y con confianza en sí mismos."

"Ayudar a los niños a resolver conflictos emocionales"
fotografía:  Evgeniya Semenova
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26 noviembre 2013

Cuando el útero tiembla [Casilda Rodrigañez Bustos]

“Cuando el útero tiembla, irradia placer como una bombilla irradia la luz; y todo el cuerpo de la mujer va siendo invadido por la radiación, hacia abajo, hacia los muslos, y hacia arriba, el  vientre, el torso, los pechos; y al igual que el imán imanta una barra de hierro, la irradiación de placer desde el útero, abarca todo el cuerpo y, en cierto sentido, lo transforma.”

Casilda Rodrigañez Bustos
Apuntes sobre la recuperación del útero espástico y la energía sexual femenina
Ed. Crimentales, 2008, Pg. 31

pintora: Tamara de Lempicka "La Belle Rafaela"
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25 noviembre 2013

La Raíz de la Violencia [Alice Miller]

"Los niños, cuya integridad no ha sido dañada, que han obtenido de sus padres la protección, el respeto y la sinceridad necesaria, se convertirán en adolescentes y adultos inteligentes, sensibles, comprensivos y abiertos. Amarán la vida y no tendrán necesidad de ir en contra de los otros, ni de ellos mismos, menos aún de suicidarse. Utilizarán su fuerza únicamente para defenderse. Protegerán y respetarán naturalmente a los más débiles y por consecuencia a sus propios hijos porque habrán conocido ellos mismos la experiencia de este respeto y protección y será este recuerdo y no el de la crueldad el que estará grabado en ellos."

"Hace ya varios años que está científicamente comprobado que los efectos devastadores de los traumatismos infligidos a los niños repercuten inevitablemente sobre la sociedad.
Esta verdad concierne a cada individuo por separado y debería –si fuese suficientemente conocida- llevar a modificar fundamentalmente nuestra sociedad, y sobre todo a liberarnos del crecimiento ciego de la violencia.
Los puntos siguientes ilustrarán esta tesis.

1. Cada niño viene al mundo para expandirse, desarrollarse, amar, expresar sus necesidades y sus sentimientos.

2. Para poder desarrollarse, el niño necesita el respeto y la protección de los adultos, tomándolo en serio, amándolo y ayudándolo a orientarse.

3. Cuando explotamos al niño para satisfacer nuestras necesidades de adulto, cuando le pegamos, castigamos, manipulamos, descuidamos, abusamos de él, o lo engañamos, sin que jamás ningún testigo intervenga en su favor, su integridad sufrirá de una herida incurable.

4. La reacción normal del niño a esta herida sería la cólera y el dolor. Pero, en su soledad, la experiencia del dolor le sería insoportable, y la cólera la tiene prohibida. No le queda otro remedio que el de contener sus sentimientos, reprimir el recuerdo del traumatismo e idealizar a sus agresores. Más tarde no le quedará ningún recuerdo de lo que le han hecho.

5. Estos sentimientos de cólera, de impotencia, de desesperación, de nostalgia, de angustia y de dolor, desconectados de su verdadero origen, tratan por todos los medios de expresarse a través de actos destructores, que se dirigirán contra otros (criminalidad, genocidio), o contra sí mismo (toxicomanía, alcoholismo, prostitución, trastornos psíquicos, suicidio).

6. Cuando nos hacemos padres, utilizamos a menudo a nuestros propios hijos como víctimas propiciatorias: persecución, por otra parte, totalmente legitimada por la sociedad, gozando incluso de un cierto prestigio desde el momento en que se engalana con el título de educación. El drama es que el padre o la madre maltratan a su hijo para no sentir lo que le hicieron a ellos sus propios padres. Así se asienta la raíz de la futura violencia.

7. Para que un niño maltratado no se convierta ni en un criminal, ni en un enfermo mental es necesario que encuentre, al menos una vez en su vida, a alguien que sepa pertinentemente que no es él quien está enfermo, sino las personas que lo rodean. Es únicamente de esta forma que la lucidez o ausencia de lucidez por parte de la sociedad puede ayudar a salvar la vida del niño o contribuir a destruirla. Esta es la responsabilidad de las personas que trabajan en el terreno del auxilio social, terapeutas, enseñantes, psiquiatras, médicos, funcionarios, enfermeros.

8. Hasta ahora, la sociedad ha sostenido a los adultos y acusado a las víctimas. Se ha reconfortado en su ceguera con teorías, que están perfectamente de acuerdo con aquellas de la educación de nuestros abuelos, y que ven en el niño a un ser falso, con malos instintos, mentiroso, que agrede a sus inocentes padres o los desea sexualmente. La verdad es que cada niño tiende a sentirse culpable de la crueldad de sus padres. Como, a pesar de todo, sigue queriéndolos, los disculpa así de su responsabilidad.

9. Hace solamente unos años, se ha podido comprobar, gracias a nuevos métodos terapéuticos, que las experiencias traumatizantes de la infancia, reprimidas, están inscritas en el organismo y repercuten inconscientemente durante toda la vida de la persona. Por otra parte, los ordenadores que han grabado las reacciones del niño en el vientre de su madre, han demostrado que el bebé siente y aprende desde el principio de su vida la ternura, de la misma manera que puede aprender la crueldad.

10. Con esta manera de ver, cada comportamiento absurdo revela su lógica, hasta ahora ocultada, en el mismo instante en que las experiencias traumatizantes salen a la luz .

11. Una vez conscientes de los traumatismos de la infancia y de sus efectos podremos poner término a la perpetuación de la violencia de generación en generación.

12. Los niños, cuya integridad no ha sido dañada, que han obtenido de sus padres la protección, el respeto y la sinceridad necesaria, se convertirán en adolescentes y adultos inteligentes, sensibles, comprensivos y abiertos. Amarán la vida y no tendrán necesidad de ir en contra de los otros, ni de ellos mismos, menos aún de suicidarse. Utilizarán su fuerza únicamente para defenderse. Protegerán y respetarán naturalmente a los más débiles y por consecuencia a sus propios hijos porque habrán conocido ellos mismos la experiencia de este respeto y protección y será este recuerdo y no el de la crueldad el que estará grabado en ellos."

fuente: www.alice-miller.com
fotógrafo: White Cat

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24 noviembre 2013

La devastación del varón (actualización secular del arquetipo masculino) [Ibn Asad ]

"¿Qué está ocurriendo con los hombres? Lo mismo que con las mujeres. Han conseguido neutralizar los activos viriles que necesita toda comunidad para defenderse: el vigor, la valentía y la lealtad. Para ello, la ingeniería social globalista se ha servido de instrumentos de programación de las masas, como el deporte. Los instintos tribales de agrupación y defensa son controlados a través de espectáculos deportivos. Han conseguido que la furia de un varón ante la injusticia, la barbarie y el ultraje, se controle y se canalice a través de la simpatía sentimental hacia un equipo deportivo. Han conseguido disfrazar el sentimiento de pertenencia a una comunidad con los colorines de las camisetas, las mascotas y los aros olímpicos. Han conseguido captar la atención del varón con una simulada pantomima de valores heroicos, sin ningún heroísmo ni ningún valor. Eso es el deporte."
Ibn Asad 
pg.7
ilustración: Alley Cats

Sirva este video como muestra de lo dicho en el artículo; La otrora danza de guerra maorí, Haka, es representada en la actualidad por la selección de Rugby de Nueva Zelanda, los All Blacks, antes de cada partido. 

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